Pareceres


Leo una nota de AP que informa, escuetamente y se diría que hasta con desgano, que el Vaticano no considera a la película Avatar una obra maestra. Pesco el anzuelo, malamente: en un largo rato de ocio imperdonable, voy comprobando que tal información ha sido reproducida en numerosos diarios en internet, que muchos la han ampliado y puesto en contexto —a la Santa Sede, según me entero, últimamente le ha dado por manifestar su parecer sobre asuntos, digamos, inesperados: hace unos días pudo leerse en L’Osservatore Romano una felicitación a Los Simpson por haber cumplido 20 años, en particular por mostrar que Homero y Dios se llevan bien—, y descubro que incluso varios han desgranado, con abundancia de pormenores, las razones de tal recelo y tal desdén: en Radio Vaticano se dijo (y copio del periódico La Voz, de Argentina: iba a buscar en la fuente original, ¡pero ya estuvo bueno!) que en la película hay «un guiño hacia las pseudo-doctrinas que han hecho de la ecología la religión del milenio». También llego a saber que Evo Morales ya fue al cine con su hija a ver la misma cinta, pero que a él le encantó y hasta se sintió identificado.
    Llegado a este punto, comienzo a escribir este artículo. Pero llegado al punto en que digo «Llegado a este punto, comienzo a escribir este artículo», me paraliza la altísima probabilidad de que estas líneas, por supuesto destinadas a ser devoradas instantáneamente por los torrentes incalculables de naderías y ociosidades que en este mismo momento estén escribiéndose sobre Avatar, el Vaticano, Evo Morales o lo que sea —es decir: por cuantos temas surta el indiscernible barullo universal que se conoce como actualidad noticiosa—, no sean sino mera resonancia de algo que ni importa ni interesa. Porque es lo malo: que en nuestra comprensión de las cosas aceptemos, tan naturalmente, que toda opinión es atendible. ¿Qué relevancia va a tener lo que piense el Vaticano sobre una película? De tan predecible, la expresión de tal juicio es además aburridísima y absolutamente inocua: tanto como si yo digo que, de no ser porque Avatar la vi en tercera dimensión, me habría resultado del todo irritante —y no por las razones que desasosiegan al cura displicente que habrá ido a verla en Roma, sino nomás por sangrona y cursi.
    Es decir: porque todo mundo es libre de tener una opinión (si bien yo creo que habría que defender el derecho a no tener ninguna), y porque quien puede la expresa a la menor oportunidad —y de eso, en grandísima medida, está hecha la actualidad noticiosa, pues los medios se afanan más en recabar pareceres que en investigar hechos—, tendemos a asumir que cuenta igual todo lo que se dice, sin reparar en lo inútil que puede ser. Y, aunque sea sólo por el tiempo que así podemos perder —pero, además, por cuanto llegamos a distraernos de lo realmente urgente—, la proliferación incesante de opiniones a las que estamos expuestos es un espejismo pernicioso, y estar al pendiente de él es lamentable.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves14 de enero de 2010.
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