Veinticinco

No hay forma de negar la posibilidad de que en estos mismos momentos, en algún lugar del universo, el Kafka del siglo 21 esté dando a luz la obra insospechada y revolucionaria que habría de llenar de asombro a las generaciones venideras. Esas cosas pasan (pasó, por ejemplo, con Kafka: quién iba a imaginarse las consecuencias cuando puso el punto final a El proceso). Ahora bien: tal acontecimiento tiene más probabilidades de ocurrir (a cuánta gente no le da por la escritura, y cómo saber cuántos genios podrán hallarse en esa multitud) que las que tenemos de enterarnos: aun si esa obra suprema llega a cobrar la forma de un libro, debidamente editado y puesto en circulación, en qué mar desmesurado de títulos nuevos se lanzará a perderse, y eso si su firmante consigue alguna vez que se publique —y eso si se lo propone en serio, como Kafka, quien fue lo suficientemente astuto para dejarle el encargo a su amigo Max Brod y luego morirse: de haber querido en verdad que lo suyo fuera al fuego, ¿por qué no le prendió un cerillazo él mismo?
    La Feria Internacional del Libro de Guadalajara, que está por cumplir el cuarto de siglo, ha anunciado un programa mediante el cual se dará la proyección que garantiza la resonancia mediática de la misma Feria a un grupo de escritores reunidos bajo la etiqueta de «Los 25 secretos mejor guardados de América Latina». Seleccionados, explica el anuncio, mediante «un proceso que involucró la lectura de decenas de libros y un amplio proceso [sic: fue un proceso muy procesado] en el que se consultó a otros escritores, editores, libreros, periodistas y críticos literarios de América Latina», los autores proceden de quince países y son más bien jovenazos (las cartas mexicanas son Daniela Tarazona, Emiliano Monge y Pablo Soler Frost, más que solventes los tres). Todos narradores, y todos con más de un libro publicado. La idea, entiendo, es apostar por ellos, en el sentido en que fuera de sus lugares de origen no son, en términos generales, muy conocidos, y facilitar que se los conozca más, no sólo organizándoles presentaciones públicas (es decir, encuentros directos con los lectores), sino poniéndolos a circular, dice también el anuncio, para que «sean descubiertos por los agentes, scouts, editores y traductores que acuden a la Feria».
    No está mal, aunque puede pensarse que el nombre del programa pudo elegirse mejor (si son «secretos» y están «guardados», ¿no será por algo?). Las intrincadas lógicas del mundo editorial mandan que, por mucho que alguien sea Kafka y el mundo deba conocerlo, cuente no sólo con una buena obra, sino también con mucha paciencia, terquedad, concha para aguantar los rechazos, olfato para las relaciones útiles y sentido de la oportunidad, además de disposición para aguantar el ninguneo y resignación para admitir que jamás se acercará a las cifras de ventas de Yordi Rosado o bichos similares. Y mucha suerte, también. Y, al final de todo, está el parecer de los lectores. Así que habrá que ver.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 22 de septiembre de 2011.
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