¡Otras!

Buen tema para plática de cantina: hace algunos años, en el talk-show de María Laria (¿alguien lo recuerda? ¿No? Qué bueno), apareció un curioso personaje que vestía chamarrita tamaulipeca y llevaba tejana, y que fijaba la mirada en el suelo con una mezcla de estupor y melancolía senil. Con las canas teñidas, lo mismo que el bigote, bien recortadito, el viejo iba acompañado por una mujer esperpéntica —una especie de representante plenipotenciaria, además de novia o esposa o algo así—, y era difícil decidir qué resultaba más escalofriante: el desamparo del hombre, la furia de la mujer o la razón que los tenía allí, en un estudio de Miami, revelando al mundo la noticia del siglo (del siglo 20, claro, y del siglo 20 mexicano, para decirlo con toda precisión): ese anciano deprimido y deprimente era Pedro Infante. ¿La prueba? La placa metálica en el cráneo, que se distinguía perfectamente cuando el hombre se levantaba la tejana y la cámara hacía el big close-up de rigor.
Felizmente, los recuerdos como éste acaban por confundirse con la fantasía. Si no, pobres de los que han visto a Elvis Presley subir a un coche en un estacionamiento de Chicago, y pobres de quienes tuvimos la pésima suerte de ver el show de María Laria esa vez. Porque, de proponernos demostrar nuestro atroz descubrimiento, tendríamos que rellenar con explicaciones exhaustivas los huecos en la historia que ha corrido desde el avionazo en Mérida, hace 50 años. Y ni que uno estuviera loco o no tuviera nada que hacer, además de que a la identidad nacional pocas cosas le convienen tanto como dar por perdido al ídolo, pues en México los héroes únicamente pueden serlo si están muertos (y si murieron jóvenes tanto mejor: los dudosos fantasmitas de Chapultepec, pongamos por caso). Pero, momento: ¿Pedrito Infante es todavía un ídolo, o sólo es que a Televisa le resulta redituable seguir dándole ese tratamiento? No parece probable que las nuevas generaciones traigan en el iPod sus grandes éxitos, para oírlos una y otra vez. De cualquier manera, ya se prepara la serie que lo recordará (¡con Sherlyn en el papel de su esposa!), y este domingo se transmitirá hasta por internet la misa conmemorativa en la Catedral de la Ciudad de México; se imprime el billete de lotería, se afina el festejo en la esquina exacta donde se estrelló la avioneta, los diputados (siempre tan atentos a tareas tan urgentes y relevantes) estudian la creación de una medalla en memoria del carpintero de Guamúchil, una de las viudas anda convenciendo a Marcelo Ebrard de que Pepe Aguilar y Vicente Fernández tomen el Zócalo... Ah, y un ingenioso director de cine clonará digitalmente a Pedrito para que protagonice una nueva película: ¿Jurassic Tizoc? (Nomás Chachita no ha querido participar en ningún homenaje. ¿Qué secreto podrido se lo impedirá? ¿O nomás es por odiosa?). Y de toda esta melcocha memoriosa difícilmente nos vamos a escapar. ¡Otras!

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el viernes 13 de abril de 2007.
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2 comentarios:

Kurt C. dijo...
14 de abril de 2007, 11:03

Un ícono nacional, convertido en leyenda por su trágica y sonada muerte.

Los diputados, ellos...no hacen nada.

Saludos!

Alberto dijo...
17 de abril de 2007, 14:52

Mea culpa de no haber venido, un abrazo desde el DF, y también invitación a blogcito.