Las luces y la puerta

Una mujer enciende las luces. En otro lugar, pero acaso al mismo tiempo, un hombre abre una puerta. Lo que dé sentido a ambos actos, que implican sendas intenciones de mostración, no dependerá de las decisiones de quienes los ejecutan. Tampoco de las que tome quien registra estos momentos —quien ha puesto por escrito esto, que unas luces se encienden, que una puerta se abre—: en la oscuridad que la mujer abate, al lado del hombre junto a la puerta, estamos nosotros, ávidos de ver y escuchar, impacientes por pasar. Nuestra azorada inteligencia de lo que ocurra, nuestros juicios precarios, desechables, y sobre todo la estupefacción que inevitablemente habremos de experimentar, y que acaso secretamente estemos aguardando —la estupefacción, reconozcámoslo, es apenas una mera variante de la fascinación: quizás inadmisible, pero tan irrecusable como el embeleso—, terminarán por armar una historia de la que mayormente obtendremos apenas instantáneas que tendrían que resultar difíciles de identificar: algunos jirones de carne apremiada, algunos sonidos (gruñidos, aullidos, jadeos, golpes secos, exabruptos, insultos, silencios); también las tramas estrambóticas de algunas cintas pornográficas, también las reflexiones acuciosas con que alguien busca escapar del tedio. Conoceremos, en realidad, poco más que los nombres de cuatro presencias que se hallan en los extremos de dos cadenas —nombres pronunciados entre sus poseedores con adoración o con aborrecimiento—, y antes de haber podido tomar ninguna precaución nos descubriremos sujetando esas cadenas, que se entrecruzan y se tensan, para guiarnos en la incursión a la que vamos siendo impulsados por nuestras ansias de ver más, de oír más, de saber hasta dónde se podrá llegar  —hasta dónde podríamos llegar nosotros mismos.
    Es cierto que Los esclavos, de Alberto Chimal —su primera novela, inesperada por los propósitos que la animan, a considerable distancia de los que han determinado la producción anterior del autor—, puede ser leída como una audaz e incluso descarnada indagación de los límites a los que puede conducir, o los límites que puede transgredir, la voluntad de sujeción. El encuentro entre un sometedor y un sometido da como resultado dos sometidos, y ello porque, una vez que se ha prescindido de formatos más bien convencionales para la afirmación mutua, quienes perseveran en el reforzamiento del vínculo van volviéndose indistinguibles: la tensión de la cadena es la misma en el primer eslabón y en el último. Marlene, la pornógrafa viciosa y mezquina, está más reciamente atada de lo que podría imaginar a la bestezuela irresistible y grotesca que ha hecho de Yuyis, su actriz principal (¿su hija?); Golo, aun deshaciéndose como un desperdicio de Mundo, el miserable que eligió entregársele en el único acto de libertad de que ha sido capaz, malvive en la lucha diaria contra el hastío que le surten sus refinadas prácticas de degradación y suplicio, y para esa lucha son indispensables los juguetes medianamente humanos que se procura. Pero más allá de esta indagación novelesca, en la que la invención literaria es la linterna que escudriña los sótanos del sexo para descubrir ahí los bultos descompuestos e irreconocibles del amor o el deseo —y para agregar, al respecto, las conjeturas que vengan a cuento sobre los comercios de la libertad y el ejercicio siempre relativo del poder—, lo que ha conseguido Alberto Chimal es mucho más impresionante por la medida en que delega en la presencia del lector la transgresión necesaria para que estas historias existan y se dejen leer. Lo que quiero decir es esto: a lo largo de los episodios breves, imperturbables, cuya numeración se sucede en la progresión de la atrocidad —me temo que en la consideración de un libro como éste no es posible eludir, por inexpresados que se quiera dejarlos, los juicios morales—, prevalece un admirable cálculo por el cual la prosa se impone proporcionar únicamente las indicaciones para que, por nuestra cuenta, terminemos de trazar pormenorizadamente lo que estamos presenciando: ¿por qué somos capaces de completar las conversaciones a las que llegamos cuando estaban ya empezadas, por qué nos representamos sin dudas los cuadros de los que sólo se nos muestran secciones? ¿Por qué entendemos todo lo que pasa aquí?
    He querido ver en el apartado central del libro, la historia titulada «Años después», más que una deliberada derivación sobre el tema de la esclavitud recíproca: habíamos estado presenciando lo que pasaba entre una mujer y otra, y entre un hombre y otro, y acaso hacía falta hacerse una idea de la forma que el vínculo podría tomar entre un hombre y una mujer para comprender que, en estos rumbos recónditos de la experiencia humana, la diferenciación sexual poco importa. Aparte de esto, creo que ahí está sugerida una clave —si, a fin de cuentas, lo que queremos es terminar de entender—: en tratos como los que sostienen los personajes de Los esclavos las explicaciones son superfluas y no hay poesía que valga. Toda palabra es un alarde superfluo y prescindible, y lo único que importa se cifra en estremecimientos, en la imposición del daño, en el abandono y el ansia, en lo que apenas se musita, en la obediencia y la orden, en la súplica tácita, en la tortuosa inminencia del placer.
    Los esclavos es un libro magníficamente escrito. Y si bien su materia es de suyo escabrosa, la altísima calidad de siniestro que lo preservará en nuestra memoria provendrá de las razones que nos lleven a leerlo de un tirón, sin poder detenernos.
Los esclavos, de Alberto Chimal. Almadía, Oaxaca, 2009. 

Publicado en el nuevo número de Replicante, que está ya circulando y se consigue fácil: ¡corran por él!
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