¿Mexicanos? (y II)


Algún guiso, alguna música, alguna costumbre, algún paisaje: una de las formas más sencillas de reconocerse como mexicano (y seguramente también será así para un holandés, un mozambiqueño o un australiano) es meramente cuestión de gustos y querencias, un saber infuso al que la vida va encimándole afectos —o terquedades— y en el que está la raíz de sinsentidos como el orgullo por haber nacido en esta tierra o el regocijo de creerse único al morder un chile, meter las patas en la agüita de Cancún, danzar en una procesión o hallarse tarareando las notas de «El mariachi loco». (Hay, claro, variantes más sofisticadas de este sentimentalismo, pero en el fondo es lo mismo: gozarse en el hecho de que sean tan mexicanos como uno Frida Kahlo, las pirámides de Teotihuacan, el mole poblano, las fiestas con piñatas o los tontitos estos que salen en películas, como Diego Luna. Etcétera). La nacencia o la vivencia en el territorio nacional surte incontables posibilidades de ser mexicano así, por la vía de una suerte de afectividad congénita que, en el fondo, no es otra cosa que viciosa fatalidad: ser como somos (con lo que nos gusta, nos caracteriza, nos puede o nos hermana) porque somos así —cosa que también contará para un holandés, un mozambiqueño, un australiano...
       La fe —o la superstición— que es creer que el gentilicio «mexicano» tiene sentido más allá de la cosa práctica (de algún país hay que ser para tener acta de nacimiento, o algún papel cualquiera que sirva para demostrar que existimos) está sostenida también por la mitología que, en el caso particular de la nación mexicana, ocupa el lugar de la historia —materia por lo general temible o lamentable, y en todo caso poco útil como no sea para tergiversarla y cimentar en ella los malentendidos con que a duras penas nos explicamos cómo hemos llegado hasta aquí (como puede verse en las celebraciones en curso, que en su vacuidad pasmosa hacen justicia a nuestra ignorancia y nuestras ganas de no entender). Y, al lado de esa mitología y el culto que impone, la infeliz insistencia en la afirmación de lo mexicano que pasamos la vida oyendo: desde las monsergas de los maestros no bien entramos al kínder, hasta los aullidos tricolores de un locutor si mete gol el Chicharito; del anuncio de cerveza al discurso del político cretino; de la perorata oracular del intelectual mesiánico (esa peste de vividores que simulan entender lo que dicen) al sermón que nos recuerda en qué modos especiales la Patria ha sido bendecida. Etceterísima.
        Más allá de la dificultad de definir qué, aparte de la casualidad geográfica, empareja a un yucateco y a un bajacaliforniano con un tlaxcalteca, un colimense y un tamaulipeco, está el problema de que ser un pésimo mexicano es, al mismo tiempo, ser un mexicano ejemplar: campeón del disparate, del estropicio, del exceso, de la trampa y del cinismo. Esto, claro, de aceptar que ser mexicano signifique algo más que el humo que deje tras de sí el coheterío.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 16 de septiembre de 2010.
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