Chantaje patrio

Al cine uno va, entre otras razones, por el puro gusto que hay poner en pausa la famosa realidad. El incalculable valor de distracciones así radica en que, gracias a ellas, lo cotidiano horroroso se vuelve tolerable y uno puede mantener bajo control los niveles de rabia que promueve la mera vivencia del tiempo que nos tocó. Y aunque también haya móviles, digamos, más sofisticados para ir al cine (el deseo de ver cintas de las que se espera obtener alguna experiencia artística o cultural que nos diga algo sobre nosotros mismos, pongamos), no es menos importante el hecho de que el país es un asco y, en la ilusoria privacidad de una butaca y con unos nachos y un refresco, al menos por un par de horas es posible omitirse de él —o jugar a omitirse, al menos: igual cuenta—: por algo decía Bioy Casares que a él le habría gustado esperar el fin del mundo en la oscuridad de una sala, disfrutando de una buena película. Y lo cierto es que el mundo, en más de un sentido, está reventando incesantemente, de modo que casi siempre parece buena idea meterse mejor a un cine, antes que quedarse a presenciar el desastre habitual.
    Más o menos animados por estos motivos, aunque seguramente sin haber tenido necesidad de formularlos de este modo, el domingo fuimos al cine. Como tanta gente. Despreocupados y con ganas de ver una película de risa. Una babosona, es cierto, pero que —le atinamos— resultó muy divertida: cuenta la historia de cuatro imbéciles que celebran una épica despedida de soltero en Las Vegas. Y con eso habríamos quedado muy contentos, pero lo malo, lo pésimo, estuvo en lo que ocurrió antes de la proyección propiamente dicha. Pasaron, primero, el anuncio donde una tropa cuantiosa de famosos (estrellotas y estrellitas de la farándula nacional) insta al público a darle dinero a un banco —a cambio de un relojito, entendí— para alguna de las causas que, supongo, forman parte de las responsabilidades sustantivas del Estado mexicano: el combate a la pobreza, la procuración de seguridad social, la creación de empleos, cosas así. Luego vino otro anuncio en el que se exhibía a varios niños burros, como castigados y avergonzados (por burros), en lo que terminaba siendo una lamentable lamentación por el precario nivel de la educación en México (mensaje: si no apoyas, estos burros seguirán igual, sin oportunidades en sus puercas viditas); después, la campaña de una compañía de televisión por cable que apela a supuestos valores (unidad, esperanza, ganas de trabajar) que habrían de sacar al país del pantano, y por último la carota de Felipe Calderón en uno de sus autopromocionales, delante de una caseta de autopista, jactándose de lo que su administración estaría haciendo en infraestructura.
    En fin: un chaparrón de publicidad chantajista, cursi y repelente, que queriendo aludir a lo mejor de los mexicanos, revela en realidad algo de lo peor: la ingenuidad que nos tiene como nos tiene, y cómo se apuesta confiadamente a esa ingenuidad —la patria embobada— para que sigamos así.
 
Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 10 de septiembre de 2009.

Imprimir esto

4 comentarios:

Fernando Romero dijo...
11 de septiembre de 2009, 17:32

totalmente de acuerdo especialmente en el chantaje acerca de ayudar economicamente para que tengan oportunidades de estudio los mas pobres atravez de donativos a los bancos y sucede que la poblacion es cliente para ese tipo de eventos pasa lo mismo con el famoso teleton que año con año se extorsiona a la poblacion para que de dinero y ¿el gobierno en donde queda?

saludos

chicokc dijo...
14 de septiembre de 2009, 23:43

Y ningún corto chistosón? Algo que ver próximamente? Tan siquiera el Kung Fu Panda cayéndose???

Luis Vicente de Aguinaga dijo...
18 de septiembre de 2009, 18:10

El domingo fui al cine. Ocioso que soy, vi lo más detalladamente que mis vacilantes neuronas me permitieron el anuncio filantrópico de Banamex, ése del relojito. La cosa es que todos los individuos del anuncio van mostrando, ya que tal es la noble misión que los distingue, sus propios relojes a la voz de "¡Llegó la hora!". Curiosidades de la vida: uno marca las 10:10, otro las 10 en punto, uno más las 10:20... sin orden alguno. Y sí, bueno: a lo mejor de verdad llegó la hora; pero ya ni siquiera es cuestión de preguntarse la hora de qué, sino cuál hora: ¿las 10:14, las 10:09, las 9:58? La hora, en todo caso, de que se vayan semejantes papanatas a tiznar a Sumatra y Borneo.

desordenador dijo...
20 de septiembre de 2009, 20:04

mejor renta películas en Videodiversión, el videoclub de la glorietita de niños héroes (patrios, dice Dani) y av. Arcos. El empleado usa arapos grises que hacen pensar que su ropa alguna vez tuvo color y tiene una cara de hastío que sin relojes ni rodeos revela la situación del país, sí, de asco.