Ah, Vallejo


El anuncio de que Fernando Vallejo ganó este año el Premio FIL dejó, por lo visto, contentos a muchos, lo cual permite inferir que este escritor ha de tener muchos lectores (o admiradores, que no siempre son lo mismo), y también corroborar que las reacciones a noticias como ésta no tienen por qué ser diferentes de las que tienen lugar en competencias de otra naturaleza: cada quien tiene sus favoritos, y si éstos (la miss, el equipo de futbol, el cantante de La Academia) resultan triunfadores, sus porristas se llenan de alborozo, mientras sus detractores (que desde luego habrían preferido a una miss, a su juicio, menos guandaja, o ver chispeando de gloria los colores de la camiseta que han sudado desde chiquitos, o a su ruiseñor personal trinando para toda la eternidad) quedan con la boca aceda y comienzan a rumiar su disgusto y sus suspicacias. Y claro: los pareceres de quienes presenciamos estas cosas, fans de cualquier signo o meros espectadores sin razones para la congoja o el júbilo (es mi caso: la perseverancia en el desencanto), nada importan: total, Vallejo fue y Vallejo se queda. Y no tendría por qué ser de otra manera.
       Yo he de confesar que he leído poco a este autor (pero, ¿por qué confesar?, si tampoco es manda), y seguramente sin la atención necesaria para poder decir algo medianamente razonable sobre su obra. Creo que a lo sumo dispongo de algunas reticencias o prejuicios respecto a su prestigio de misántropo, o acerca de sus pirotecnias biliosas y la delectación de la violencia que, entiendo, sus admiradores le festejan y agradecen. En vista de lo mucho que se habla de él —y más que se va a hablar, luego de que esta distinción multiplique su visibilidad e hinche su fama—, ¿debería leerlo? Dudo que le haga falta un lector más, y sobre todo dudo que yo tenga que ser ese lector, por más que otros, cuya capacidad de juicio respeto y hasta admiro, pregonen las excelencias del colombiano: será que tiendo a recelar en automático de la notoriedad cuando evidentemente es nutrida por las conveniencias del mercado editorial, por la querencia mediática del argüende o por las manías y las complacencias de críticos más o menos oportunistas, o será nomás que aparte de desencantado soy ideático: en todo caso es mi elección —y sostengo que tendría que ser la de todo lector libre— postergar hasta donde me parezca necesario la cita con este escritor o con otro cualquiera, y no plegarme a los dictados de la circunstancia.
       Con Vallejo se tiene hasta cierto punto garantizado el revuelo, y ya se especula sobre lo que tendrá que decir cuando venga a recibir su galardón (y qué hará con el monto, a cuáles perros se lo donará esta vez). ¿Soltará espumarajos, urde ya alguna insolencia venenosa, querrá —ojalá— enderezarle algún insulto a las autoridades? Es poco probable: en ceremonias así suelen imperar el comedimiento y la corrección. En todo caso, si tal sucede, tampoco importará mucho. O será lo que más importe, que al fin la literatura puede quedar para otra ocasión.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 1 de septiembre de 2011.
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