Visita

comentarios (0)




Ya lo decía un personaje de Los relámpagos de agosto, de Jorge Ibargüengoitia: «¿Sabes a dónde nos conducirían unas elecciones libres? Al triunfo del señor Obispo». En la historia de México no se han visto ni se verán actos multitudinarios tan desmesurados como los que se han celebrado en ocasión de las visitas que los romanos pontífices han hecho desde hace 33 años... como no sea que el Papa actual vuelva alguna vez o los que le sigan hagan sus correspondientes peregrinaciones —que no faltarán, con lo redituable que ha demostrado ser la excursión a una tierra tan ansiosa de su presencia, tan alborozada cuando la tiene y tan perpleja cuando el Papa por fin se tiene que ir: en algún lado, ya no sé dónde lo vi, alguno de los incontables medios que dieron cobertura (también desmesurada) a la visita papal reportó que había un grupo de chamacas chillando desconsoladas porque Benedicto XVI no pudiera quedarse para siempre a vivir aquí.
            De la vez que Juan Pablo II estuvo en Guadalajara, en 1979, tengo un recuerdo felizmente borroso, de televisión en blanco y negro, apenas condimentado por los sarcasmos que mi muy juarista papá soltaba mientras veíamos la transmisión a salvo de las insolaciones, los apretujones y las alucinaciones colectivas que tenían lugar en el centro de la ciudad. El contagio de la exultación que experimentaban las muy católicas señoritas profesoras de mi colegio quedaba, en mi caso, neutralizado por el escepticismo y las ironías que mi papá tuvo a bien imponer en casa como filtro de lectura de lo que presenciábamos, y así llegué a hacerme una idea de que a López Portillo había que levantarle cargos de traición a la patria (se decía entonces que trajo al Papa para cumplirle el gusto a su madrecita) y, más adelante, en 1990, con Salinas y el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con El Vaticano, me quedó claro (mi papá ya había pasado de los sarcasmos a la franca invectiva) que ya la cosa se había echado a perder irremediablemente.
            Pero esta vez, en un país que revienta de miseria, ignorancia, violencia, miedo, odio y cinismo, y con una Iglesia católica que nunca había estado de tal modo en entredicho, la cosa fue quizás demasiado lejos. Dejando aparte los «sentimientos religiosos» (esa entelequia peligrosa a la que se alude cuando se pretenden justificar excesos como los que vimos), ¿la visita del Papa qué vino a demostrar? Entre otras cosas, la facilidad con que es posible fabricar versiones del país a modo de quien mande, a cargo de una maquinaria mediática todopoderosa, inapelable y convenientemente genuflexa, y a cuenta del erario (que para eso está). No ignoro que abundaron las voces discordantes, pero ¿quién las habría de oír? México es ese candor pasmoso que enronqueció y se desmayó y cantó y echó porras y gimió al paso del papamóvil, in situ o por la tele, y que quedó encantado, agradecido, bendecido y en las mismas. O no en las mismas: tantito peor.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 29 de marzo de 2012.

Unción

comentarios (0)

¿Por qué Mario Vargas Llosa necesita que la candidata de su preferencia gane la elección por la presidencia de la República en México? Es el verbo que usó: «necesitamos», dijo —si bien el plural en el que el escritor se incluye, quién sabe junto a quiénes en su cabecita loca, le sirve para hacerse pasar por portavoz de una supuesta necesidad colectiva, pero también para difuminar en cierta medida la necesidad (o el deseo) que cabría admitir como exclusivamente suya: muy bien que está al tanto —para eso es escritor— de que la primera persona del singular conduce más rápido a la revelación del despropósito. Bueno, adujo algunas razones (que «la lucha contra la violencia, la corrupción y el narcotráfico que ha dado con tanto coraje el Presidente Calderón no ceda el paso, no retroceda y continúe»), a las que debe sumarse su animadversión tácita a las alternativas, especialmente la que supondría el retorno a la que hace más de veinte años calificó como «dictadura perfecta» —una ocurrencia que hizo fama y que desde entonces y hasta la fecha no ha dejado de utilizarse con irresponsabilidad y ligereza. Encomió, además, a «su» candidata, y ésta y sus partidarios por lo visto quedaron encantados con la unción —y los adversarios, trinando de rabia, procedieron a descalificar la admiración y la adhesión del Nobel. A nadie pareció extrañarle el hecho de que el señor no sólo no figura en el padrón electoral (que se sepa, nomás tiene las nacionalidades peruana y española), sino que ni siquiera vive en este país.
            Meramente anecdótico y ya olvidable, el episodio contará tan poco en la contienda electoral como las burradas que otro candidato tuvo a bien proferir cuando fue interrogado por los libros «que lo han marcado». Y como cualesquiera otras instantáneas de las precampañas, las entrecampañas, las campañas y las postcampañas en las que se vea a sus protagonistas principales en las inmediaciones de la cultura y sus figuras estelares: en concreto, siempre que alguno de los candidatos esté en los rumbos de los libros y los escritores, la cosa cuando mucho da para presenciar un puñado de disparates y pasar de inmediato a otro asunto.
            Pero es un malentendido que se replica incesantemente: políticos y escritores creen necesitarse mutuamente, y así los primeros procuran la foto con los segundos para granjearse lo que quizás entiendan como una suerte de aval (intelectual, moral, sabrá Dios), en tanto que los segundos van y mueven la cola delante de los primeros bien por motivos puramente convenencieros o laborales (cada quien sabrá cómo hace su luchita) o, lo que es peor, porque realmente les prestan atención —una atención jamás correspondida— y creen que se puede razonar con ellos. Y cómo va a ser: en general, y sobre todo en México, los actores de la política no son en absoluto atendibles, como no sea en clave de ironía. Obstinarse en tomarlos en serio es propio sólo de ingenuos. O de farsantes.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 22 de marzo de 2012.

Britannica

comentarios (0)

Hasta antier, quedaban a la venta alrededor de 4 mil ejemplares de la que ya es la última edición impresa de la Encyclopædia Brittanica: 32 volúmenes, a un precio de mil 400 dólares, que, una vez hecho el anuncio de que en adelante dicha obra sólo existirá en formatos digitales, adquirieron automáticamente un carácter de talismanes mediante los cuales será posible convocar a un pasado definitivo y ya cancelado: aunque la Britannica siga existiendo, actualizándose y creciendo, esa edición postrera es en cierto sentido la materialización de un final, la señal inamovible a la que habremos de referirnos cuando sea necesario saber en qué punto nuestra comprensión de la difusión del conocimiento se transformó irremediablemente —señal inamovible e inalterable: ahora mismo, la Britannica que puede consultarse en línea contiene más entradas que la impresa, y éstas están modificándose y creciendo mientras en aquellas bonitas colecciones que circularon a lo largo de los últimos 244 años lo único que podrá multiplicarse será el polvo que acumulen antes de volverse polvo ellas mismas.
            Me habría gustado tener una edición, pero seguramente nunca me lo propuse en serio: siempre pensé que era más cara, y por eso, cuando alguna vez tuve más ganas —y modo— de comprarla, mejor me hice de un vocho, al que le estaré eternamente agradecido por lo que me sirvió. Ahora veo que ya no tendría ni para qué abrirla: es mucho más práctico consultarla en línea o mediante una aplicación del telefonito (claro, pagando una suscripción de dos dólares al mes), y eso por no hablar de la infinidad de recursos con las que uno puede mucho más que arreglárselas, empezando por Wikipedia, que sin duda es una de las empresas culturales de más vastos alcances en la historia de la humanidad —y aquí aprovecho para insistir en que la que se suele pensar que es la debilidad de Wikipedia, su apertura a cuantos colaboradores deseen participar en ella, es al mismo tiempo su mayor fortaleza: aunque nunca falten quienes falseen o distorsionen, serán siempre menos que los que los tengan a raya. Vería, en fin, a la Britannica que nunca llegué a tener con algo de incomprensión y rencor.
            Y claro, si la hubiera comprado habría sido por culpa de Borges, que la veneraba: en más de una ocasión le dio pie para historias (si bien en la más recordada, «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius», alude a una «reimpresión literal, pero también morosa, de la Encyclopædia Brittanica de 1902», una supuesta Anglo-American Cyclopædia), y cuando obtuvo un premio modesto con su Cuaderno San Martín, en 1929, corrió a comprarse una. ¿Qué pensaría hoy? En un poema dedicado a la adquisición de una enciclopedia (otra, la Brockhaus, pero da lo mismo) habla del «misterioso amor de las cosas / que nos ignoran y se ignoran». Seguro que ese amor puede prevalecer, esté encuadernado y en los libreros o esté cifrado en bits. Y no tiene por qué dejar de ser fascinante.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 15 de marzo de 2012.

iGuau

comentarios (1)

Desde que empezó a percatarse de la existencia de los perros (por la calle, pero también —lo que es más grave— al ver a Flora, una bonachona pastor inglés en el jardín de su abuela), he ido repitiéndole a mi hijita que se trata de seres imaginarios. Tiene poco más de un año, y mi admonición se debilita conforme ella prefiere cerciorarse por su cuenta —y así Flora ha perdido ya varios mechones muy poco imaginarios. Casi temo tanto la confrontación que nos aguarda como temo a los perros: cuando presente formalmente su demanda, ya no dispondré de patrañas que me libren de admitir una fiera en la casa.
            Pero me queda una esperanza: que ahora mismo —y no tenemos mucho tiempo: un año más, o dos—, en un luminoso laboratorio de Cupertino, California, haya un cónclave de desarrolladores afinando la app que vendrá incorporada en el iOS 6 (o 7, u 8, me da igual: acabo de comprar un iPhone 4S y espero que al menos me entretenga hasta que termine de pagarlo), y cuya función será la de hacer del aparatejo precisamente eso que le entregaré a mi hijita: un «perrito» (pasas el dedo por la pantalla y te saluda un ladrido; tap, y lo pones en el suelo: da saltitos; tap otra vez, y te lame —puedes elegir si quieres el lametazo salivoso o no, o qué tanto—; tap-tap, y hace cabriolas; tap-tap y se mea).
            Habrá quien encuentre reprensible esta imaginación ociosa: vengo de ver (en el iPhone) el reportaje que hace unas semanas presentó la cadena ABC sobre las condiciones en que trabajan los obreros de las fábricas chinas de donde salen los aparatos —como mi iPhone y como mi MacBook (en la que escribo esto), y como el nuevo iPad que se presentó apenas ayer— con cuya concepción Steve Jobs fundó el culto disparatado, cuando no siniestro, que le rinden los incondicionales de la manzanita. Creo que yo me he visto a salvo de tal devoción gracias a la tacañería: por mucho que me encante lo que estos gadgets hacen (tampoco tanto: ya me asombraré cuando pueda cortarme el pelo con el telefonito, o usarlo para echarle salsa Tabasco al plato), sus facturas me disuaden de prenderle una veladora al santón de los jeans y las sudaderas negras, y más bien voy orillándome al rencor. Pero decía del reportaje sobre los obreros chinos: pobres, claro. En la fábrica hay tendidas, al nivel del primer piso, redes gigantescas para cacharlos cada que se levantan de las líneas de producción, van hasta una ventana y se arrojan para matarse. Además del reconcomio a que lleva enterarse de esto (se necesitan 325 chinos malpagados y hacinados, trabajando cinco días, para que uno haga magia con el dedo sobre la pantalla del dispositivo), está el problema de que la cosa no parece tener fin: el éxito de Apple radica no tanto en el desarrollo de nuevas posibilidades como en la implantación de deseos inútiles en sus usuarios —que irán, ¿iremos?, corriendo a pagar de nuevo cada vez que esos deseos parezca que serán satisfechos. ¿Un iPad nuevo? No, gracias: al menos no hasta que sirva para poder llamarlo Fido.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 8 de marzo de 2012.

Cafés

comentarios (0)

Desde que me dio por leer y escribir —en los tiempos de la prepa, o sea hace ya más de un cuarto de siglo—, he vivido convencido de que es en los cafés donde mejor funciono (quiero decir: leyendo y escribiendo, que ya es algo). Por tal convicción de seguro me he visto impedido de fabricar otras, igual de infundadas, como la que consistiría en preferir el sosiego que facilitan la iluminación y el silencio de una buena biblioteca, o el mero ámbito hogareño, o un jardín o cualquier otro espacio, incluidos los de los diversos empleos que he tenido y a los que he sido más bien inepto parta robarles horas para tal efecto (¿es cierto que Faulkner escribió Mientras agonizo cuando trabajaba en una mina, apoyado sobre un vagón volcado en sus escasos ratos de resuello? Bueno, pero era Faulkner). Y la memoria me ofrece algunas pruebas de que, en efecto, los cafés me han bastado muy bien.
            Pero vengo a darme cuenta de que los cafés donde mejor me he hallado existen ya únicamente en un pasado irrecuperable, que es el mismo de una ciudad que en sus transformaciones incesantes va desentendiéndose de ella misma: el San Remo, a espaldas del templo de La Merced, donde la lealtad era correspondida con un jarro exclusivo, rotulado con el nombre de cada parroquiano; el Colón, en el primer piso del edificio Emisa, con un mirador espléndido sobre la calle del mismo nombre; el Málaga, de españoles, insólitamente decorado con cuadros de emperadores aztecas y presidentes de la República, y donde un tarotista recibía a una clientela interminable; y el Madoka, claro, y el Madrid (uno de los meseros de éste dijo una vez a una revista que lo entrevistó que él quería ser Batman para subirse a las torres de Catedral), y el Treve... sin contar el Denny’s que había en la esquina de Juárez y 16 de Septiembre, y que luego sería el primero de los Sanborn’s en que era posible dejar transcurrir impunemente el desvelo, hasta el alba si uno quería, y al que seguirían los de Vallarta y General San Martín y el de Vallarta y Tepic (o sea Fco. Javier Gamboa), o el Vip’s de la Glorieta de Colón, en Américas: el más alejado del centro y, por eso mismo, una forma de salir de la ciudad sin necesidad de largarse (y la lista seguiría con los incontables cafés que me han acogido en otras ciudades, igualmente memorables).
            Desde luego: el problema (mi problema) empezó con la prohibición de fumar, por la que fui desterrándome de los que no desaparecieron. Pero no nada más ha sido eso. Aunque aún recalo habitualmente en dos (el Café del Fondo, en la Joseluisa, y, ¡ay!, el Starbucks de Chapultepec, siempre atestado y ruidosísimo), en general tengo cada vez más difícil encontrar lo que encontraba antes, y que ni siquiera estoy seguro de qué pueda ser —y bueno, me olvidaba de lo que no olvido, que son los amigos con los que tenía tanto sentido pasar las horas en aquellos cafés, aunque no hubiera modo ni de escribir ni de leer.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 1 de marzo de 2012.

Costumbre

comentarios (1)

Por generaciones los tapatíos hemos probado ser capaces de acostumbrarnos a todo, lo bueno y lo malo, de la floración de las jacarandas a las tormentas que regularmente vuelven lacustre la ciudad, de los domingos de Vía Recreactiva al transporte colectivo desastroso y criminal, de nuestras variadas famas (fundamentadas o no) a los gobernantes cretinos. Quizás de ahí vengan, parejamente, el gusto que finalmente tenemos de ser como somos y la desesperación por eso mismo: porque, tan poco hecha a cambiar de modos, esta ciudad puede ser demasiado renuente o calmuda para animarse a reinvenciones de sí misma. El caso es que también tenemos —y perdóneseme el uso del plural: al fin que, desde mis perplejidades como habitante de Guadalajara, cada vez sospecho más que es una ciudad que sólo puede existir en la imaginación, y que el gentilicio sirve apenas como una convención que en realidad no alcanza a precisar gran cosa, si por «tapatío» nos referimos lo mismo a un vecino de la Federacha que a uno de Jardines del Bosque, uno de Santa Tere, uno de San Juan Bosco, uno de Miravalle, uno de Providencia... ¿y a un zapopano, un tonalteca, uno de San Pedro?—... También tenemos, decía, una costumbre peculiar, fundada por una extrañeza quizás excesiva para nuestros modos, y que, por así decirlo, nos tomó desprevenidos y con la que ya no supimos nunca qué hacer: la Plaza Tapatía. Estamos acostumbrados a no poder acostumbrarnos a ella.
            En días pasados, el 5 de febrero, cumplió 30 años. Parece mucho tiempo porque seguimos viéndola como algo que ignoramos qué podrá ser. Yo debo confesar que no tengo una idea cabal de lo que se destruyó para que fuera posible extenderla: recuerdo sólo una tarde en que mis papás me llevaron a la Plaza de Toros El Progreso —un payaso funámbulo llamado Chuchín cruzaba un alambre tendido sobre su diámetro, y el vértigo y el sobrecogimiento de ver eso a mis cinco años, o algo así, habrá cancelado cualquier otra impresión. Pero, ya que existía la plaza, fue pareciéndome desde las primeras veces que la recorrí lo mismo que las más recientes: que no debía estar ahí. Desproporcionada, postiza, hueca, superpuesta a gigantescos y lóbregos estacionamientos, con vocaciones malentendidas (¿un puente entre las Guadalajaras separadas por la Calzada, una plaza comercial —la tienda departamental más importante que tuvo, Salinas y Rocha, terminó largándose—, un paseo que puede terminar muy bien, en el Cabañas, o muy mal, en San Juan de Dios?), y sobre todo con ese adefesio monumental, «La Inmolación de Quetzalcóatl», ocurrencia perpetrada para halagar —se decía entonces, y se me hace que ya se ha olvidado— a José López Portillo, excéntrico fan de esa deidad.
            No dudo que la Plaza Tapatía le sirva de algo a mucha gente que por ahí trabaja o pasa (y que viva en sus inmediaciones, aunque debe de ser poca). Pero veo muy difícil que alguien pueda encontrarla entrañable. Desconcertante sí, siempre. Y tan inexplicable como horrenda.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 23 de febrero de 2012.

¡Sealtiel!

comentarios (0)
Foto: Mural

Es triste que la literatura mexicana sólo parezca sacudirse la modorra cuando revienta un escándalo como el que se ha suscitado en torno a la concesión del Premio Xavier Villaurrutia de este año a Sealtiel Alatriste. Apenas se supo la noticia, Gabriel Zaid hizo una observación indignada (que dicho premio había «sido colonizado por la UNAM», desgraciada circunstancia en la que «las instituciones millonarias pesan más que el buen juicio lector, cuando apapachan a sus mediocres»), y enseguida Guillermo Sheridan, quien ya traía en la mira al escritor desde hace años, sacó a cuento las comprobaciones que ha hecho de las muchas veces que Alatriste se ha apropiado de textos ajenos haciéndolos pasar como propios. Siguió un copioso temporal de opiniones al respecto, de la lamentación a la injuria —parece que Alatriste nunca ha sido muy querido, y que sobran quienes aprovechan para escarnecerlo, aunque no hace falta: solito ha corrido al ridículo—, pasando por las defensas de lo indefendible y, desde luego, una que otra cavilación pertinente y sensata: el artículo de Jesús Silva Herzog-Márquez (Mural, 6 de febrero) por encima de todos, al considerar las implicaciones del escándalo tenía para la Universidad Nacional, donde Alatriste era poderoso funcionario hasta antier, y para su rector al no haber defenestrado inmediatamente a su subordinado: «Un rector que da clases de moral a la nación imparte, con sus nombramientos, lecciones de cinismo. Plagien, nos aconseja. En este país nadie se da cuenta». (En un artículo publicado el martes pasado en el blog de Letras Libres, Zaid se ocupó nuevamente del asunto a profundidad y con impecable lucidez).
            Bueno, es triste porque bien podríamos estar hablando de otros asuntos (libros, autores) francamente más estimulantes y emocionantes que también pasan en las letras nacionales. Pero qué se le va a hacer: en este país de desvergonzados también hay una suerte de alivio cuando uno de tantos llega a ser puesto en evidencia. Apaleado y con la cola entre las patas, al renunciar a su puesto y, poco después, al premio, Alatriste buscó defenderse alegando unas razones risibles y patéticas de las que puede desprenderse que su idea de «plagio» excluye toda connotación reprobable. No plagió, nomás copió y se le pasó entrecomillar y señalar la fuente.
            En una conversación que sostuvieron Jorge Luis Borges y Juan José Arreola (publicada en Mural el 4 de diciembre de 2001), el segundo brincó ante una cita que el argentino hizo de George Bernard Shaw: «Perdóneme, eso lo dije yo y lo tengo escrito». Luego Borges trató de apaciguarlo: «Pero es que nada es de uno, todo es de los demás o de algo más profundo», y después de discutir un rato, lo reconvino: «Pero por qué hablar de plagio, hablemos de tradición o de eternidad mejor». Y Arreola remató: «En la eternidad todos nos plagiaremos a todos». A Alatriste (y a cualquier otro usurpador) le habría convenido más esperarse a la eternidad —pero así cómo nos habríamos podido divertir.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 16 de febrero de 2012.

¿Dónde?

comentarios (0)
 En una de esas contabilidades ociosas que da uno en hacer cuando va en pos de la recuperación memoriosa de tiempos más o menos remotos —tan distantes, al menos, como para tener que aventurarse por ellos en expediciones dificultosas, que deparan más perplejidades que claridades—, caí hace poco en la cuenta de que hará al menos unos treinta años que no me paro por Miravalle. Y no sólo que no haya tenido en absoluto por qué pasar por ahí, sino ni siquiera acercarme: es una zona de cuya existencia habré seguido sabiendo, en todas estas tres décadas, apenas gracias a los periódicos o a los noticieros (otra perplejidad: de un tiempo acá me he descubierto una creciente afición, digamos peculiar, a las informaciones locales), y en todo caso confío en que dicha zona siga ahí por cuanto supongo que puedo constatarlo con la vista cuando toca que vaya por la carretera a Chapala: la presencia ominosa de la cementera presidiendo un paisaje que, para mi presente —y en esto radica mi asombro—, únicamente puede detallarse en la imaginación... como muchos otros rumbos de la ciudad en la que se supone que vivo y en la que he vivido no treinta, sino casi cuarenta años (¡ay!).
            Y es que hubo una época en que yo iba mucho a Miravalle: una prima vivía allá, mi mamá la visitaba seguido y ahí iba yo de pegoste. Lo misterioso —o bueno, ni tanto: de niño uno se emociona con cualquier suspensión de lo consabido— es que me encantaba ir, y ahora creo que era por lo dilatado del viaje (en una de aquellas combis asesinas en que se embutía a 16 personas y cuya terminal estaba a espaldas del templo de Aranzazú). Las visitas no tenían ningún chiste, y además eran breves porque había que regresar antes de la hora de la comida: apenas un cafecito y vuelta a lanzarse por Gobernador Curiel. La prima se fue a vivir a Autlán y se acabaron las excursiones, como necesariamente se fueron acabando otras por destinos que ahora me parecen igual de insólitos, no importa lo lejanos o cercanos que queden de mis trayectos actuales: ¿cuánto hace que no paso por las Nueve Esquinas, el barrio donde viví hasta los 24, o cuánto que no voy al Baratillo? ¿O al Parque Ávila Camacho, o a los Colomos, o a Analco, o allá por el Canal Seis (y seguro que ya nadie dice así)? ¿Y cuánto hace que no le doy una vuelta a la manzana?
            Lo que me dio por pensar es que, si bien nunca he dejado definitivamente de mi ciudad, sí he ido saliéndome de ella, de algún modo largándome al permitir que crezca mi ignorancia de sus incesantes transformaciones. No sé si a todo el mundo le pase —me imagino que hasta cierto punto es inevitable, y más en una ciudad con las dimensiones y los contrastes y las dificultades de ésta—: lo que sí es que caer en la cuenta, ahora que está por celebrarse el 470 aniversario de Guadalajara, me pudo un poco: yo que me preciaba de conocer bien mi ciudad, y cuál: no tengo la menor idea.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 9 de febrero de 2012.

Leer ¿más?

comentarios (1)
 Creo que siempre conviene recelar de cualquier idealización de la lectura, especialmente cuando se trata de hacerla ver como una actividad «provechosa», y más cuando se dice que ese supuesto provecho redunda en la mejoría del individuo y de su circunstancia. Por esto: aunque quepa la posibilidad de que a esta actividad —privadísima, una experiencia incomunicable mientras tiene lugar— se le atribuyan efectos benéficos, como la adquisición de conocimiento, la afinación del juicio, la apertura de rumbos nuevos para la imaginación, el discernimiento de las propias emociones y la comprensión más completa de lo que uno es, ha sido y puede llegar a ser (y el mundo con uno), e incluso aunque, a cambio de éstos se le reconozcan otros efectos, no menos estimables, como divertirse un rato, perder el tiempo, haraganear sin que parezca que uno no está haciendo nada, ha de tenerse siempre en cuenta que la lectura no sirve para nada, y no tendría por qué servir: que cada quien se figure lo contrario es otra cosa.
            Y es que la lectura, precisamente, es cosa de cada quien, y cuando, acaso con las mejores intenciones, se pretende asignarle propiedades virtuosas y edificantes, y aun tan siquiera definirla como un placer del que no hay razones válidas para abstenerse (ya no digamos, otra vez, cuando se le atribuyen cualidades utilitarias y hasta redituables), en realidad está pasándose por alto que quien lee lo hace porque puede, primero, y enseguida porque quiere: porque, en ejercicio pleno de una libertad personal y efectiva —aunque relativa, pues no siempre se puede leer lo que uno quiere—, cada lector decide hacer eso con su tiempo, crea o no que le va a «servir» de algo, y al tomar esa decisión se sustrae automáticamente del tiempo en que viven los demás, ése donde hay que trabajar, ser ciudadano y coexistir con los conciudadanos (empezando por los que se supone que son «queridos»), ese tiempo que acaba donde mismo para todos, y queda absolutamente solo, como solo ha nacido y solo se va a morir. Quien se pone a leer desaparece.
            Se anunció, estos días, una nueva campaña promovida por un grupo de empresas que buscan que sus empleados sumen dos millones 12 mil horas de lectura en el año. Entre las razones aducidas para la ocurrencia, llamada «Leer Más» —que puede conocerse por acá: www.retoleermas.com — destaca ésta: «A través de la lectura se mejora la calidad de vida, se eleva la productividad y se forjan competencias ciudadanas que contribuyen al desarrollo y crecimiento de México». Pues bueno: como gusten. Yo no sé distinguir aquí entre la ingenuidad de semejantes presupuestos y la perversidad que entrañan al estatuir la colectivización de algo que por definición concierne al individuo —y al imponerle a la lectura un carácter coercitivo: al empleado que no cumpla su cuota, ¿lo van a correr, será relegado?—: lo que sí sé es que siempre quedará quien lea porque le da la gana. Y, como ha sido desde siempre, eso bastará.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 2 de febrero de 2012.

Herta Müller: la escritura del silencio

comentarios (1)
 Una niña está en silencio, en una iglesia desierta a la que ha entrado un mediodía cualquiera, cuando regresaba de hacer un mandado. La seriedad de su expresión está a salvo (todavía) del desprecio y la incredulidad que la aguardan, pero en su mirada azul se insinúa una perplejidad que se parece ya al miedo —y que acabará por definirse como tal cuando deba descubrirse sola, tanto como para que en estos mismos momentos ignoremos incluso cómo se llama: no lo sabemos porque está tan sola que jamás ha habido quién se lo pregunte...

Para leer más, por acá, por favor: al nuevo número de Magis.