Jorge Edwards: con el Señor de la Montaña


Es fácil imaginar que la biblioteca cobró forma como la materialización de un ideal: la aspiración de apartarse del estrépito del mundo, la procuración del retiro y el sosiego, que son formas decorosas de la renuncia. Así, aquel severo recinto recordaría una fortaleza cuya reciedumbre habría de radicar, más que en el espesor de los muros, en la solidez de las piezas que la poblarían: volúmenes de los clásicos griegos y latinos, principalmente. Un ámbito austero, con pocas ventanas, suficientes sin embargo para la luz indispensable del día: una luz que, más allá de la paz de los viñedos, se extendía sobre el tiempo atroz que atravesaba Europa, y específicamente Francia: la misma luz que en París filtraba el rojo sangriento de las Guerras de Religión, y que al entrar en el torreón de aquel castillo del Perigord iluminaría —ya dispuestos los anaqueles y los volúmenes en ellos, ya grabadas en las vigas del techo algunas sentencias procedentes de esos mismos libros, vigilantes y a la vez inspiradoras— las palabras del hombre que construyó su biblioteca y que en ella se retiró a pensar. A pensar por cuenta propia, hay que decirlo, y a anotar lo que su juicio vino a encontrarse...

Publicado en el nuevo número de Magis: por acá, para seguir leyendo.
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