El mar en turco

Gerardo Deniz es un señor ya mayor, de figura hobachona y barbita blanca, que usa anteojos del grosor de un pulgar, se deja embelesar por la conducta de los gatos y va a morir sin quedarse calvo. Debajo de la mata espesa de canas, su mirada es risueña: encantadora, se diría. Es fácil imaginarlo dándole de comer a las palomas en un plácido jardín. Pero resulta que es un auténtico dinamitero, y que su trabajo ha consistido en reventar las nociones más naturales que sus lectores —víctimas colaterales, pongamos— pudimos tener acerca de la poesía hasta antes de conocerlo a él: hasta antes de alcanzar a ver, luego del estallido, las figuras extrañísimas que edifica sobre los escombros.
       Por poco elegante que resulte, lo primero que debe decirse sobre la obra de Gerardo Deniz es que no se le entiende. O, para ser más precisos, es altamente probable que estará siempre desencaminada la comprensión que —ilusos de nosotros— sus lectores creamos alcanzar al hallarnos delante de libros como Mansalva, Enroque, Grosso modo, Op. cit. o Picos pardos. Enigmáticas, herméticas, capaz de recurrir inesperadamente a lenguas remotas (de un verso a otro puede brincar del castellano al mongol antiguo), a esquemas de fórmulas químicas o, si hace falta, hasta a algún dibujito, muchas de las composiciones que Deniz traza sobre la página podrían pasar por acertijos cuyas soluciones están fuera del alcance de cualquiera. En ocasiones es posible reconocer algunas formas, algunas voces, alguna idea, y a veces hasta milagrosamente se llega a intuir de qué diablos se trata aquello. Lectura desconcertante, espinosa, atestada de referencias misteriosas, que pretende exigir a sus lectores una cultura inmensa, lo que escribe Gerardo Deniz en realidad se parece muy poco a lo que habitualmente se entiende por poesía —salvo que suele estar en verso— y, lo dicho, casi nunca se llega a entender del todo. ¿Por qué entonces este autor, que cumple 75 años en agosto, es considerado uno de los poetas más fascinantes de la actualidad?
       Existe una especie de culto en torno a los libros de Gerardo Deniz, y sus fieles han tenido que renunciar a hacerse muchas preguntas. Porque, a cambio de claridades, lo que hay en Deniz es un altísimo sentido del juego, de la ironía, de la sorna —además, claro, de una erudición colosal, que lo surte de las palabras y las imágenes más inesperadas que, a su muy peculiar modo, construyen los sentidos de eso que él mismo se niega a admitir que sean poemas. («Ojo al parche», advirtió una vez: «no estoy dispuesto a que me tilden de papanatas antipoético. Yo también hago metáforas resplandecientes cuando me da la gana»). Quiso ser científico o músico —es un melómano impresionante—, pero como él mismo ha contado, terminó escribiendo versos porque no tuvo más remedio. Octavio Paz fue uno de los primeros que repararon en lo que hacía (lo animó, de hecho, a publicar sus primeros poemas, a lo que Deniz le respondió: «¡Calmantes!»), y le siguieron otros muchos que se fueron sumando al deslumbramiento ante una obra absolutamente revolucionaria, poesía desentendida de la poesía —Deniz afirma no leer a los colegas: prefiere los libros de entomología— que ejerce un hechizo inmediato en quien se asoma a ella. Le han sido concedidos los premios Xavier Villaurrutia y Aguascalientes, los dos más importantes que se entregan en el país, y su obra en verso está recogida en el volumen Erdera, publicado por el Fondo de Cultura Económica en 2005. También es un ensayista implacable (Paños menores, Anticuerpos), e incluso ha publicado al menos dos volúmenes de cuentos hilarantes: Alebrijes y Carnesponendas.
       Encima de todo, Gerardo Deniz ni siquiera se llama así. «Deniz» quiere decir mar en turco, y así es como ha firmado sus libros; pero sus recibos de honorarios vienen a nombre de un tal Juan Almela. Este Almela ha dedicado buena parte de la vida a leer, corregir y traducir libros de materias arduas que harían correr a muchos otros, pero que a él lo deleitan, y también ha prestado sus saberes inusitados —de la biología al sánscrito, pasando por la economía histórica o la gramática del esquimal— a las curiosidades del otro, Deniz, con quien forma una suerte de hermandad siamesa y que es una de las figuras más asombrosas de la poesía mexicana del último medio siglo —por más que se pregunte, justamente en un poema, «cómo será que a mis tíos y tías los poetas / les escurre lo que relatan / y viven para contarlo».
Publicado en Magis 411. (Este nuevo número de Magis está ya circulando; pueden encontrarlo en el Sanborn's de la esquina)
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