A solas


Desde que Benedicto XVI anunció su renuncia, y sobre todo ya que ésta se concretó, fue ganándome una singular forma de consternación que tenaz, ineludiblemente, llegó a facilitarme algún desvelo insospechable. No que me angustiaran las consecuencias para la Iglesia que vaya a tener el hecho de que su máxima autoridad (bueno, la segunda: parece olvidarse que por encima está Alguien más) haya decidido omitirse para, como dijo, quedar oculto al mundo: que de eso se preocupen los fieles de esa Iglesia y sus príncipes: desde el plano excesivamente terrenal de la política vaticana, es seguro que habrá repercusiones para la organización del orbe católico y éstas acarrearán también sin duda consecuencias para los modos en que los habitantes de ese orbe vivan su fe y ésta se entienda con el resto de la humanidad: ya será cosa de ver qué habrá significado la defección. No, tampoco, por las implicaciones teológicas del hecho, aunque supongo que también han de tener un cariz tremendo: por mucho que esté contemplado en la normatividad institucional que un pontífice pueda descender de su trono, ¿no es una medida extrema que supone una suerte de rompimiento de naturaleza ultraterrena, dado el papel de intermediario directo que un Papa tiene entre el siglo y la divinidad? ¿A quién le renunció, finalmente: a su grey o a Dios?
            Lo que me alarma —uso este verbo sin ironía, con total sinceridad— tiene que ver más bien con las dimensiones humanas del anciano que se ha visto en tal situación, y, para decirlo de un modo que me sirva para entender la mezcla de fascinación y desazón ante lo que es, sí, un hito histórico, pero además un drama individual, con las lecturas de índole puramente novelesca que vienen a cuento. Si ya de por sí puede ser inagotable la comprensión literaria del Papado como institución en razón de sus desmesuras (por las cordilleras de historia que recorre, por el boato que la vehicula y por la impresión decisiva que tiene en las vidas de tantos millones), o a la vista de los formidables anacronismos a los que se sobrepone para pervivir en un presente que misteriosamente la admite y le da salvoconductos incuestionables para el futuro; si ya de por sí parece inconcebible que exista el Papa, cuánto más fuerte e inconcebible tendría que ser la posibilidad de que alguien deje de serlo.
            El cerrojazo en Castel Gandolfo habrá podido poner fin a una intriga palaciega que incluye escándalo, traición y sobrecogimiento en proporciones épicas: que, como espectadores —como lectores de este thriller político—, nada nos conste, no impide que lo conjeturemos. Y aparte quedan también las precarias interpretaciones desprendibles de la repercusión mediática del acontecimiento: ¿por qué la despedida ha tenido incluso ribetes de alborozo, cuando debería ser motivo de desolación en vista de que los millones de almas que vitorean al padre ido en realidad han quedado en una orfandad colosal por inopinada y abrupta? Pero yo prefiero conjeturar sobre el hombre a solas en una circunstancia en la que nadie se habrá visto en alrededor de setecientos años: ¿qué siente, qué piensa, qué es ahora, luego de haber sido lo que fue? ¿En qué cree? Cómo, en el silencio de su retiro, magnificado porque el mundo ha de seguir dando vueltas y tan pronto se ha desentendido ya de él, podrá entregarse al sueño y salir de él, dar algún paseo, acaso sentarse al piano por las noches y luego mirarse las manos que ya no se alzarán sobre las multitudes y preguntarse qué ha hecho.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 7 de marzo de 2013.


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