¿Que suene?

Como la torta ahogada, la música de mariachi tiene mayores posibilidades de éxito mientras más perjudicial sea para el organismo. Por esa afinidad natural entre ambas resulta tan admisible la combinación, dañina por igual para el duodeno y para las trompas de Eustaquio: una ahogada que, al chorrear, haga hoyitos en el suelo, y en las inmediaciones un mariachi haciendo trepidar el local. No hay cabida para los matices ni las sutilezas: el picor de la salsa en que chapotean el virote y las carnitas ha de corresponder al largo bocinazo quejumbroso de la trompeta, y a más volumen más chile, y viceversa: en esa competencia insólita se cifra la idiosincrasia tapatía, y ante ella no queda más que chillar —de sentimiento o de dolor, da igual.
       Yo sí siento que el mariachi me representa, pero depende: me representa cuando tengo más ganas de hacerle la vida insoportable a alguien (unas dos veces al día, mínimo), y le deseo que un conjunto de barrigones escandalosos retumbe junto a su oreja mientras duerme. De ahí en más —es decir, fuera de los momentos en que un acelerado me rebasa por la derecha, una señora odiosa se brinca el orden en la salchichonería o aparece en la tele la sonrisita cretina de un funcionario, el que sea—, me resulta por completo ajena la idea de un puñado de individuos ataviados de modo tan extravagante, armando un estrépito generalmente insalubre y echando gritos y chiflidos. Jamás he comprado un disco de mariachi, ni veo por qué tendría que hacerlo; tampoco, que yo recuerde, he asistido a la presentación (concierto, recital, gala con la Filarmónica ni nada) de ningún mariachi, y si los he visto en vivo ha sido sólo cuando ha sido absolutamente inevitable: en fiestas donde su aparición pretende ser el broche de oro (los graduados ya cayéndose de borrachos, con la corbata en la frente y abrazándose y moqueando al son de «Las golondrinas»), en restaurantes (entre una mordida y otra ya tienes un gordo con guitarrón detrás), en verbenas populares y demás ocasiones para el horror folclórico. Si oigo que en la radio o en la tele empieza a sonar un mariachi, le cambio o le apago: pongamos que no aterrado, pero sí invadido por una súbita, ineludible pereza.
       Sé bien que es una necedad alegar contra cualquier cosa nomás porque a uno no le cae bien. Habrá, claro, buena música de mariachi, y variantes mucho más decorosas que la que ha hecho posible «El mariachi loco» y sus derivados. Y a muchísima gente le encantará todo esto. Pero lo que sí es un fastidio es la obstinación en hacer pasar esta música, y el universo que la rodea, por la más importante noción de identidad de lo mexicano, lo jalisciense o lo tapatío (o todo junto), y que esa obstinación oriente gran parte de las políticas culturales, a cualquier nivel, en nombre de la supuesta preservación de las tradiciones —que, entiendo, se las arreglan para vivir por sí solas. Aunque claro: el borlote y el negocio son preferibles siempre, sobre todo cuando escasea la imaginación.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 3 de septiembre de 2009.
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5 comentarios:

Eduardo Huchin dijo...
4 de septiembre de 2009, 0:11

Para sus fiestas patrias: versiones de Queen, Rolling Stones o The Beatles en mariachi en:

http://ba-k.com/showthread.php?t=391665

chicokc dijo...
7 de septiembre de 2009, 23:41

Simplemente escucho a lo lejos, saliendo del trabajo, a toda la bola de monigotes haciéndole: eh eh eheheheheheh y me fastidia. El mariachi loco ataca diario y debe haber una taza alta de suicidios entre los mariacheros por ser la canción más pedida.

Eu dijo...
10 de septiembre de 2009, 13:00

pues a mi me gusta verle las nalgas al mariachi ¿y qué? es eso que le llaman "amor patrio"

Anónimo dijo...
27 de diciembre de 2009, 17:40
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Anónimo dijo...
1 de enero de 2010, 4:19
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