Agenda

comentarios (2)

Ésta es la agenda del escritor argentino Martin Kohan. Pero bueno, él no está bien de la cabeza. 
Digo: es un estupendo escritor, pero para llevar su agenda así no puede estar bien.

Tengo una agenda nueva, y no sé muy bien qué hacer con ella. Es bonita, si bien el rojo encendido de sus tapas sugiere cierta alarma, algo de urgencia neurótica que, me temo, más pronto que tarde podrá volverla una presencia amenazadora, impaciente; puedo forrarla, claro, pero se vería muy ranchera; o puedo dejarla sin estrenar. No tenían, como me hubiera gustado, en color negro. O sí había, pero el modelo en negro venía acompañado de un directorio telefónico que me pareció completamente obsoleto (desde que se inventaron los celulares se volvió inútil anotar teléfonos): ésta, en cambio, trae un cuadernillo que se complementa con una plantilla de calcomanías para pegarle a modo de pestañitas, a fin de clasificar así las informaciones que lleguen a figurar en el cuadernillo tal: sitios web, libros, música, etcétera; supongo que el fin es propiciar así un orden para los hallazgos que vaya uno haciendo, cosa que encontré práctica... si bien podría proponerme llevar un orden igual en cualquier libreta, en la computadora... o en ningún lado, como hasta ahora me ha funcionado. Tiene también, mi agenda, un montón de informaciones que seguramente en todo el 2010 no tendré necesidad de consultar. Para que querría, por ejemplo, tener a la mano los días feriados de Eslovaquia, las equivalencias de tallas de blusas en Gran Bretaña, Estados Unidos, Francia, Alemania e Italia, o la distancia en kilómetros entre Tel Aviv y Moscú. Pero aunque no preveo estar llamando a Camerún (código: 237), que datos tan exóticos estén a la mano no deja de ser emocionante. Aunque igual: los husos horarios, las conversiones de unidades de medidas, los sufijos que corresponden a las direcciones de internet de cada país o las fases de la Luna, son datos que siempre hay incontables maneras de investigarlos, y sólo encuentro una fascinación pueril en tenerlos todos juntos: fascinación que, a unas horas de lo que debería ser la inauguración formal de mi agenda (¿qué pendientes tengo para mañana?), va convirtiéndose en perplejidad paralizante.
    Porque, además, están las páginas, una para cada día, que habrá que ir rellenando de alguna forma. Con las tareas por hacer, claro, pero también con la verificación de su cumplimiento, o con las razones que lo hubieran impedido. Pero no sólo tareas: también, supongo, con noticias del curso de las cosas: las informaciones con las que vaya siendo posible reconstruir suficientemente cuanto llegue a vivir o vaya sabiendo, lo que me pase o deje de pasar, con las ocasiones de asombro, irritación, desvarío, felicidad o incluso de mero tedio. Que todas esas páginas estén ahora mismo en blanco es imponente: apenas he rotulado mi agenda con mi nombre, mi domicilio y poco más (antes de poner mi tipo de sangre me detuvo la imaginación horrorosa de la circunstancia en que podrá ser necesaria esa información). Así que, ¿qué hacer? Porque comenzar, en suma, es querer sustraerse a la fuerza de lo imprevisible. Y es lo que no sé. Deberían vender las agendas ya llenas.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 31 de diciembre de 2009.

«¿Es tuyo?»

comentarios (0)

Ante el despropósito, la sandez, la reiteración irritante de lo consabido, las torceduras convenencieras y fatuas de los discursos (los rebuscamientos, las cursilerías, la demagogia), la circunspección cretina que suele vestir la solemnidad, las erupciones de pedantería o la mera pesadez, cuando muchos sólo sabemos contrariarnos (y, a lo sumo, ponernos precisamente pesados), Arturo Súarez arqueaba las cejas, tomaba nota y facilitaba una fórmula infalible para que aquella sustancia espesa e intragable quedara milagrosamente adelgazada por la gracia que sólo él sabía añadir (o detectar: «¿Es tuyo?», preguntaba, oportunísimo, cuando a uno se le salía un disparate que bien podía encuadrar dentro del periquete, el arduo género que cultivó hasta el fin). Para comerciar con la famosa realidad no hay divisa mejor que la ironía, y este maestrazo tenía reservas inagotables: tanto como para regalar todo el tiempo cheques firmados a quien se cruzara en su camino: al encontrarte con él ya iba extendiéndote la hoja con su producción más reciente (que a menudo admitía aportaciones de otros), un obsequio no por esperado menos sorprendente cada vez: ¿cómo se le ocurrían tantas cosas? (Y ahora pienso cómo hemos quedado súbitamente empobrecidos, pues ya no recibiremos esos regalos impagables que merecíamos sólo por hallarnos donde él estaba, y cómo nos harán falta esas indicaciones de elegante sorna para saber reírnos).
    Avezado anatomista del lenguaje, Arturo coleccionaba diccionarios, y era capaz de despejar las incógnitas más abstrusas respecto al correcto uso del español o de la lengua inglesa. Como los mejores humoristas, tomaba con la mayor seriedad el valor de la precisión en todo cuanto se dice, y, sin alardes ni jactancias, sabía acudir a su vasta erudición para afianzar rigurosamente sus aseveraciones. Una vez, mientras pagábamos unos cafés en la Joseluisa, me dio un seminario exprés sobre numismática victoriana; otra vez, en una fiesta (¡había que verlo bailar, claro!), tuve la suerte de oírlo discernir los méritos de varias cantantes de jazz. Por ejemplo. Lo que quiero decir es que, en mi experiencia del trato con él —privilegio del que gocé por algo más de veinte años—, siempre estuve aprendiéndole algo. Siempre.
    Y una gratitud concreta: cuando varios amigos hicimos una revista, hace añales, Arturo nos apoyó pagando anuncios en los que promocionaba su Club de Periqueteros Solitarios. Claro que no le hacía falta esa publicidad: las reuniones sabatinas en el Café Gardel, por ese entonces, se armaban con el puro gusto de hacerlas, y sin embargo él tuvo la generosidad de idear ese pretexto para echarnos la mano. ¿Quién hace eso? De manera que, bueno, es una tristeza enorme que se haya muerto. Pero es una alegría inolvidable que nos haya tocado conocerlo, leerlo, escucharlo, aprender de él, y verlo alzar las cejas y reírse cada que el mundo daba evidencias de lo absurdo que puede llegar a ser.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 24 de diciembre de 2009.

Cuernitos

comentarios (4)

Los coches disfrazados de reno. Aunque instintivamente los encuentro inadmisibles, soy de la idea, más bien ociosa, de que todo encontronazo con la perplejidad obliga a buscar explicaciones. Así, hay que aventurar algunas para estos adefesios móviles que van multiplicándose estos días —creo que he visto menos que el año pasado, pero igual irán proliferando conforme las plazas comerciales se atesten, las posadas, los convivios y los brindis nutran la nota roja, las calles vayan volviéndose ríos de neurosis y odio y los aguinaldos vayan alimentando las hogueras en que arden la culpa, el compromiso, el chantaje emocional y la mera insensatez.
    Primera explicación, y la más plausible: quien decide decorar así su vehículo (preferiblemente si es camioneta), colocándole cojines dentados y enhiestos a modo de cuernitos, además de un círculo de tela roja en la fascia —la «nariz», se supone, en señal de que el «reno» tal ha de ser Rodolfo, que entre las nueve bestias de Santaclós se distingue por esa coloración sanguínea y, parece, luminiscente: con ella guía a la manada en las tormentas de nieve (hay que ser muy ocioso para saber esto)—, quien decide comprar el kit en un semáforo e instalarlo en la camioneta, lo hace para alegrar a los niños que ahí transporta. Puede ser, pero todo niño se alegrará de cualquier modo (y mejor) con recibir en Navidad cualquier porquería más durable que el adornito en cuestión. La segunda explicación es que, haya niños o no, con el disfraz se pretende anunciar al mundo lo contento que se está y lo feliz que se es por la temporada. Quienes proceden por tal motivo están diciendo que los ha contagiado el espíritu navideño, y que se han propuesto propalarlo por donde quiera que pasen. Debe de ser el mismo tipo de gente que regala corazones de terciopelo y paletas incomibles el 14 de febrero, y no muy diferente de la especie que se pinta la cara, agarra una corneta y se envuelve en una bandera para ir a circundar la Minerva cuando gana la selección. Etcétera: la gente que hace de sí misma un emblema de su propio ánimo festivo, y que así importuna y fastidia al resto de la humanidad que no comparte sus efusiones, sus aspavientos, sus cuernitos de reno a toda velocidad. «La cursilería es un acto público», anotó Pablo Fernández Christileb en un memorable ensayito, y también que los cursis «no expresan afectos, sino que avisan que los expresan».
        Estas explicaciones, desde luego —quisiera, pero no tengo más—, aplican también para las profusas vegetaciones de foquitos y figuras de plástico que aderezan incontables fachadas por todos los rumbos de la ciudad. Y, aunque no es nuevo que lo peor del peor gusto reviente en estallidos multicolores cuando llegan estas fechas, la delirante decoración luminosa que han colocado esta vez en la Minerva sí hace pensar que se ha roto algún record del horror. Nomás faltó que le pusieran musiquita (pero ¡cuidado!, no hay que darles ideas).


Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 17 de diciembre de 2009

Milan Kundera o los hallazgos del olvido

comentarios (4)


Salvo el último, Un encuentro, no he querido acercarme ningún libro de Milan Kundera para escribir esto. Hace mucho tiempo que no los abro, con la excepción del anterior, El telón, en el que me detuve brevemente cuando apareció; los tres que hubo antes de éste ni siquiera los conozco (La ignorancia, La identidad y La lentitud), y, puesto a sacar cuentas, constato ahora que me habré apartado de su compañía hace cerca de veinte años, cuando leí La inmortalidad. Antes, todo: en orden de aparición. Incluido Jacques y su amo, en una representación de cuya prolija desnudez —el vestuario y la escasa escenografía refulgían con un blanco lunático sobre fondo negro— recuerdo apenas, aunque especialmente, la desvalida mirada de estupefacción con que Jacques llegó a incluirme en su perplejidad abrumadora. Y si es triste que mi recuerdo sea incapaz de dar con las señas de aquella compañía teatral ¿francesa? —además de que tampoco parece existir rastro de su paso fugaz por estos rumbos—, más lamentable todavía es que haya perdido casi toda noción acerca de la perplejidad de Jacques: ¿qué lo tenía tan azorado?
       Serán las formulaciones de la desmemoria, esos vacíos cuyos límites reconocemos, pero que van volviéndose más inescrutables conforme nos alejamos a abrir otros vacíos nuevos. A propósito de Kundera puedo despachar rápidamente un puñado de estampas que se dibujan tan pronto como resultan inservibles: la del joven poeta Jaromil robando por la noche los auriculares de los teléfonos públicos en La vida está en otra parte; los rostros de Teresa y Tomás y Sabina (los auténticos, los que yo les conferí, y no los de Juliette Binoche, Daniel Day-Lewis y Lena Olin, que llevaron en la película); Goethe y Napoleón y Beethoven en el más allá; los balnearios, varias muchachas de semblante hastiado, la exasperación del protagonista de La broma. Poco más. También sé volver fácilmente —¿para qué?— al relato que hizo Carlos Fuentes sobre el viaje que él, Cortázar y García Márquez hicieron en 1968 a Praga, con tal de conocer al checo: cómo éste los sorprendió recibiéndolos con una violenta visita a un sauna, y cómo el gigantón argentino había preferido pasar el trayecto en el tren jugando con las llaves de una regadera en la que apenas cabía, mientras el mexicano y el colombiano comían salchichas y hablaban de literatura policiaca (o algo así). Y, naturalmente, el rostro ceñudo de Kundera, tan parecido al de Karol Wojtyła. A estos deficientes recortes han venido a sumarse las noticias más bien oprobiosas que resonaron, hace algunos meses, sobre el papel de delator que el novelista habría jugado en la época de su vida en que escribía, justamente, la historia de un delator, amoríos enredosos incluidos. Y —ahora sí— poco más.
       En Un encuentro, Kundera hace un conmovedor homenaje a Anatole France. «Conservo bien en mi memoria Los dioses tienen sed o El figón de la reina Patoja (estas novelas formaban parte de mi vida)», declara ahí, «pero no conservo de otras novelas de France más que vagos recuerdos y algunas ni siquiera las he leído. De hecho, así solemos conocer a los novelistas, incluso aquellos que nos gustan mucho. Digo: “Me gusta Joseph Conrad”. Y mi amigo: “A mí, no mucho”. ¿Hablamos en realidad del mismo autor? De Conrad he leído dos novelas, mi amigo sólo una, que yo, en cambio, no conozco. Y sin embargo, con toda inocencia (con toda la inocente impertinencia), cada uno de nosotros está seguro de tener una idea acertada sobre Conrad». Yo sé que Kundera me gustó alguna vez. Que la lectura de sus novelas me importó, y pude tenerla por decisiva, sobre todo cuando los amigos dábamos en erigir sobre esas novelas las ociosas construcciones que, en cuanto les dimos la espalda, fueron desplomándose suave y silenciosamente, sin que nadie las demoliera y sin que nadie presenciara su extinción —ésa sí definitiva. Quiero creer, también, que El arte de la novela, Los testamentos traicionados y El telón me aclararon muchas cosas, pero esto último sólo me animo a suponerlo porque otro tanto acaba de sucederme con Un encuentro, que es un libro que ahora mismo me parece memorable, entrañable, iluminador y bellísimo. El problema es que soy incapaz, al cabo de dos décadas, de dar razones sobre aquellos remotos entusiasmos. Por qué dejé de leer a Kundera: lo ignoro también. Y también si algo perdí o algo gané con esa decisión —que debió ser deliberada, pues de La broma a La inmortalidad todo iba bien, hasta que llegó La lentitud y súbitamente renuncié a seguir.
       Acaso el mero paso del tiempo sea la sola causa de que nuestro desapego destine al olvido toda lectura. En el caso de este autor —y en mi experiencia como lector suyo—, posiblemente habrá ayudado el hecho de que su nombre fui localizándolo en una suerte de lista negra, como aquellas de las que habla en el citado homenaje a France: la proscripción a que conducen el desprestigio de la repetición, los malentendidos de la fama, la simple gana que podemos tener de voltear para otro lado. Pero ahora pienso en lo justo de esa circunstancia. En el primer ensayo de Un encuentro se lee: «Cuando un artista habla de otro, siempre habla (mediante carambolas y rodeos) de sí mismo, y en ello radica todo el interés de su opinión». Lo dice Kundera a propósito de lo que dice Bacon a propósito de Beckett. El pintor, renuente a ser comparado con el dramaturgo, habría ido quedándose cada vez más solo, y esta soledad conmueve al novelista. Lo que dice Kundera de Bacon está diciéndolo de sí mismo. ¿En qué medida yo, que ahora mismo ni siquiera he querido acercarme sus libros, he abonado esa soledad?
       En abril pasado, Milan Kundera cumplió 80 años de edad. Desde luego, no me enteré.


Publicado en el número 29 de La Manzana, que acaba de ponerse en circulación.

¿Censura?

comentarios (1)


La Secretaría de Gobernación, enfrascada en la importantísima tarea de evitarnos a los mexicanos el horror de toparnos con palabras altisonantes o procaces en los medios, reconvino a Radio Universidad de Guadalajara porque, en su programa semanal, los moneros Jis y Trino incurrieron en desacato a la legislación que pretende vigilar, entre otras cosas, que el lenguaje no se corrompa —ni tampoco las «buenas costumbres», ni la memoria histórica. Dice el Artículo 63 de la Ley Federal de Radio y Televisión: «Quedan prohibidas todas las transmisiones que causen la corrupción del lenguaje y las contrarias a las buenas costumbres, ya sea mediante expresiones maliciosas, palabras o imágenes procaces, frases y escenas de doble sentido, apología de la violencia o del crimen; se prohíbe, también, todo aquello que sea denigrante u ofensivo para el culto cívico de los héroes y para las creencias religiosas, o discriminatorio de las razas; queda asimismo prohibido el empleo de recursos de baja comicidad y sonidos ofensivos».
    Luego de repasar esto que manda la ley, las conclusiones son aburridas de tan obvias. No debería existir la mayor parte de los contenidos de Televisa y TV Azteca, para empezar, ni tampoco cientos de cantantes y miles de políticos cuyas voces y estampas, ofensivas y denigrantes, difunden los medios con toda naturalidad. Etcétera. El celo del Estado en estas cuestiones se manifiesta, sin excepción, en forma de alardes ridículos y en consecuencia soslayables: por lo indefinible (y obsoleta) que es la noción de «buenas costumbres», pero sobre todo por los fines perversos que persiguen siempre quienes se jactan de trabajar en la supuesta defensa de esa noción, estos amagos de censura se deshilachan apenas son pronunciados. La radiodifusora universitaria no tiene por qué hacer caso a semejante estupidez, y es que así como Jis y Trino deben seguir haciendo sus chistes como les place —y como les place a sus fans—, así también la tele y la radio y los periódicos del país seguirán dando cuenta (y no siempre de modo fiable, o casi nunca, y casi nunca tampoco de modo que nuestra inteligencia no se vea insultada constantemente) de la realidad procaz y miserable de todos los días.
    En cuanto a la famosa libertad de expresión —otra noción resbaladiza a la que automáticamente se acude cuando pasan cosas como ésta—, lo cierto es que es bonito creer en ella, pero en los hechos no existe. O no en el sentido facilón que se cree, según el supuesto de que ha de ser un derecho disfrutable por todos y que ha de estar garantizada por el Estado. Cada medio y cada actor, conforme a su particular audacia, pero sobre todo en razón de sus conveniencias, se la otorga a sí mismo en mayor o menor medida, y es más frecuente que se prescinda de ella por voluntad propia que por imposición. Así, quizás convendría en adelante hablar mejor de la libertad de censurarse, y de cuándo el abuso de ésta podría ser pernicioso y hasta motivo de sanción.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 10 de diciembre de 2009

Antes de salir

comentarios (0)

Sospecho que en toda mudanza hay componentes —inconfesables, desde luego— de defección y derrota. Establecerse en un nuevo domicilio, así sea en nombre de perspectivas más venturosas, supone necesariamente incurrir en el abandono de la casa que, por insólito que parezca (¿no habíamos llegado a ella después de abandonar otra?), ha consentido o tolerado nuestra presencia siempre intrusa, pasajera, desleal. Abandonar es huir, y desde la sala de partos hasta la capilla ardiente no sabemos hacer otra cosa: cada desplazamiento nos afirma en nuestra naturaleza volátil y poco digna de confianza: hechos a la pérdida incesante y a la necia e ilusoria voluntad de recomenzar, a poco de que se ofrezca siempre estamos listos para buscar cajas, llamar una camioneta, descolgar cuadros y armar bultos. Y listos para cerrar, inútilmente y sin saber qué hacer con las llaves, la puerta de la casa que quedará ensordecida y atónita en medio del súbito despojo con que culminamos una nueva vejación.
Sospecho, entonces, que entre los propósitos de Víctor Cabrera en su libro Signos de traslado, es posible inferir el que acaso tuvo de estipular la pertinencia de una tregua para cuando sobrevengan —que habrán de sobrevenir— nuevas huidas y nuevas derrotas: para esos momentos en que todavía no terminamos de irnos y, por supuesto, estamos todavía lejos de llegar. Una tregua —pongamos que entre el viaje del refrigerador y el de los libros, o en los minutos que transcurren mientras se pondera qué tan sensato será cargar o no con las macetas— para intuir, al menos, las implicaciones que hay en cada reiteración de nuestro carácter de tránsfugas: una pausa para reconocer, por última vez ante los muros, las vistas y los rumbos que dejamos atrás, que si el universo marchara como debe no habría por qué largarnos: que en nuestro lugar quedará siempre, como un resto de oprobio y de fracaso, la sombra imperdonable de nuestra nueva ausencia. De acuerdo con Cabrera cuando anota, en uno de sus poemas, esto que no le explica a su hija: «...lo que muda / es que cambia por la fuerza».
Sin embargo, como asegura en otro momento, «Lo capital es, entonces, no quedarse». Por más que nos prevengan contra él los anticipos de las futuras nostalgias o el mero canje inevitable de rutinas —el fastidio de investigar en qué consistirá ahora, otra vez, lo cotidiano—, el anhelo de distancia anima cada nuevo éxodo y llega a imprimirle incluso un ilusorio prestigio de aventura inaudita, así sólo recorramos unas cuantas calles y ni siquiera haga falta salir del mismo barrio. Quedarse, pues, es otra forma de rendición, y con irse —que también es renunciar— al menos es posible acudir a justificaciones como el coraje o la osadía, que suenan bien pese a ser generalmente insinceras. ¿Entonces? Cabrera, a mi modo de ver, extiende una alternativa a esta incertidumbre entre dos derrotas con la certeza que ha tomado de Kafka y que subyace a cada consideración de la que ha emergido cada poema en su libro: «Todo hombre lleva adentro una habitación».
Es, al menos, la esperanza: que exista en verdad esa íntima residencia, a salvo de las veleidades o la suerte que nos llevan de acá para allá. Y las cosas lo saben mejor que nosotros: las cosas que fingen resignarse a acompañarnos («ciegas y extrañamente sigilosas», decía Borges), que se dejan transportar con hipócrita indolencia —al grado de que, como advierte un poema de este libro, parecen ser ellas las que deciden la mudanza: «Apenas su tosca mansedumbre pisa el suelo / las cosas urden ya la escapatoria»—, pero que a nuestras espaldas, mientras nos ajetreamos en hallarles lugar, preparan su venganza secreta y admirable: «pequeños objetos cotidianos [...] y que hoy vuelven en forma de presagios», como intuye Cabrera, saben que finalmente vencerán cuando hagamos el tránsito definitivo y no tengamos ya cómo cargar con ellas rumbo a nuestro último destino, que es el olvido.
Quiero entender que, tras la postulación de esta pausa que Víctor Cabrera ha formulado para el momento que hay entre abandonar un lugar y establecerse en otro, lo que sigue es la consignación del nuevo comienzo, cuyo emblema inmejorable es el amanecer: el sobrecogimiento de esa hora en que el mundo es tan amenazadoramente incierto que sería preferible no tener que reingresar en él: de ahí que los «Símbolos del alba» sean la segunda parte de este libro: la llegada del alba que nos confirma en otro territorio, desconocido y enemigo, hostil o indiferente, que también terminaremos por traicionar. La ducha del vecino, el estallido de los pájaros, el cencerro que hace sonar el hombre del camión de la basura: ¿dónde estamos? ¿Dónde hemos despertado? «Despertar es no quedarse», dice Cabrera. Y eso es: cada siguiente día impone el deber de marcharse otra vez. Eso es: éste es un libro para comprender mejor, antes de que amanezca, antes de que nos vayamos de nuevo, para qué amanece y por qué tenemos que estar yéndonos siempre.

Signos de traslado, de Víctor Cabrera. Juan Pablos, México, 2007.

(Hará más de año y medio que tuve el gusto de leer esto en la presentación que hizo Cabrera de su libro acá, en Guadalajara. Cosa curiosa, no lo había publicado antes. De modo que aquí está, tarde pero igual de emocionado que aquella vez).


Cañas

comentarios (0)

Foto: Abraham Pérez

Seguro: habrá tenido algún cuidado en elegir la camisa de tono verde pálido para que hiciera juego con el saco a cuadros (verdes, marrones, y ahora el gris infame de la mugre, un desgarrón en un codo, el forro de rojo vivo destripado). El pantalón oscuro. Quisiera saber con precisión el color de la corbata; sólo me animo a aventurar que el nudo debió ser grueso, que el cabo angosto le había quedado una pulgada más abajo que el ancho y que ambas puntas habían renunciado a continuar a mitad de la barriga. Silbó mientras se afeitaba, todavía con la camisa desfajada, porque también le hacía falta atarse las agujetas de los zapatos. Esto es: ni la barriga, ni la calva, y mucho menos lo avejentado de cada prenda, habían llegado a disuadirlo de ese prurito decisivo: el cinturón hay que ajustarlo sólo hasta después de hacer los moños de las agujetas, pues de lo contrario la camisa se abomba en la espalda al momento de inclinarse o, como en su caso, al cruzar trabajosamente las piernas para alcanzarse los pies, sentado en la cama. Silbó qué, desayunó qué —¿un par de blanquillos tibios?—, qué metió al final en el portafolios, en qué momento tomó las llaves, qué abrían esas llaves, cuánto dinero llevaba en la cartera, de dónde salió, qué ruta de camión tomó, a quién le dijo al rato vuelvo. En el bolsillo de la camisa asomaban una pluma Bic roja, un montón de papelitos, un clip de los llamados mariposa sujeto a la tela. Traía un audífono para sordera. Y loción: fuerte, dulzona (de frasco grande, dos palmadas en la nuca, una en cada mejilla, todas las mañanas).
        Cerca de las dos de la tarde, había hecho ya lo que precisaba hacer ese día, iba ya quizás rumbo a un plato de cocido, una cerveza oscura, la siesta que seguiría, un rato de la tarde en camiseta (todavía con el mismo pantalón, con los mismos zapatos) arreglando el interruptor de luz de la cocina, luego las noticias en la televisión, y al final la cama. El Esto habría quedado todo el día dentro del portafolios, de cualquier manera. De haberse puesto a pensarlo, habría respondido que este edificio monstruoso no era menos invisible que cualquier otra estación de su rutina: algo había que hacer aquí —cobrar un giro, pongamos—, como algo hay siempre que hacer en cualquier otro lugar. De manera que se encaminó a la escalinata pensando en el cocido. Quizás no vio dónde pisaba por ir viendo si no se acercaría ya su camión. A la salida del colegio, mi amigo Ramón Cruz y yo podíamos tomar el nuestro a la otra cuadra, pero íbamos hasta esa esquina, la del edificio monstruoso, para comprar bolsitas de cañas. No lo vimos despeñarse: sólo llegamos cuando miraba, con la perplejidad más grande del mundo, cómo se le iba manchando la camisa con la sangre que le salía de la boca. Ya se oía el alarido de la ambulancia. Yo recuerdo intensamente sus zapatos, y haber tratado de imaginar qué pudo esperar esa mañana, cuando se los ataba.

Publicado en KY de diciembre de 2009.

Alturas

comentarios (0)


para Verónica, que me aseguró
que en las suites Moralva vive Silvia Pinal


Por la luz violácea de la hora se diría que sobran los lentes oscuros (montura de carey, enormes como dos manotazos); por la rapidez de los pasos, por la pañoleta que le sujeta el cabello y lleva atada bajo la barbilla y, sobre todo, por lo que parece su determinación de inclinar la cabeza siguiendo una línea fosforescente pero invisible trazada en la banqueta, los lentes oscuros son obviamente indispensables. ¿Salió del Oxxo? Puede ser, pero, de admitir las proposiciones insulsas que pulsan en lo evidente, habría, también, que confiar en que el elefante de la otra cuadra embestirá de un momento a otro los coches que pasan delante de él; también habría que creer, sin más, que lo escrito dice lo que dice, que tienen razón siempre los sentidos, que la ocurrencia de todo habría de ajustarse —y bastaría— a cuanto ordenan leyes formuladas o por formular. Esta mujer, no la perdamos de vista, pasa ahora bajo una lámpara que denuncia fugaz pero indudablemente lo que alcanza a vérsele del rostro: las hebras doradas de una barba y un bigote que desaparecen cuando alza el cuello de su abrigo y sale de la luz. El bolso blanco no era eso: es un cordero. Pero en la avenida, mientras sube ya la escalinata del edificio, se encamina al vestíbulo, deja ir una mano rumbo a la pañoleta, que va a desatar (y el cordero sí era un bolso, del que saca ahora unas llaves), mientras desaparece, en fin, en la avenida queda sólo la indemostrabilidad de su breve carrera.
       Si llega a volverse incuestionable la necesidad de procurarse, alguna vez, el apartamiento radical y la renuncia a la presencia de los otros (instalándose en lo alto de una columna, por ejemplo), una de las razones cardinales e inobjetables tendría que ser la decisión de liberarse del paso del tiempo. No, esta mujer no venía del Oxxo: había bajado —pero eso nos lo perdimos— de un automóvil negro, enorme y brillante como sus lentes oscuros; no esperó a que el chofer llegara frente al edificio, y menos tuvo paciencia para que le abriera la puerta. Como otras noches, había dado esos pocos pasos apresurados en pos de esa altura —a cambio de la columna, una suite en uno de los últimos pisos—, y la prisa y la pañoleta y los lentes oscuros más bien velaban sus muchos años, que iban deshaciéndose conforme llegaba hasta allá. Así que ahora sale al balcón, y convendría volar y elevarse y espiar más de cerca: es una escena en blanco y negro: es jovencísima, rubia, sostiene una copa y posa las manos en el barandal: las manos manchadas y huesudas de una anciana que está a punto de dejar de serlo.

Publicado en KY de noviembre de 2009

FIL 2009: Encantados

comentarios (0)

Esta foto, procedente del sitio web de la FIL, dice en el pie que tiene ahí mismo: «Profesionales abandonan el recinto de la 23 Feria Internacional del Libro de Guadalajara». ¡Pero cuáles profesionales! Somos Vero y yo, que así nos vimos cuando abandonábamos, sí el recinto tal. Y además fue tomada el viernes...

Foto: © Cortesía FIL Guadalajara / Diego Zavala Scherer  



Al cerrar la cortina de su edición 2009, cuando toca que los organizadores anuncien las cifras que cada año superan a las del anterior, la FIL declara haber quedado bastante satisfecha consigo misma. Hay, desde luego, algunas razones para ese contento: en un año particularmente adverso se incrementó (poquito, pero algo es algo) la cantidad de asistentes, sólo hubo 22 editoriales menos (fueron mil 925), nada más un agente literario dejó de venir, y así. Más allá de lo que suman los organizadores...

Para seguir leyendo, por acá, por favor: Letras Libres. Blog de la redacción.

¡Fuego!

comentarios (2)

Conciertazo de Los Lobos, ayer sábado por la noche. Sí, pues: no evitaron las rancheritas ni los sones veracruzanos (qué se le va a hacer), pero lo demás fue pura cosa maciza y pura sabiduría.
Foto: © Cortesía FIL Guadalajara / Michel Amado Carpio



En su novela Farenheit 451, Ray Bradbury imaginó un mundo en que la lectura estaba prohibida, y donde había cuerpos de bomberos listos para prenderle fuego a los libros que quedaran. Las editoriales, como ha podido verse en la FIL, están haciendo ese trabajo mejor que los bomberos de Bradbury: por los precios escandalosamente altos que alcanzan muchos libros, la lectura está tácitamente prohibida en México. Y eso es una miseria.
    En la venta nocturna del viernes, sin embargo, la FIL puso en práctica una estupenda idea que, al menos por unas horas, permitió encontrar buenos precios. No en todos lados: en el stand de la distribuidora Azteca, por ejemplo, que trae un surtido suculento, no se bajaron ni tantito (regrésense con sus malditos libros: no les compré uno solo), mientras que en Colofón hubo descuentos de hasta el 35 por ciento, en Tusquets del 40 y en la UNAM del 50. ¿Vendieron, estas tres? ¡Muchísimo! La gente estaba feliz —frenética, pero feliz. Ojalá el año entrante se repita.
    Siempre da como nostalgita que la FIL se acabe. Ahora saco cuentas y el saldo es favorable: aunque acabo con el lomo molido, me la pasé muy bien. Los Ángeles, de los coches locochones a Ray Bradbury, pasando por Los Lobos y el tropel de artistas y escritores que mostraron lo fascinante de esa ciudad, hizo un papel más que decoroso. Que si Pacheco, que si Fuentes, que si Yordi Rosado (y hoy Elena Poniatowska): todo lo superfluo y prescindible estuvo compensado por actividades sabrosas y disfrutables. Sí creo que deberían tomarse más precauciones con los tumultos, porque otra vez la Expo quedó chica: cualquier día va a haber una desgracia: una estampida, escuincles apachurrados... Hoy hay que cerrar yendo a mover la cola con Poncho Sánchez, y esperar que Castilla y León se luzca el año entrante. Y que la FIL siga trabajando con imaginación, más allá de las veleidades y las conveniencias políticas de unos cuantos, para que podamos seguir disfrutándola como una verdadera fiesta de la cultura.

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», del suplemento perFIL, en Mural, el domingo 6 de diciembre de 2009.