De museos


Si en un viaje se admite como algo perfectamente natural esa peculiar actividad que consiste en visitar museos (acaso porque así se busque una comprensión mejor del lugar que visitamos, más allá de la vivencia superficial que es posible tener en un medio extraño, o nomás por inercia, porque parece que es lo indicado), hacerlo en el terruño, en cambio, no sólo resulta excéntrico, sino que uno hasta llega a tener dicha actividad como cosa impensable, y si se la plantea en serio (cosa improbable) la acomete con no poco recelo y con la precaución de quien se pregunta si estará invirtiendo correctamente su tiempo ocioso. Hablo por mí, desde luego, que como buen ideático tiendo a meter freno antes de haber empezado a acelerar... Y malamente, como hubo ocasión de comprobar la semana pasada, cuando a falta de viaje y sin más opción que turistear por la ciudad, decidimos visitar las exposiciones de José Clemente Orozco en el Cabañas y la de Gabriel Figueroa en el Museo de Arte de Zapopan.
    Yo había venido enterándome de que la primera ha sido objeto de varios reparos: desde la inauguración, odiosa porque sólo pudieron entrar quienes tuvieron invitación (esos pésimos moditos que tienen los políticos para volver aún más repelente el acceso a la cultura), pasando por lo mucho que se tardó en concretarla, lo que se echa de menos en ella y hasta la falta de indicaciones que permitan transitarla en orden. Pero lo cierto es que nada de eso importó, ya estando ahí. El encuentro con semejante artista es, sencillamente, imperdible. Y quizás hasta sea mejor abstenerse por completo de un recorrido prescrito, para dejarse conducir más bien por los hallazgos que a cada quien le están deparados. El Orozco caricaturista, por ejemplo, es sensacional, lo mismo que el melancólico intérprete de la miseria prostibularia en la serie La casa del llanto, o que el acucioso artífice de las composiciones monumentales. Y no hay rincón que no proponga una ocasión para el asombro.
    La exposición armada en torno a la figura de Figueroa promueve, por su parte, el razonamiento de lo que a muchos nos resulta entrañable. Habrá sido, sí, la mera visión de un hombre tras la lente, pero resulta que esa visión (y la sobrenatural potestad que detentaba sobre luces y sombras) nos ha modelado por más que no siempre hayamos estado al tanto de ello, de manera que ir a descubrirlo ahí es verdaderamente emocionante. Además, puesto que la curaduría está orientada por una estimable ponderación del contexto histórico, de la visita puede obtenerse también una sostenida reflexión que quizás se resuma en esta pregunta: ¿qué le ha pasado a México? Hay una foto en la que posan, sentados a la mesa de un restorán y muy sonrientes, el propio Figueroa, el Indio Fernández y ¡Orozco! (bueno, Orozco no parece que sonría). Y es fascinante fantasear con lo que pudieron haber estado platicando —y lo que tendrían que decirse hoy.
    Total: hay que animarse a ir a estos museos. Se siente raro, pero se siente muy bien.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 8 de abril de 2010.
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