Congruencia

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Mientras en México los premios literarios cuyos montos proceden de recursos públicos se obsequian a quienes no los merecen (como el bribón Bryce Echenique, que ya podrá tomarse un descanso y no sufrir cuando nada se le ocurra y tenga que despachar un artículo: hambres no va a pasar por un buen rato) o a quienes no los necesitan (como el Nobel Vargas Llosa, a quien maldita la falta que le hacía el Carlos Fuentes), en España pretendieron darle uno a alguien que ya había anunciado que no lo quería. Al rechazar el Premio Nacional de Narrativa a su reciente novela Los enamoramientos, Javier Marías explicó que lo hacía por el afán de ser consecuente con una postura que había anunciado años atrás, la de no recibir estímulos del Estado. Inclusó contó cómo alguna vez, al tanto de que compañeros suyos de la Real Academia Española planeaban postularlo a dicho galardón, tuvo que convencerlos de que no lo hicieran. Ahora se emperraron y, claro, los mandó por un tubo.
            Es una decisión que puede ser interpretada de diversas maneras: como un acto político (si bien Marías ha dicho que habría hecho lo mismo sin importar quién estuviera en el poder), como una afirmación de la dignidad del oficio (ha dicho que el Estado no tiene por qué pagarle por un trabajo que él eligió desempeñar), como un gesto de arrogancia (el colombiano Héctor Abad Faciolince escribió, hace unos días, que Marías es capaz de desdeñar hasta una mermelada que le prepara una lectora devota, y de hacerle saber por escrito que no vuelva a intentar dársela). Pero sobre todo es una demostración de congruencia, esa virtud tan rara que, cuando se manifiesta, resulta casi incomprensible, tal vez porque a menudo se la confunde con la terquedad, o porque resulta más conveniente hacer pasar por flexibilidad lo que en realidad son volantazos y canjeo de unas posiciones por otras (bien recuerdo a aquel escritor que en 2006 estuvo encabezando los mítines en el Zócalo contra la elección de Calderón, y que, un año más tarde, lejos de hacerle ascos al premio que éste le entregó, tuvo a bien decir: «Es un honor recibir este premio de manos del Presidente Felipe Calderón»). Ejemplar, Javier Marías —aunque ¿quién, en un territorio tan propicio para el desfiguro como el de los megapremios, podría seguir ese ejemplo?

Hacia la FIL I
A un año de haber hecho un memorable ridículo en su paso por la feria, Enrique Peña Nieto tomará posesión de su cargo un día antes de que acabe la edición de este 2012. ¿Llegará a venir alguna vez a la FIL? No parece probable —aunque a lo mejor ya tendrá asesores más duchos, que le pasen tarjetitas con títulos de libros. Quién sabe cómo incidirán los reacomodos de la administración federal en la vida de la feria; por lo pronto, ojalá deje de ser pasarela para los políticos que básicamente vienen a estorbar: los libros, ya quedó claro, no son lo suyo. 

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 1 de noviembre de 2012.

Alivio

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«¿No que no, babosos?», declaró el señor al ver que la transferencia electrónica de 150 mil dólares ya henchía su estado de cuenta. (O, si no lo declaró, sí lo pensó, muerto de risa).

Aunque el escándalo en torno al Premio FIL 2012 hizo daño a la feria, como reconoció hace unos días su presidente, Raúl Padilla, también es cierto que tal perjuicio está lejos de aniquilarla: en parte porque habrá forma de repararlo, por ejemplo rectificando los modos en que se conforman los jurados del premio en cuestión y los lineamientos de su actuación (transparentando lo más posible los criterios para elegirlos, pero también los criterios por los que se rigen al deliberar y tomar sus decisiones); en parte porque la feria es, en cierto sentido, un bien común que nos importa a muchos, y sigue y seguirá siendo una ocasión excepcional de resistencia ante la barbarie imperante: como festival cultural, como centro de negocios en torno al libro en Iberoamérica (su función principal), como una de las iniciativas más relevantes que haya sacado adelante una universidad pública en la historia reciente de este país —con todos los peros que se le puedan poner, empezando por las condiciones de precariedad que prevalecen en la vida de la Universidad de Guadalajara.
            Por otro lado, la serie de desatinos que comenzó con la elección de Alfredo Bryce Echenique y terminó (parece que ya terminó) con la obstinación de desoír todas las voces que se alzaron en contra, anunciando que el diploma se le llevará a donde él quiera (el señor quiso recibirlo en París) y que se le hará la transferencia electrónica de los 150 mil dólares a su cuenta (no va a tener ni que molestarse en ir al banco a cambiar un cheque), quedará (ya está quedando) como un episodio destinado al olvido. Se han suprimido del programa de actividades de la feria las que protagonizaría el novelista, y no parece que vaya a haber más repercusiones: no veo a ninguno de los autores más conspicuos que objetaron el premio (Juan Villoro o Alberto Ruy Sánchez, pongamos) cancelando su participación como forma de protestar: ¿la mucha indignación es nomás tantita? Leí la pormenorizada investigación que publicó Nexos sobre el modus operandi del peruano como ratero impenitente («En el taller de Bryce Echenique», de Fabiola Ramírez Gutiérrez): está muy bien, pero sirve sólo para documentar una carrera de fechorías, no para revertir lo que ya ha sido y quedará apenas como anécdota sin consecuencias, cosa que sin duda tuvieron en cuenta Julio Ortega, Jorge Volpi y compañía, por mucho que no hayan calculado la resonancia que alcanzaría su irresponsabilidad.
            Harto del tema, hace un par de semanas me metí mejor a leer Un mundo para Julius, la celebradísima novela de Bryce Echenique, parte emblemática de la obra que, según quienes juzgan improcedente meter en el mismo costal a la literatura y al periodismo, hace de este autor un merecedor indisputable del Premio FIL. Bien, pues me pareció una absoluta porquería. Qué alivio que nos hayamos librado de la monserga que habría sido ver a este escritor festejado por todo lo alto en la feria.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 25 de noviembre de 2012.

Megapremios

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Mi reacción inmediata al saber quiénes han ganado los tres megapremios literarios anunciados recientemente (el FIL, el Nobel y, hace unos días, el Carlos Fuentes) ha consistido en preguntarme: ¿no había nadie más? Mi respuesta, también inmediata, a esa reacción, ha sido: claro que sí, siempre quedará alguien que, pudiendo haber sido distinguido, habrá sido desdeñado por el jurado de cada galardón. Alguien, quiero decir, con más méritos evidentes. Pero Alfredo Bryce Echenique, Mo Yan o Mario Vargas Llosa, por célebres e incluso buenos escritores que puedan ser (a veces los premios le atinan), fueron las elecciones misteriosas —las deliberaciones necesariamente tienen carácter confidencial— que tres puñados de individuos hicieron en nombre de las instituciones que les confiaron esas tareas. Y a quienes no formamos parte de esos puñados sólo nos queda conjeturar qué pudo moverlos: cómo razonaron su decisión, qué motivaciones convenencieras, políticas o comerciales pudo haber detrás de sus razonamientos, qué tan determinante pudo ser su ignorancia o su irresponsabilidad.
            Dicho de otro modo: ¿qué tenían en la cabeza quienes firmaron las actas? Por lo que toca al jurado del Premio FIL, al menos dos de sus integrantes, Julio Ortega y Jorge Volpi, han ido revelándolo al pronunciarse sobre el escándalo que propiciaron: desentendidos del hecho de que su gallo sea un delincuente (plagiario reincidente, denunciado y sancionado: mentira que, como él ha alegado, la justicia de su país lo haya resarcido), lo que menos ha llegado a preocuparlos ha sido el daño causado con su proceder y su empecinamiento: al premio y su tradición, a sus auspiciantes, a la Feria Internacional del Libro y a la Universidad de Guadalajara que la organiza. Se quejan de una «campaña» contra Bryce Echenique, pero a su vez están haciendo una para recabar apoyos a su desfiguro, con lo que aseguran que el Premio FIL termine por ser ya no un hazmerreír, sino una auténtica sinvergüenzada.
            Respecto a los suecos que eligieron al novelista chino, los imagino enfrascados en conseguir la mayor perplejidad con su anuncio. Falta leer a ese autor, claro, pero da la impresión de que el Nobel busca, ante todo, eludir lo previsible, y que por ello se ha vuelto un premio absolutamente irrelevante —salvo para sus ganadores y los editores de éstos, claro. Y en cuanto al Premio Carlos Fuentes, éste sí cantadito, ya demostró ser el alarde de frivolidad que se sospechaba: inútil para los lectores (al menos la elección de los suecos propone un descubrimiento), será sólo ocasión de ostentación para un Estado que por lo visto no sabe en qué derrochar. ¿A quiénes sirven los megapremios? A quienes los dan y a quienes los cobran (y a sus editores): los lectores ya podríamos ir aprendiendo que la literatura vive de otros modos, a solas con nosotros y al margen de baladronadas, enigmas y disparates.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 18 de octubre de 2012.

Resistencia

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Viajar por México supone encontrarse con variaciones de grado del desastre y su repercusión en la vida cotidiana. De lo malo a lo pésimo, pasando por lo peor. Estos días me tocó visitar una de las regiones del país en que la realidad se ha ensañado más, convirtiendo lo que tendría que ser la capacidad de asombro de la gente —el estupor ante la barbarie— en la constatación de un espanto sostenido, instilado incluso en el habla y en cada acto que se tendría por normal si no tuviera lugar en este presente delirante: ir por la calle, por ejemplo (las calles empiezan a quedar desiertas a las ocho de la noche). El habla: el sujeto está implícito en las oraciones («vinieron», «se quedaron», «son los dueños», «se hace lo que quieren», «dicen que lo mataron», «cómo van a reaccionar», «me pusieron la pistola en la cabeza»), no se lo nombra porque no hace falta, o bien por una precaución instintiva: se habla en voz baja, así vaya uno platicando en el coche. ¿Delante de la mira de cuántas armas se cruza en el transcurso de una mañana? Al llegar, antes de salir del estacionamiento del aeropuerto, ya había contado tres, con sus enmascarados correspondientes en los convoyes que recorren como gusanos esta podredumbre: manzanas y más manzanas de negocios abandonados en las que lo único que progresa es la desolación: una ciudad en ruinas, aunque apenas tenga poco más de cien años. En Guadalajara acaso pensemos que vamos acostumbrándonos al sobrevuelo ominoso de los helicópteros: aquí queda claro que es algo a lo que resulta imposible acostumbrarse.
            Vine a dar un taller de ensayo literario, en un admirable centro cultural animado por ciudadanos que desde hace años se han empeñado en sostenerlo (profesores de instrucción básica sindicalizados, pero abiertos a la participación del público en general). Entre otras actividades, tienen una sala de lectura, un taller de grabado, organizan cursos, conferencias. Lo normal, es decir, lo insólito: la gente reunida en torno a los libros, a la música, al estudio, al arte, pero en un espacio al que no se sabe si se va a llegar o del que no hay modo de asegurar que se va a volver. Mientras conversábamos —sesiones emocionantes, gracias al entusiasmo de los participantes, a su interés auténtico, a la agudeza de sus lecturas y de sus comentarios—, experimenté una extrañeza irresistible: ¿no era descabellado que estuviéramos allí hablando de Paz, de Montaigne, de Brodsky, de Swift, de Chesterton, enmedio de la locura imperante? Sí, y justo por eso es que había que estar allí: porque en esas reuniones se encuentra la que seguramente sea la sola forma de resistencia a nuestro alcance, la que sin duda va a lograr que algo se salve. De modo que la cultura es esto, a fin de cuentas, y que para esto sirve: ahora vengo a enterarme. Este país depravado y horroroso, increíblemente, también es el país de esta gente que lee, conversa, disfruta y sueña y ríe.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 11 de octubre de 2012.

Melodrama

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(Como ya es un fastidio andar viendo el retrato de Bryce por todos lados, 
mejor pongo esta fotito).

Parece que hay tres finales disponibles para el melodrama suscitado con la designación de Alfredo Bryce Echenique como ganador del Premio FIL 2012. Uno, el que quizás sea más deseable, consiste en que el peruano termine por declinar: un gesto que sería digno, y hasta elegante, por cuanto significaría poner el respeto a las instituciones que sostienen el premio por encima de cualquier interés personal. Cualquiera que sea la situación legal de este escritor —va resultándole favorable, por lo que él mismo afirma—, el hecho es que su nombre y su prestigio están al menos en entredicho, y que vistas las evidencias de los plagios de que se le acusa —y que Bryce ha llegado a reconocer, explicándolas como descuidos, en algún caso imputables a su secretaria, pero sin disculparse jamás ni con sus lectores ni con los autores agraviados—, también el prestigio del premio, y el de los integrantes del jurado, va quedando preocupantemente maltrecho. (Tras la crisis que atravesó el Premio Xavier Villaurrutia a principios de año, la renuncia de Sealtiel Alatriste puede entenderse como la ocasión inmejorable para replantear sus fines y sus mecanismos: qué honor tan dudoso habría acabado siendo en adelante el Villaurrutia si Alatriste lo hubiera recogido).
            El segundo escenario, también deseable pero menos probable, es que la organización del Premio FIl encuentre la forma de revertir su elección. En la carta abierta que Sergio González Rodríguez publicó esta semana al respecto hay argumentos para reconocer que no es imposible. El mensaje que las instituciones convocantes enviarían, de rectificar así, sería de responsabilidad con la tradición que la concesión de este galardón ha ido robusteciendo —aun cuando se trate de una tradición algo dispareja, dados los altibajos en la calidad de las obras de quienes lo han ganado, pero la historia de todo premio es más o menos chipotuda.
            Y el tercero, el más seguro, es que Bryce venga, cobre y siga tan orondo, recuperando, gracias a las astucias legales de su abogado, los montos de las multas que la justicia peruana le ha hecho pagar. Que el dinero es algo que le importa mucho, como se desprende de un correo electrónico que el crítico Julio Ortega, integrante del jurado, hizo circular hace unos días, y donde constaba una declaración de Bryce: «INDECOPI, la institución peruana que defiende los derechos de autor, me ha devuelto con intereses la multa que me impuso». Ni una palabra sobre su honorabilidad ni sobre la integridad de su obra, mucho menos sobre su probidad intelectual y artística: lo que él pelea es que le devuelvan la lana, y que no vayan a dejar de darle la que acaba de ganarse. (Ortega, su escudero, envió el correo a «amigos» —los remitentes estaban a la vista; a mí me llegó de rebote—, y, tras dolerse hablando de «sacrificios humanos», incurría en esta comparación: «El hecho es que nadie acusó a Gide de inmoral cuando le dieron el Premio Nobel». De ese nivel está el juicio del jurado). El melodrama sigue: ya veremos en qué para.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 4 de octubre de 2012 2010.

E. L. Doctorow: la Historia implacable

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Daniel tiene unos nueve años; Susan, su hermana, unos cinco. Hasta hace un momento corrían tomados de la mano a través del frío gris de una ciudad que los ignora por completo. El agotamiento los ha obligado a reducir la velocidad, pero aún avanzan tan rápido como lo pide su miedo y como lo permite su desorientación: están extraviados. Daniel intuye que, si se paran a preguntar dónde están, automáticamente dejarán de ser invisibles, los sujetarán, vendrán por ellos. Susan tiene que detenerse para estirarse las calcetas blancas y flojas que han ido remetiéndosele en sus zapatos negros y ya le han hecho ampollas en los talones...

Publicado en el nuevo número de Magis. Para seguir leyendo, por acá, por favor.

Ni modo

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Tras la presentación del programa general de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, el lunes, y luego de echar un vistazo a su historia, puede pensarse que la feria se construye principalmente sobre lo inevitable: fundamentos cada vez más inamovibles que, así como afianzan su existencia, también reducen paulatinamente los márgenes para la innovación —que la hay en cada edición, debe reconocerse, aunque moderada: son tácitamente imposibles las sacudidas fuertes y la FIL tiene así una naturaleza de costumbre de la que ya se sabe qué esperar, incluido el hecho de que siempre habrá algo novedoso y atractivo (si no por qué seguiríamos yendo). Inevitable es, por principio, su vocación de centro de negocios para el mundo editorial iberoamericano, así como la atención del programa cultural a las apetencias del público, definidas básicamente por el interés comercial y, enseguida, por el hecho de que esos nueve días del año sean ocasión para encuentros con materias y personajes que de otro modo sería impensable convocar. También es inevitable que, en su carácter de festival de la cultura, la feria tienda al cumplimiento de compromisos marcados en una agenda que deciden las efemérides más visibles (que la así llamada «Elenita» Poniatowska tenga la gracia de cumplir ochenta años), los imponderables (que se haya muerto Carlos Fuentes, surtidero aún de ocurrencias y pretextos, y se tenga que hacerle homenaje estelar), o la mera fama (el Salón Literario lo abrirá Jonathan Franzen, meteoro al que se ha recurrido quizás a falta de ganadores del Nobel, que esta vez escasearon).
            Buena parte de lo que escapa a lo consabido se debe al país invitado, y por lo que se ve, Chile prepara su presencia con buen ánimo y buen sentido, centrando su participación en los libros (eso que luego es tan fácil olvidar en la FIL) y en la voluntad de mostración al mundo de su cultura. Los chilenos parecen tener más claro que los alemanes, invitados el año pasado, a qué vienen, aunque también tengan sus obligaciones (la previsible recordación de figuras como Pablo Neruda o Roberto Bolaño, e incluso de Condorito). Y, por otra parte, la FIL da pruebas de perseverar en el encuentro con los lectores mediante la expansión de un programa literario internacional, lo que es de celebrarse.
            Claro: las expectativas de esta edición están moduladas también por el escándalo, gracias a la concesión del Premio FIL a Alfredo Bryce Echenique: un desatino cuyas consecuencias seguirán creciendo —y no sólo porque, como lo sugirió Raúl Padilla el lunes, sean los medios los que inflen el tema: ya se está viendo cómo se suman inconformes ante esta decisión, inexplicable dados los ámbitos lingüístico y geográfico que cubre el premio. Será una pena que así se inaugure la feria, si el peruano no tiene tantita elegancia y declina: con un argüende lamentable que acaparará la atención. Pero es de suponerse que las polémicas así también cuentan como inevitables. Y ni modo.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 27 de septiembre de 2012.

Leer / ver

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Desde hace algún tiempo, quizás desde la atención que concitó la serie Los Soprano, suele repetirse que buena parte de la mejor narrativa actual se halla en la televisión. Historias cautivadoras de inmediato y personajes fascinantes (como el mafioso atribulado por su mamá perversa) en cuyas honduras psicológicas se fraguan los arquetipos intimidantes en que se reconocen las vastas audiencias; tramas irresistiblemente emocionantes urdidas con misterios vertiginosos, dramas absorbentes a un tiempo densos y sutiles, pirotecnias deslumbrantes de ingenio y humor. Desde luego, abundan los ejemplos para creer que al Sófocles, al Flaubert o al Dickens de nuestros días no los encontraremos en las páginas de los libros sino en los discretos créditos de las producciones televisivas, y, por acudir a mi experiencia un poco esquizofrénica como televidente y lector, he de admitir que más de alguna vez me he visto prefiriendo las humeantes aventuras cínicas y angustiosas de Don Draper en Mad Men a la lectura de cualquiera de los incontables pendientes que reposan como reproches vivos en los libreros —claro: para rebajar la culpa neurótica de tal conducta, he acudido también al amparo de esa suposición, la de que la mejor tele no tiene nada que pedirle a Dostoievsky o a Balzac.
            El problema —si hay un problema: como si no nos surtiera bastantes la famosa realidad— es que justamente se trata de una suposición, y que probablemente ésta esté originada en algo tan infundado como el consenso. Que haya —como las hay, sin duda— magníficas producciones televisivas, detrás de las cuales cabe reconocer poderosos talentos narrativos, no cancela la posibilidad de que también haya —como sin duda las hay— obras literarias tanto o más admirables. De hecho, basta pensarlo un poco para reconocer que sólo por pereza o por indolencia se puede uno plegar a certidumbres tan inútiles (cuando no perniciosas de obstinarse en ellas): de novelistas en activo como Philip Roth, António Lobo Antunes, J.M. Coetzee o E. L. Doctorow, para nombrar sólo a un póquer de imbatibles, circulan los que son ya clásicos incuestionables: que uno, como consumidor de ficciones, los ignore, es otra cosa. Y puede que si llegamos a figurarnos que lo más notable está en un lado o en otro (y esto por no hablar del cine), sea sólo debido a que es lo que se dice, y el riesgo está en quedarse con eso y ahorrarse el trabajo de comparar.
            Es lo que pienso en la inminencia de la entrega de los Emmys, ocasión en que siempre me da por revisar mi conducta como un televidente incurable que algo ha de deber, también como lector, a quienes escriben lo que se ve. En una entrevista reciente, Aaron Sorkin, uno de los escritores de televisión más influyentes (The West Wing, The Newsroom), dejaba ver cómo su trabajo ha de atenerse estrictamente a las expectativas del público. Y quizás ahí esté la diferencia: que al mundo entero le guste algo no necesariamente significa que valga la pena.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 20 de septiembre de 2012.

En serio

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En una de sus últimas apariciones, el escritor Christopher Hitchens acudió a la Convención del Libre Pensamiento de Texas de 2011 para recibir de manos del biólogo evolucionista Richard Dawkins el Premio al Librepensador del Año. Hitchens, aun debilitado por el cáncer que acabaría matándolo, estaba en su elemento, disparando contra uno de los blancos más conspicuos de las batallas que dio en su trayectoria como periodista y ensayista: la manipulación religiosa de cualquier signo y sus consecuencias adversas para el desarrollo de las sociedades y los individuos. Por las crónicas de esa presentación, es de pensarse que ni siquiera la enfermedad habría conseguido reducir la agudeza de sus argumentos ni su vehemencia irónica, así como tampoco la fuerza de sus convicciones y la astucia estilística para hacerlas irresistiblemente persuasivas: Hitchens ha sido uno de los autores de los últimos tiempos en que con más claridad se conjugan la solvencia ética en el ejercicio del oficio y el genio en el uso del lenguaje como un armamento de vastos alcances, sobre todo en cuanto se refiere al esclarecimiento de los malentendidos más amenazantes y la denuncia de las atrocidades y el descaro de quienes controlan el juego. (Su libro Cartas a un joven disidente es un muy emocionante ejemplo del modo en que el escritor elegía sus causas y combatía por ellas hasta las últimas consecuencias).
            En esa ocasión, luego de su discurso, una niña de ocho años le pidió recomendaciones de lectura. Lo había esperado hasta el final, acompañada por su mamá, y Hitchens se sentó en una mesa para contestarle por más de quince minutos. La magia de la realidad, de Dawkins, en primer lugar, el mismo autor que da nombre al premio que había recibido (uno de los divulgadores de la ciencia más influyentes, feroz enemigo de los creacionistas); enseguida, Los mitos griegos, de Robert Graves, en primer lugar (y resultó que la niña ya conocía Yo, Claudio, y que era una fan de Graves); luego, «cualquier obra satírica» de Shakespeare y de Chaucer; Infiel, de Ayaan Hirsi Ali, la política y feminista holandesa de origen somalí amenazada de muerte por sus críticas al Islam (para entender lo que significa para una joven crecer en un mundo intolerante); Historia de dos ciudades, o cualquier otra cosa de Dickens (por cuanto este autor enseña a los niños el amor a la lectura); algo de P. G. Wodehouse, el enorme humorista británico («para divertirte»), y, por último, «un poco de David Hume».
            Poco después, la niña le escribió a Hitchens: «Gracias por tomar mi pregunta muy en serio. Cuando estaba hablando con usted, me sentí importante porque me trató como a un adulto […] También creo que todos los adultos deberían ser honestos con los niños, como usted lo fue conmigo. Recordaré y apreciaré nuestro encuentro el resto de mi vida, y trataré de seguir haciendo preguntas». Al conocer esta historia, vi a mi hijita de año y medio y le dije: «Regina, ve tomando nota». Y la tomo yo también.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 13 de septiembre de 2012.

Sin pena

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Al anunciarse que Alfredo Bryce Echenique fue elegido ganador del Premio FIL de este año (150 mil dólares, más homenajes que incluyen la develación de un busto, más reediciones de la obra, más la proyección mediática y la publicidad que se dará al peruano cuando venga a la Feria Internacional del Libro, más la compañía a perpetuidad de los ganadores anteriores), automáticamente se recordó que sobre este autor pesan numerosas acusaciones de plagio, que es lo que automáticamente se recuerda de él desde que hace varios años se ha visto envuelto en las disputas judiciales originadas por dichas acusaciones. Debe de estar más que habituado a las preguntas de los reporteros sobre el asunto y a sacudírselas con despreocupación (parece que confía mucho en que su abogado acabará por conseguir que se le restituya el monto de la multa que la justicia peruana le obligó a pagar en 2009). En su momento, cuando al ser hallado en flagrancia fue orillado a renunciar al diario limeño El Comercio, llegó a culpar a su secretaria de sus fechorías. Si bien ha reconocido alguna distracción como causa de que al menos dieciséis artículos ajenos hayan sido publicados con su firma (¡ha de ser un caos, la vida de este hombre!), jamás ha admitido su culpabilidad, y así, tan tranquilo, vendrá a cosechar los honores que se le han obsequiado esta vez.
            ¿Que, aparte de esta situación embarazosa, es un escritor con méritos suficientes para recibir un premio importante como el FIL? De acuerdo, y cabe suponer que es lo que habrá considerado el jurado… si bien, dado el ámbito amplísimo que cubre la convocatoria, indudablemente hay decenas de autores tanto o más elegibles que él, en cualquier género y en español, portugués, francés, catalán, gallego, italiano o rumano. ¿Por qué se prefirió, por encima de todos, precisamente a alguien cuya probidad intelectual y civil está en entredicho de modo tan estrepitoso? ¿Se trató de procurarle a Bryce Echenique una suerte de reivindicación? ¿De veras no había nadie más?
            Es imposible no recordar en qué acabó una situación parecida reciente, cuando el Premio Xavier Villaurrutia de este año se anunció que sería para Sealtiel Alatriste, otro acusado de lo mismo. (El plagio, según yo, más allá de cualquier consideración moral —y, por ende, extraliteraria—, sí es asunto susceptible de juzgarse en términos estéticos e intelectuales: denota no sólo carencia de recursos, sino irresponsabilidad y falta de respeto a los lectores. Es bajeza sin más). Escarnecido y haciendo un ridículo colosal, Alatriste terminó por renunciar no sólo al premio, sino también a la chamba que tenía e incluso a seguir en suelo patrio, y el Villaurrutia quedó infamado irreparablemente. Lo que ahora está en riesgo, gracias a esta decisión incomprensible, es el prestigio del Premio FIL, que al momento mismo de anunciarse se volvió más cuestionable que nunca —cosa que por lo visto no tomaron en cuenta los miembros del jurado (o sí, pero los tuvo sin cuidado). 

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 6 de septiembre de 2012.