«Debate»

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Se había anunciado que entre los temas del primer «debate» entre los candidatos a la gubernatura de Jalisco (bueno, lo que haya sido la hora y media de sopor que nos endilgaron a los ingenuos que nos aplastamos a verlos) estaría el de la cultura. Y así fue, con eso arrancaron luego de sus parlamentos de presentación. ¿Por qué entrar por ahí? Porque es un asunto del que no tienen ninguna intención de volver a ocuparse; porque lo aburrido o lo más aguado es conveniente despacharlo mientras el público todavía está acomodándose y no ha acabado de empezar a poner atención. Pero, independientemente de eso, se podría preguntar por qué habría que esperar de los candidatos (éstos o cualesquiera, en esta elección o en la que sea) que dispongan de planes al respecto, si se trata de una materia a la que son ajenos por definición y que en el gobierno que se proponen encabezar —como ha sido en todos los anteriores y como es, en general, en todos los rumbos de la administración pública en México— estará invariablemente lejos de ser prioritaria. La cultura, evidentemente, no les interesa a los candidatos, pero además están al tanto de que tampoco al grueso de los electores: de ahí que, como se vio el martes, se limiten a pergeñar (para salir del paso, para simular lo que ni siquiera haría falta que simularan) un manojo de obviedades, lugares comunes y bobadas.
            (Aprovecho para hacer una aclaración personal: ninguno de los candidatos tiene mis simpatías porque el primer requisito que yo le exigiría a alguien que aspirara a mi voto sería la decencia de renunciar a ser candidato en este sistema de imposturas que es nuestra pseudodemocracia averiada sin remedio. Y así cómo). Más allá de las indefiniciones y confusiones habituales en que reincidieron todos —siempre que sale la palabrita «cultura» a los políticos les da más bien por hablar de educación, identidad, recreación, turismo y hasta deporte—, lo que alcanzaron a exhibir los candidatos, antes de empezar a salpicarse con sus inmundicias (bueno, salvo la seño que prefirió ponerse a leer: pobrecita, se diría, pero ¿no es execrable también prestarse así a un juego en el que sabe que no tiene esperanzas, dilapidando así nuestro tiempo y nuestro dinero?), fue un lamentable vaticinio de que en este ámbito —porque uno de éstos va a ganar— seguirán prevaleciendo las ocurrencias y las fórmulas huecas según las cuales la cultura debería siempre servir para algo más: desarrollo, progreso, alejar a los niños de las drogas, que los mariachis retumben por toda la eternidad y otras estupideces por el estilo. Además dejaron claro que, de llegar, se propondrán —ya luego se verá qué pronto queda desmentido el que llegue— dar más presupuesto al aparato burocrático del rubro, que si no funciona sin lana, con la cartera gorda sólo demostraría funcionar peor. En fin: ya se vio qué traen entre manos —nada que importe—, ya nos podemos entretener con otras cosas.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 3 de mayo de 2012.

22 de abril

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No es sólo porque completa un «número redondo» que importa la suma del tiempo transcurrido desde la mañana infeliz en que Guadalajara fue abruptamente eviscerada por las explosiones que, a falta de una denominación más justa en términos históricos (pudieron llamarse como sus culpables, para garantizarles la infamia que merecen), terminaron recordándose por la fecha en que sucedieron. Veinte años son una vida en que pueden darse por sobrepasadas las ignorancias, las perplejidades y las incertidumbres de la infancia y la adolescencia, un punto en el que hace ya rato que se traspasó el umbral de la adultez y se ha comenzado a difuminar o confundirse lo que hubo antes porque el futuro ya nos lleva entre las patas. Piense cada quien en lo que era y hacía a los veinte años. Y Guadalajara, al cumplir esta edad —no es exagerado decir, me parece, que en la catástrofe del Sector Reforma se sucedieron la muerte de la ciudad que hasta entonces habíamos conocido y su traumática resurrección—, está en riesgo de terminar de desentenderse de lo que fue aquello y de sus consecuencias. (Además, en vista del presente convulso y precario que atravesamos, da la impresión de que la sociedad está violentamente abocada al olvido y a pasar cada vez más pronto cada nueva página del horror diario: conteste rápido: ¿recuerda qué día fueron los «narcobloqueos» de hace apenas unas semanas? Seguramente han sido lo peor que le ha pasado a Guadalajara desde 1992, y seguramente la ciudad no había vuelto a experimentar así el miedo. ¿Ya no nos acordábamos? Fueron el 9 de marzo).
            Uno se diría que es imborrable la impresión que dejaron las explosiones del 22 de abril en la memoria de Guadalajara. Pero quién sabe, y por eso es indispensable repasar aquellos días malvados: cómo, por consecuencia de la estupidez y la irresponsabilidad de quienes luego quedarían blindados por la impunidad, el mundo voló en pedazos para tanta gente que ahí quedó o que, si sobrevivió, fue al dolor de ver a los suyos arrebatados, al propio cuerpo malherido y lastrado, a la pesadilla de lo sucesivo. Luego, el estupor lo prolongaron (y a la fecha) la negligencia y el cinismo de las autoridades, por cuyo proceder miserable, como escribió Baudelio Lara, «la palabra tragedia se volvió un cliché, una sonora palabra trisílaba trizando sus tristes trazos en medio del discurso del poder». (Esto se lee en un ensayo que acompaña a una serie de dibujos hechos por niños damnificados, y que con tales dibujos está compilado en el libro Estela contra el olvido, reunión de textos literarios de treinta autores en torno al 22 de abril puesto a circular hace diez años por la editorial tapatía Arlequín y que, recientemente, ha sido relanzado en versión electrónica y gratuita, disponible en edicionesarlequin.com.mx). Lara también anotó ahí: «Trágicos los terremotos, las erupciones volcánicas, las hecatombes siderales: esto sólo es vergüenza: ira vuelta contra uno mismo». Eso fue. ¿Y de entonces acá? El avance del olvido.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 19 de abril de 2012.

Monstruitos

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 El país es un asco, de acuerdo, pero no precisamente el asco que pinta el corto de los «niños incómodos» que empezó a circular antier, y que ha recabado tanta atención. Primero, porque en el asco de todos los días no suena incesantemente, para terminar de pudrirnos la vida, la tonadita gangosa de José José. Felizmente. Segundo, y más importante, porque en esa maqueta de la descomposición nacional urdida por la iniciativa «Nuestro México del Futuro» faltan incontables elementos de peso que fueron convenientemente soslayados, y sin los cuales la supuesta crudeza del corto en cuestión queda sólo en la reiteración melodramática (y muy cursi) de un puñado de obviedades: sí, los diputados se jetean en vez de trabajar; sí, hay balaceras todos los días y los civiles inocentes no tienen más que tirarse al suelo; sí, hay mendigos y rateros y manifestaciones y taxistas vociferantes y policías corruptos y funcionarios corruptores y personajes corruptos que corrompen hasta que son secuestrados, y etcétera. ¿No sabíamos?
    Pero se echa de menos, por ejemplo, a un niño encarnando a un empresarito televisivo cuando palomea las porquerías que atestan la programación con que su emporio cumple funciones de Secretaría de Educación Pública; a una niña como la lidercita magisterial en sus amarres y las multitudes de adeptitos que, al trabajar por la prosperidad de ésta, se aseguran la propia —y, asimismo, lidercitos petroleritos, mineritos, burocratitas y demás—; faltan también el banquerito, el industrialito negrerito en sus trácalas y enjuagues, el evadorcito de impuestos, los presidentitos de partidos y los dueñecitos de éstos (un niñito verdecito, pongamos por caso); el arzobispito de espaldas a su grey, arreglando impunidades, encubriendo pederastitas y bendiciendo con su presencia a los ricachoncitos; y, por qué no, los candidatitos con sus fábricas de sandeces y todo su cinismo, y los gabinetitos identificables de la administración actual y las pasadas. Entre otros muchos.
    Acaso no sea tan asombroso que semejante producción menee, como por lo visto ha hecho, la nata sentimentaloide en que los mexicanos nos descubrimos chapoteando cuando no estamos sobrecogidos por el miedo, reducidos por el agotamiento de lo cotidiano o viendo que viene el Papa. Y es que para eso está tramado: para conmover, jamás para indignar. Pero conmover no sirve de nada, y en este caso es apenas una pretensión patética de chantaje: como si «Doña Josefina», «Don Enrique», «Don Andrés Manuel» o «Don Gabriel», ese póquer de ilusorias omnipotencias, acto seguido se vieran rediseñando sus planes para que cesara el infiernito de los niños que salen en el corto. «Siempre se habla de El Niño como si fuera un monstruo de inmenso tamaño, vasta complejidad y sorprendente novedad», escribió Chesterton, y por eso estos niños, así disfrazados y puestos a actuar, parecen monstruosos. Pero lo verdaderamente monstruoso es el tamaño de la ingenuidad nacional.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 12 de abril de 2012.

Impresiones

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Imagino que le pasará a cualquier persona que se halle de paso o de visita en cualquier lugar: al estar en un sitio al que no se pertenece (y qué querrá decir eso, por otro lado: acaso uno sólo llegue a pertenecer definitivamente al pedazo de tierra en que quedará sepultado), y al que por ende se está lejos de comprender o de figurarse más que superficialmente, sólo es posible arreglárselas con algunas impresiones fragmentarias, fugaces, y por eso muy posiblemente erróneas —o, en todo caso, susceptibles de precisarse si hubiera ocasión de averiguar sus causas—, que los pasajes por los que se atraviesa imprimen en los sentidos. En resumen: cuando uno está, digamos, en una ciudad que no es aquella en la que transcurre y se modula lo que entendemos por lo cotidiano (la vida de todos los días, en los rumbos por los que la hacemos), en una ciudad a la que se llega y de la que se sale, a la que se va por vez primera o incluso con alguna regularidad, pero en la que no se vive, las apariencias que salen al encuentro se superponen irremediablemente a cuaquier explicación, y lo que se ve es lo que hay.
            A esta embrollada obviedad me condujo una reciente y, por fortuna, brevísima incursión al centro de Guadalajara, en estos días en que la ciudad canjea a buena parte de sus habitantes por visitantes que la eligen como destino vacacional por razones que cada vez me parecen más difíciles de conjeturar: ¿qué esperan hallar aquí, qué les han contado, qué se proponen descubrir (o redescubrir quienes ya antes han venido)? Mi experiencia es la de un visitante del centro que inevitablemente ha de cotejar cada nueva vivencia de ese espacio con el recuerdo de tiempos en que esas vivencias constituían lo cotidiano: ahí viví más de un cuarto de siglo y, aparte de cualquier idealización propia de la contemplación a la distancia de la infancia o la juventud, no puedo sino encontrar decadencia, deterioro, abandono, horror y hostilidad crecientes. Pero ¿qué ven esos visitantes, con qué impresiones se quedan?
            Habría que preguntarles, claro, pero lo que me temo es que prevalezcan las impresiones de una ciudad enemistada consigo misma, revolcada en la suciedad inconcebible en la que se place, crispada y agresiva, vociferante y, en suma, temible. No hay en el centro, prácticamente, rumbo o estación (un edificio, un jardín, una fuente, una calle) que, pudiendo ser armoniosos y disfrutables, no se vean pronto corrompidos y estropeados por lo que Philip Roth llamó «la mancha humana»: la huella o la presencia de quienes estamos o pasamos por ahí para emporcarlo todo, para empujar lo que esté por caerse, para afear de una vez lo que aún no sea del todo horrible, para pasar unos encima de otros en nuestas ansias de desastre. El centro no era lo que es, no me cabe duda (por mucho que mi recuerdo atenúe las carencias o defectos que seguramente tuvo). Y lo que es —lo que se ve es lo que hay— resulta sencillamente indefendible.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 5 de abril de 2012.

Jorge Edwards: con el Señor de la Montaña

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Es fácil imaginar que la biblioteca cobró forma como la materialización de un ideal: la aspiración de apartarse del estrépito del mundo, la procuración del retiro y el sosiego, que son formas decorosas de la renuncia. Así, aquel severo recinto recordaría una fortaleza cuya reciedumbre habría de radicar, más que en el espesor de los muros, en la solidez de las piezas que la poblarían: volúmenes de los clásicos griegos y latinos, principalmente. Un ámbito austero, con pocas ventanas, suficientes sin embargo para la luz indispensable del día: una luz que, más allá de la paz de los viñedos, se extendía sobre el tiempo atroz que atravesaba Europa, y específicamente Francia: la misma luz que en París filtraba el rojo sangriento de las Guerras de Religión, y que al entrar en el torreón de aquel castillo del Perigord iluminaría —ya dispuestos los anaqueles y los volúmenes en ellos, ya grabadas en las vigas del techo algunas sentencias procedentes de esos mismos libros, vigilantes y a la vez inspiradoras— las palabras del hombre que construyó su biblioteca y que en ella se retiró a pensar. A pensar por cuenta propia, hay que decirlo, y a anotar lo que su juicio vino a encontrarse...

Publicado en el nuevo número de Magis: por acá, para seguir leyendo.

Visita

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Ya lo decía un personaje de Los relámpagos de agosto, de Jorge Ibargüengoitia: «¿Sabes a dónde nos conducirían unas elecciones libres? Al triunfo del señor Obispo». En la historia de México no se han visto ni se verán actos multitudinarios tan desmesurados como los que se han celebrado en ocasión de las visitas que los romanos pontífices han hecho desde hace 33 años... como no sea que el Papa actual vuelva alguna vez o los que le sigan hagan sus correspondientes peregrinaciones —que no faltarán, con lo redituable que ha demostrado ser la excursión a una tierra tan ansiosa de su presencia, tan alborozada cuando la tiene y tan perpleja cuando el Papa por fin se tiene que ir: en algún lado, ya no sé dónde lo vi, alguno de los incontables medios que dieron cobertura (también desmesurada) a la visita papal reportó que había un grupo de chamacas chillando desconsoladas porque Benedicto XVI no pudiera quedarse para siempre a vivir aquí.
            De la vez que Juan Pablo II estuvo en Guadalajara, en 1979, tengo un recuerdo felizmente borroso, de televisión en blanco y negro, apenas condimentado por los sarcasmos que mi muy juarista papá soltaba mientras veíamos la transmisión a salvo de las insolaciones, los apretujones y las alucinaciones colectivas que tenían lugar en el centro de la ciudad. El contagio de la exultación que experimentaban las muy católicas señoritas profesoras de mi colegio quedaba, en mi caso, neutralizado por el escepticismo y las ironías que mi papá tuvo a bien imponer en casa como filtro de lectura de lo que presenciábamos, y así llegué a hacerme una idea de que a López Portillo había que levantarle cargos de traición a la patria (se decía entonces que trajo al Papa para cumplirle el gusto a su madrecita) y, más adelante, en 1990, con Salinas y el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con El Vaticano, me quedó claro (mi papá ya había pasado de los sarcasmos a la franca invectiva) que ya la cosa se había echado a perder irremediablemente.
            Pero esta vez, en un país que revienta de miseria, ignorancia, violencia, miedo, odio y cinismo, y con una Iglesia católica que nunca había estado de tal modo en entredicho, la cosa fue quizás demasiado lejos. Dejando aparte los «sentimientos religiosos» (esa entelequia peligrosa a la que se alude cuando se pretenden justificar excesos como los que vimos), ¿la visita del Papa qué vino a demostrar? Entre otras cosas, la facilidad con que es posible fabricar versiones del país a modo de quien mande, a cargo de una maquinaria mediática todopoderosa, inapelable y convenientemente genuflexa, y a cuenta del erario (que para eso está). No ignoro que abundaron las voces discordantes, pero ¿quién las habría de oír? México es ese candor pasmoso que enronqueció y se desmayó y cantó y echó porras y gimió al paso del papamóvil, in situ o por la tele, y que quedó encantado, agradecido, bendecido y en las mismas. O no en las mismas: tantito peor.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 29 de marzo de 2012.

Unción

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¿Por qué Mario Vargas Llosa necesita que la candidata de su preferencia gane la elección por la presidencia de la República en México? Es el verbo que usó: «necesitamos», dijo —si bien el plural en el que el escritor se incluye, quién sabe junto a quiénes en su cabecita loca, le sirve para hacerse pasar por portavoz de una supuesta necesidad colectiva, pero también para difuminar en cierta medida la necesidad (o el deseo) que cabría admitir como exclusivamente suya: muy bien que está al tanto —para eso es escritor— de que la primera persona del singular conduce más rápido a la revelación del despropósito. Bueno, adujo algunas razones (que «la lucha contra la violencia, la corrupción y el narcotráfico que ha dado con tanto coraje el Presidente Calderón no ceda el paso, no retroceda y continúe»), a las que debe sumarse su animadversión tácita a las alternativas, especialmente la que supondría el retorno a la que hace más de veinte años calificó como «dictadura perfecta» —una ocurrencia que hizo fama y que desde entonces y hasta la fecha no ha dejado de utilizarse con irresponsabilidad y ligereza. Encomió, además, a «su» candidata, y ésta y sus partidarios por lo visto quedaron encantados con la unción —y los adversarios, trinando de rabia, procedieron a descalificar la admiración y la adhesión del Nobel. A nadie pareció extrañarle el hecho de que el señor no sólo no figura en el padrón electoral (que se sepa, nomás tiene las nacionalidades peruana y española), sino que ni siquiera vive en este país.
            Meramente anecdótico y ya olvidable, el episodio contará tan poco en la contienda electoral como las burradas que otro candidato tuvo a bien proferir cuando fue interrogado por los libros «que lo han marcado». Y como cualesquiera otras instantáneas de las precampañas, las entrecampañas, las campañas y las postcampañas en las que se vea a sus protagonistas principales en las inmediaciones de la cultura y sus figuras estelares: en concreto, siempre que alguno de los candidatos esté en los rumbos de los libros y los escritores, la cosa cuando mucho da para presenciar un puñado de disparates y pasar de inmediato a otro asunto.
            Pero es un malentendido que se replica incesantemente: políticos y escritores creen necesitarse mutuamente, y así los primeros procuran la foto con los segundos para granjearse lo que quizás entiendan como una suerte de aval (intelectual, moral, sabrá Dios), en tanto que los segundos van y mueven la cola delante de los primeros bien por motivos puramente convenencieros o laborales (cada quien sabrá cómo hace su luchita) o, lo que es peor, porque realmente les prestan atención —una atención jamás correspondida— y creen que se puede razonar con ellos. Y cómo va a ser: en general, y sobre todo en México, los actores de la política no son en absoluto atendibles, como no sea en clave de ironía. Obstinarse en tomarlos en serio es propio sólo de ingenuos. O de farsantes.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 22 de marzo de 2012.

Britannica

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Hasta antier, quedaban a la venta alrededor de 4 mil ejemplares de la que ya es la última edición impresa de la Encyclopædia Brittanica: 32 volúmenes, a un precio de mil 400 dólares, que, una vez hecho el anuncio de que en adelante dicha obra sólo existirá en formatos digitales, adquirieron automáticamente un carácter de talismanes mediante los cuales será posible convocar a un pasado definitivo y ya cancelado: aunque la Britannica siga existiendo, actualizándose y creciendo, esa edición postrera es en cierto sentido la materialización de un final, la señal inamovible a la que habremos de referirnos cuando sea necesario saber en qué punto nuestra comprensión de la difusión del conocimiento se transformó irremediablemente —señal inamovible e inalterable: ahora mismo, la Britannica que puede consultarse en línea contiene más entradas que la impresa, y éstas están modificándose y creciendo mientras en aquellas bonitas colecciones que circularon a lo largo de los últimos 244 años lo único que podrá multiplicarse será el polvo que acumulen antes de volverse polvo ellas mismas.
            Me habría gustado tener una edición, pero seguramente nunca me lo propuse en serio: siempre pensé que era más cara, y por eso, cuando alguna vez tuve más ganas —y modo— de comprarla, mejor me hice de un vocho, al que le estaré eternamente agradecido por lo que me sirvió. Ahora veo que ya no tendría ni para qué abrirla: es mucho más práctico consultarla en línea o mediante una aplicación del telefonito (claro, pagando una suscripción de dos dólares al mes), y eso por no hablar de la infinidad de recursos con las que uno puede mucho más que arreglárselas, empezando por Wikipedia, que sin duda es una de las empresas culturales de más vastos alcances en la historia de la humanidad —y aquí aprovecho para insistir en que la que se suele pensar que es la debilidad de Wikipedia, su apertura a cuantos colaboradores deseen participar en ella, es al mismo tiempo su mayor fortaleza: aunque nunca falten quienes falseen o distorsionen, serán siempre menos que los que los tengan a raya. Vería, en fin, a la Britannica que nunca llegué a tener con algo de incomprensión y rencor.
            Y claro, si la hubiera comprado habría sido por culpa de Borges, que la veneraba: en más de una ocasión le dio pie para historias (si bien en la más recordada, «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius», alude a una «reimpresión literal, pero también morosa, de la Encyclopædia Brittanica de 1902», una supuesta Anglo-American Cyclopædia), y cuando obtuvo un premio modesto con su Cuaderno San Martín, en 1929, corrió a comprarse una. ¿Qué pensaría hoy? En un poema dedicado a la adquisición de una enciclopedia (otra, la Brockhaus, pero da lo mismo) habla del «misterioso amor de las cosas / que nos ignoran y se ignoran». Seguro que ese amor puede prevalecer, esté encuadernado y en los libreros o esté cifrado en bits. Y no tiene por qué dejar de ser fascinante.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 15 de marzo de 2012.

iGuau

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Desde que empezó a percatarse de la existencia de los perros (por la calle, pero también —lo que es más grave— al ver a Flora, una bonachona pastor inglés en el jardín de su abuela), he ido repitiéndole a mi hijita que se trata de seres imaginarios. Tiene poco más de un año, y mi admonición se debilita conforme ella prefiere cerciorarse por su cuenta —y así Flora ha perdido ya varios mechones muy poco imaginarios. Casi temo tanto la confrontación que nos aguarda como temo a los perros: cuando presente formalmente su demanda, ya no dispondré de patrañas que me libren de admitir una fiera en la casa.
            Pero me queda una esperanza: que ahora mismo —y no tenemos mucho tiempo: un año más, o dos—, en un luminoso laboratorio de Cupertino, California, haya un cónclave de desarrolladores afinando la app que vendrá incorporada en el iOS 6 (o 7, u 8, me da igual: acabo de comprar un iPhone 4S y espero que al menos me entretenga hasta que termine de pagarlo), y cuya función será la de hacer del aparatejo precisamente eso que le entregaré a mi hijita: un «perrito» (pasas el dedo por la pantalla y te saluda un ladrido; tap, y lo pones en el suelo: da saltitos; tap otra vez, y te lame —puedes elegir si quieres el lametazo salivoso o no, o qué tanto—; tap-tap, y hace cabriolas; tap-tap y se mea).
            Habrá quien encuentre reprensible esta imaginación ociosa: vengo de ver (en el iPhone) el reportaje que hace unas semanas presentó la cadena ABC sobre las condiciones en que trabajan los obreros de las fábricas chinas de donde salen los aparatos —como mi iPhone y como mi MacBook (en la que escribo esto), y como el nuevo iPad que se presentó apenas ayer— con cuya concepción Steve Jobs fundó el culto disparatado, cuando no siniestro, que le rinden los incondicionales de la manzanita. Creo que yo me he visto a salvo de tal devoción gracias a la tacañería: por mucho que me encante lo que estos gadgets hacen (tampoco tanto: ya me asombraré cuando pueda cortarme el pelo con el telefonito, o usarlo para echarle salsa Tabasco al plato), sus facturas me disuaden de prenderle una veladora al santón de los jeans y las sudaderas negras, y más bien voy orillándome al rencor. Pero decía del reportaje sobre los obreros chinos: pobres, claro. En la fábrica hay tendidas, al nivel del primer piso, redes gigantescas para cacharlos cada que se levantan de las líneas de producción, van hasta una ventana y se arrojan para matarse. Además del reconcomio a que lleva enterarse de esto (se necesitan 325 chinos malpagados y hacinados, trabajando cinco días, para que uno haga magia con el dedo sobre la pantalla del dispositivo), está el problema de que la cosa no parece tener fin: el éxito de Apple radica no tanto en el desarrollo de nuevas posibilidades como en la implantación de deseos inútiles en sus usuarios —que irán, ¿iremos?, corriendo a pagar de nuevo cada vez que esos deseos parezca que serán satisfechos. ¿Un iPad nuevo? No, gracias: al menos no hasta que sirva para poder llamarlo Fido.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 8 de marzo de 2012.

Cafés

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Desde que me dio por leer y escribir —en los tiempos de la prepa, o sea hace ya más de un cuarto de siglo—, he vivido convencido de que es en los cafés donde mejor funciono (quiero decir: leyendo y escribiendo, que ya es algo). Por tal convicción de seguro me he visto impedido de fabricar otras, igual de infundadas, como la que consistiría en preferir el sosiego que facilitan la iluminación y el silencio de una buena biblioteca, o el mero ámbito hogareño, o un jardín o cualquier otro espacio, incluidos los de los diversos empleos que he tenido y a los que he sido más bien inepto parta robarles horas para tal efecto (¿es cierto que Faulkner escribió Mientras agonizo cuando trabajaba en una mina, apoyado sobre un vagón volcado en sus escasos ratos de resuello? Bueno, pero era Faulkner). Y la memoria me ofrece algunas pruebas de que, en efecto, los cafés me han bastado muy bien.
            Pero vengo a darme cuenta de que los cafés donde mejor me he hallado existen ya únicamente en un pasado irrecuperable, que es el mismo de una ciudad que en sus transformaciones incesantes va desentendiéndose de ella misma: el San Remo, a espaldas del templo de La Merced, donde la lealtad era correspondida con un jarro exclusivo, rotulado con el nombre de cada parroquiano; el Colón, en el primer piso del edificio Emisa, con un mirador espléndido sobre la calle del mismo nombre; el Málaga, de españoles, insólitamente decorado con cuadros de emperadores aztecas y presidentes de la República, y donde un tarotista recibía a una clientela interminable; y el Madoka, claro, y el Madrid (uno de los meseros de éste dijo una vez a una revista que lo entrevistó que él quería ser Batman para subirse a las torres de Catedral), y el Treve... sin contar el Denny’s que había en la esquina de Juárez y 16 de Septiembre, y que luego sería el primero de los Sanborn’s en que era posible dejar transcurrir impunemente el desvelo, hasta el alba si uno quería, y al que seguirían los de Vallarta y General San Martín y el de Vallarta y Tepic (o sea Fco. Javier Gamboa), o el Vip’s de la Glorieta de Colón, en Américas: el más alejado del centro y, por eso mismo, una forma de salir de la ciudad sin necesidad de largarse (y la lista seguiría con los incontables cafés que me han acogido en otras ciudades, igualmente memorables).
            Desde luego: el problema (mi problema) empezó con la prohibición de fumar, por la que fui desterrándome de los que no desaparecieron. Pero no nada más ha sido eso. Aunque aún recalo habitualmente en dos (el Café del Fondo, en la Joseluisa, y, ¡ay!, el Starbucks de Chapultepec, siempre atestado y ruidosísimo), en general tengo cada vez más difícil encontrar lo que encontraba antes, y que ni siquiera estoy seguro de qué pueda ser —y bueno, me olvidaba de lo que no olvido, que son los amigos con los que tenía tanto sentido pasar las horas en aquellos cafés, aunque no hubiera modo ni de escribir ni de leer.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 1 de marzo de 2012.