Por el libro y los lectores

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Foto: ©FIL Guadalajara/Gonzalo García Ramírez

A lo largo de sus veinticinco años, la Feria Internacional del Libro de Guadalajara ha llegado a constituirse en un referente indispensable para la cultura en México y también para el mundo editorial iberoamericano. La fama de su ciudad, así como la de la universidad que la organiza, es indisociable de lo que ocurre durante esos nueve días de cada otoño que se han vuelto una costumbre para los habitantes de este rumbo y para los visitantes asiduos —e incluso para quienes sólo han venido alguna vez o nunca, dada la resonancia mediática que la feria alcanza en cada ocasión. En este sentido, puede que las ambiciones con que nació se hayan visto rebasadas desde hace tiempo: tenida por la segunda más grande en el mundo después de la de Fráncfort (una noción que se repite sin que parezca haber necesidad de demostrarla), pronto se habituó a ser grande —muy grande: es lo que asombra sin falla a quienes apenas la descubren— y a proponerse, parecería que inconteniblemente, la proliferación abrumadora de cuanto ocurre dentro de ella; de tal manera, su vocación originaria se ha diversificado, y ahora es, además de la fiesta de los libros que empezó siendo, un festival cultural de considerable influencia en un país donde este sector suele ser marginal (cuando no es confundido con la promoción turística), un insoslayable centro de transacciones (no únicamente industriales o comerciales, sino también políticas) y un escenario propicio para la discusión del presente y la suposición del futuro desde muy diversos ámbitos.

La organización de la FIL entiende automáticamente por prestigio la atención que concita, y ello en parte es causa de que sea renuente a una voluntad autocrítica que la lleve a reformularse, o siquiera a plantear ajustes significativos a las dinámicas que a fin de cuentas le funcionan para garantizar su permanencia; así, la feria tiene una marcada tendencia a la espectacularidad en sus programas de actividades —lo que quizás no sea del todo reprochable, pues de lo que se trata es de acercarse públicos crecientes, y es de esperarse que al fin éstos se hallen con los libros y lo que sucede a su alrededor. Esa elevada autoestima, digamos, explica además que la FIL se tenga a sí misma como un bien común difícilmente cuestionable: luego del escándalo suscitado con la entrega del Premio FIL al plagiario contumaz Alfredo Bryce Echenique, Nubia Macías, la directora, minimizó el amargoso episodio y afirmó: «Estamos concentrados en hacer que esta feria sea maravillosa y que la gente la siga amando sobre todas sus cosas».

​Pero aunque sea mucho el amor que, en efecto, muchos le tengamos a la FIL, no se puede dejar de apreciar cómo su existencia se ve comprometida por la institucionalidad tácita según la cual opera, tan afín a la que rige en la Universidad de Guadalajara: un mando supremo al cual se pliega absolutamente todo interés (en aras del interés de ese mando supremo), la normalización de prácticas que dan amplio margen a la ocurrencia o al capricho, y la preservación de un estado inercial por el que sale bien lo que siempre sale bien, resulta conveniente abstenerse de intentar lo que podría salir mejor, y lo que sale mal se hace como que no es tan grave.

​Dada la importancia que reviste en la historia reciente del país, de esta ciudad y de muchos de sus habitantes, siempre es de desear que la FIL prospere (y no nada más crezca), sobreponiéndose a lo consabido y reinventándose más decididamente en cada nueva edición. Valdrá la pena, tanto por el libro, esa materia un tanto insólita en los tiempos absurdos que corren, como por los lectores, esa especie que resiste y cada año acude con renovada disposición para el descubrimiento y la maravilla, y por cuya felicidad la feria ha hecho tanto.

Publicado en el suplemento perFIL de Mural, el viernes 23 de noviembre de 2012.

 

 

Mayores informes

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Foto: Foto: ©FIL Guadalajara/Michel Amado Carpio

Hay gente que me pregunta cuándo es la FIL; supongo que no es tan anómalo, como no lo es que también haya quienes ignoren cuál es el invitado de este año. A menudo me piden informes sobre horarios, costos, maneras de ingresar gratis («¿Dónde regalan los gafetes?») y, para mi espanto, más de algún habitante de esta ciudad me ha dicho que no sabe dónde es. O qué es, qué hay, de qué se trata. También es costumbre que cada año me vea interrogado sobre el programa: quién viene, quién no viene, a qué valdrá la pena asistir, qué actividades no hay que perderse; o bien me piden datos específicos: a qué día y a qué horas y en qué salón va a presentarse el libro de Fulano (casi debo saber de qué humor andará Fulano para dar autógrafos). Cuánto cuesta el estacionamiento, cuáles son las fechas en que el acceso está reservado para los profesionales, si va a haber nuevamente venta nocturna, cuándo tiene lugar la invasión de estudiantes para no ir, si irá a hacer frío. Qué libros recomiendo comprar («¿Y sabes si van a estar más baratos?»). ¿Y cuánto dura? (Pasado el domingo 2 de diciembre, seguro no faltará quien me suelte: «¿A poco ya se acabó? Yo ni me enteré»).

Lo anómalo es que yo tenga respuestas prácticamente para todas estas dudas. En el libro que se publicó por los 20 años de la FIL viene la foto panorámica de una inauguración en la que alcanzo a salir —habrá sido una de las primeras ediciones, quizás en 1989; de 1987 tengo el recuerdo más bien borroso de que fui acarreado, como todo preparatoriano de la UdeG, y de 1988 sólo sé que fui porque, como hasta la fecha, no pudo ser de otra manera—; el caso es que, en este cuarto de siglo, ahí me la he pasado cada año. Por eso me dan cierta envidia quienes llegan por primera vez, y se pasman al descubrir la magnitud de la feria y la cantidad de cosas que suceden en ella; sin embargo, afortunadamente cada vez he tenido ocasión de refrendar un asombro parecido, y me figuro que lo mismo le sucederá a todos los otros visitantes consuetudinarios que estarán de acuerdo conmigo en que nuestra vida en Guadalajara habría sido muy distinta de no haber existido nunca esto.

Pasmos y figuraciones aparte, la edición que comienza mañana tiene atractivos suficientes para ir a renovar el disfrute de las primeras veces. En particular, confío en los que reunirá la presencia de Chile, no sólo por lo que ha anunciado que se propone y por el contingente de autores que trae, sino desde el antecedente de la vez que ya estuvo: una de las mejores ferias que recuerde. Igual con los otros programas, por mucho que no sea fácil hallar algo radicalmente diferente de las ediciones pasadas. Finalmente, los libros ahí estarán, y eso nunca puede estar mal. Por lo demás, incluso dentro de lo consabido y lo predecible ciertamente se puede esperar siempre la felicidad de un hallazgo: un título largamente buscado o insospechable, un autor nuevo, un camarada de ésos que sólo ahí se encuentra uno. Así que aquí estaremos (se dan informes, también, pero nunca está de más echarle un vistazo diario a la cobertura y la agenda en este suplemento), en la FIL de este 2012 y en esta columna, que ya alcanza nueve años.

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL de Mural, el viernes 23 de noviembre de 2012.

 

Más libros

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Otra vez tenemos déficit de libreros. Sucede periódicamente: cuando ya hay alteros de libros ocupando zonas de la casa que conviene tener medianamente despejadas de estorbos (el piso, por ejemplo), o cuando ya se alinean en dobles o triples filas en las agobiadas tablas de la biblioteca que se extiende por la sala, el comedor, el estudio, los cuartos, la repisa arriba del retrete, los compartimentos superiores de los clósets, las bandejas de la mesita de la cocina y el cuarto de los tiliches, programamos la adquisición de dos o cuatro o seis libreros más, iguales todos: un modelo que ha demostrado ser relativamente fácil de acomodar donde haga falta. Como no parece posible (aunque quién sabe) que lleguemos a tener más libreros que libros, aunque también porque seguramente no nos lo hemos propuesto en serio, nos resulta natural seguir haciéndonos de los primeros; la alternativa, claro, sería dejar de acumular libros. Pero quién va a tener calma para eso.

También podría intentarse una purga: expulsar todos los volúmenes que por diversas razones no deberían estar ahí. Para eso, sin embargo, habría que transigir con la superstición de que los libros tienen que servir de algo. Aunque se suponga que se los tiene para leerlos, nunca es del todo cierto. Ni tampoco hay fundamento en creer que están ahí para consultarlos cuando se necesite (en muchos casos jamás se va a necesitar). ¿Cuántos hay que arribaron quién sabe cómo, que se han aposentado en el mismo lugar durante años sin haber llegado a abrirse nunca, que, por lo mismo, es imposible imaginar qué contienen y que —lo más inexplicable— jamás nos animaríamos a echar fuera? Abundan, claro, los indeseables (por horrorosos, por lamentables, por absurdos), pero misteriosamente gozan de los mismos derechos que los estimables y los indispensables. Es seguro que tras una depuración quedaría a salvo sólo una fracción mínima, pero ¿cómo habría que emprenderla? ¿Dejar sólo los volúmenes más significativos? ¿Y eso qué quiere decir? ¿Tirar todos aquellos que se ignora por qué se tienen? Pero en algún momento lo supimos, ¿no? No se puede confiar en la propia desconfianza: no sé por qué tengo este libro, y por eso mismo debo conservarlo: a ver si algún día lo sé. Por alguna razón, la permanencia de revistas y periódicos puede ponerse en entredicho más fácilmente, y es un alivio. Con los libros es imposible: llegan para quedarse.

Iluso, ya compré un aparato para almacenar libros electrónicos. Otro librero, vaya, que ya está atestándose y, como la otra biblioteca, la tangible, ya va encimándose sobre sí misma, cada vez más intransitable.

 

Hacia la FIL IV

A falta del discurso que era tradición que pronunciara el ganador del Premio FIL en la ceremonia inaugural, misma en la que se le entregaba el galardón, está por verse de qué manera arrancará esta edición que no sea con un mero acto protocolario. Lo que se echará de menos —una de las muchas cosas en que infelizmente no pensaron quienes dejaron que el escándalo Bryce Echenique acabara en lo que acabó— será el acto más relevante de la feria en su carácter de festival cultural, que la honraba tanto como al escritor elegido cada vez. Por mucho que vaya a haber una «sorpresa», el hecho es que todo mundo estará pensando en este premio mal dado y peor defendido, y en el majadero que se lo embolsó y terminó insultándonos a cuantos estuvimos en desacuerdo. Cierto: la FIL es más que esto. Pero esto era parte importantísima de la FIL, sobre todo para los lectores.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 22 de noviembre de 2012.

 

Dignidad

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Aunque sean más enigmáticas las razones de que alguien se dedique a escribir, por lo general causan mayor perplejidad las de quien deja de hacerlo. Hace unas semanas, en una entrevista concedida a la revista francesa In lesRocks (que pasó más bien inadvertida hasta que The New Yorker reparó en el asunto), Philip Roth anunció precisamente eso, que se retiraba y queNémesis sería su última novela. Dos años antes había declarado a la misma publicación: «Si hay una vida después de la muerte y me preguntan “¿Qué quieres hacer ahora?’, respondería: “No importa qué, menos ser escritor’”. Es decir: el hombre ya llevaba un buen rato harto del oficio, y a sus 78 años ha decidido que ya tuvo bastante. Al tanto de que ya se aprestan a sobrevolar su cadáver los fabricantes de su posteridad, ahora dedica su tiempo a preparar el material con que trabajen sus biógrafos, en particular Blake Bailley, el mismo de John Cheever, con quien ya está colaborando: «De todas maneras, el 20 por ciento será falso, pero es mejor que el 22 por ciento». Y mientras relee sus propias novelas, para ver lo qué ha hecho, ha pedido ya a sus albaceas (Adrew Wyllie, su agente literario, conocido en el medio como «El Chacal», y «una amiga psicoanalista») que destruyan todos sus archivos personales tras su muerte: una curiosa emulación de la conducta de Kafka, que encargó a su amigo Max Brod lo mismo —y por suerte Brod no respetó esa voluntad—: ¿por qué no los destruye él mismo?
            El hecho es que Roth ya ha puesto el punto final, y aunque sus lectores podamos deplorar la decisión, pues todavía sus últimas entregas mostraban un vigor literario sorprendente (Indignación, una de las novelas recientes, es magnífica), seguramente también tendríamos que verlo como una demostración de dignidad: eso que, como la congruencia, es un bien tan escaso entre los autores que, por razones menos o más válidas, han alcanzado las cumbres inhumanas de la celebridad. Él sabrá de qué se abstiene, y qué libros, acaso indignos del conjunto de su obra, sencillamente no tienen por qué existir. En aquella entrevista de 2011 le preguntaron a Roth qué consejo le daría a un escritor debutante: «Que deje de escribir», contestó. Cuántos deberían tomar nota, sean debutantes o no.

Hacia la FIL III
Es de esperarse que la presencia de Chile aporte mucho de lo mejor que se encuentre en el programa literario de la feria, pues, fuera de eso, imperará el déjà vu: al margen de los apartados específicos (letras europeas, brasileñas, etcétera), la comparecencia del contingente nacional de autores admite muy pocas variantes. Ahora bien: más allá de los temas chilenos ineludibles (Parra, Neruda, Mistral, Bolaño y, claro, Condorito), valdrá la pena asomarse adonde estén los autores nuevos: en particular, a mí me interesan tres narradoras asombrosas: Claudia Apablaza, Andrea Jefatnovic y la ganadora del Premio Sor Juana, Lina Meruane, firmantes de obras insospechables y, estoy seguro, memorables.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 15 de noviembre de 2012.

De ocasión

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Frecuentemente paso delante de una librería de viejo, y aunque rara vez he entrado —a causa de las malditas prisas, pero también porque me basta echar un vistazo a la vitrina para suponer que no habrá muchas probabilidades de hallar alguna novedad—, siempre me pega una rafaguita de envidia al ver al dependiente, no sé si será el dueño, instalado detrás de un escritorio, leyendo a sus anchas. Claro: esa envidia luego se disipa cuando considero que su situación no debe de ser muy afortunada: si tiene tanto tiempo y tanto silencio para pasársela leyendo, seguramente es porque ahí no se para un alma. Aunque han de llegar, siquiera, las indispensables para pagar la renta y la luz —y para que el hombre subsista con algo más que letras—, lo evidente es que no puede ser el negocio más próspero del mundo. Y sin embargo ahí está, funcionando tenazmente, a disposición de nuestra voluntad de entrar y hacer un hallazgo —creo que nunca he salido de una librería de viejo sin haber comprado un libro, o al menos sin las ganas de volver por una maravilla, que luego nunca vuelvo a encontrar—, y a expensas de nuestra curiosidad, que es en realidad su único sustento.
            Cuento esto porque mañana en la tarde se inaugura la tercera Feria del Libro Antiguo y Usado, en los portales de la Presidencia Municipal de Guadalajara. No se instalarán sólo los integrantes de la Asociación de Libreros de Guadalajara, sino además otros expositores venidos de la Ciudad de México, y tienen también un programa de actividades culturales que conviene revisar (yo me lo hallé en el perfil de Facebook de la librería El Desván de Don Quijote). Otros años he comprobado que esta feria cumple de modo inobjetable el fin sencillísimo de poner libros en el paso de la gente, en la calle: la gente, así, no tiene más que toparse con ellos, lo que es de suyo insólito en este país en que la mayoría de los habitantes jamás ha puesto un pie en una librería o en una biblioteca. Y entonces pasa lo insospechable: los libros se van con quienes se los encontraron. Así de simple y así de increíble. No escasearán las oportunidades, eso es seguro. Así que habrá que ir.

Hacia la FIL II
«¿Y quién viene?»: es la pregunta que escucho más repetidamente cuando la FIL sale a la conversación. Según yo, esto demuestra que la feria está en la atención de la gente en función de las «personalidades» que trae: a quién se le podrá pedir un autógrafo, oírle una conferencia, sacarle una foto, arrancarle un mechón de pelo. Y las expectativas se moldean de acuerdo a la nómina de famosos que será posible encontrar. Por ejemplo: si a esa pregunta se responde que no viene Rubem Fonseca, que se rumorea que podría estar Salman Rushdie, o que Danica McKellar (ajá, la Winnie Cooper de Los años maravillosos) estará en un coloquio científico (¡ajá!), ya nos podemos ir haciendo una idea de lo que será nuestra vivencia de la FIL esta vez.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 8 de octubre de 2012.

Congruencia

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Mientras en México los premios literarios cuyos montos proceden de recursos públicos se obsequian a quienes no los merecen (como el bribón Bryce Echenique, que ya podrá tomarse un descanso y no sufrir cuando nada se le ocurra y tenga que despachar un artículo: hambres no va a pasar por un buen rato) o a quienes no los necesitan (como el Nobel Vargas Llosa, a quien maldita la falta que le hacía el Carlos Fuentes), en España pretendieron darle uno a alguien que ya había anunciado que no lo quería. Al rechazar el Premio Nacional de Narrativa a su reciente novela Los enamoramientos, Javier Marías explicó que lo hacía por el afán de ser consecuente con una postura que había anunciado años atrás, la de no recibir estímulos del Estado. Inclusó contó cómo alguna vez, al tanto de que compañeros suyos de la Real Academia Española planeaban postularlo a dicho galardón, tuvo que convencerlos de que no lo hicieran. Ahora se emperraron y, claro, los mandó por un tubo.
            Es una decisión que puede ser interpretada de diversas maneras: como un acto político (si bien Marías ha dicho que habría hecho lo mismo sin importar quién estuviera en el poder), como una afirmación de la dignidad del oficio (ha dicho que el Estado no tiene por qué pagarle por un trabajo que él eligió desempeñar), como un gesto de arrogancia (el colombiano Héctor Abad Faciolince escribió, hace unos días, que Marías es capaz de desdeñar hasta una mermelada que le prepara una lectora devota, y de hacerle saber por escrito que no vuelva a intentar dársela). Pero sobre todo es una demostración de congruencia, esa virtud tan rara que, cuando se manifiesta, resulta casi incomprensible, tal vez porque a menudo se la confunde con la terquedad, o porque resulta más conveniente hacer pasar por flexibilidad lo que en realidad son volantazos y canjeo de unas posiciones por otras (bien recuerdo a aquel escritor que en 2006 estuvo encabezando los mítines en el Zócalo contra la elección de Calderón, y que, un año más tarde, lejos de hacerle ascos al premio que éste le entregó, tuvo a bien decir: «Es un honor recibir este premio de manos del Presidente Felipe Calderón»). Ejemplar, Javier Marías —aunque ¿quién, en un territorio tan propicio para el desfiguro como el de los megapremios, podría seguir ese ejemplo?

Hacia la FIL I
A un año de haber hecho un memorable ridículo en su paso por la feria, Enrique Peña Nieto tomará posesión de su cargo un día antes de que acabe la edición de este 2012. ¿Llegará a venir alguna vez a la FIL? No parece probable —aunque a lo mejor ya tendrá asesores más duchos, que le pasen tarjetitas con títulos de libros. Quién sabe cómo incidirán los reacomodos de la administración federal en la vida de la feria; por lo pronto, ojalá deje de ser pasarela para los políticos que básicamente vienen a estorbar: los libros, ya quedó claro, no son lo suyo. 

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 1 de noviembre de 2012.

Alivio

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«¿No que no, babosos?», declaró el señor al ver que la transferencia electrónica de 150 mil dólares ya henchía su estado de cuenta. (O, si no lo declaró, sí lo pensó, muerto de risa).

Aunque el escándalo en torno al Premio FIL 2012 hizo daño a la feria, como reconoció hace unos días su presidente, Raúl Padilla, también es cierto que tal perjuicio está lejos de aniquilarla: en parte porque habrá forma de repararlo, por ejemplo rectificando los modos en que se conforman los jurados del premio en cuestión y los lineamientos de su actuación (transparentando lo más posible los criterios para elegirlos, pero también los criterios por los que se rigen al deliberar y tomar sus decisiones); en parte porque la feria es, en cierto sentido, un bien común que nos importa a muchos, y sigue y seguirá siendo una ocasión excepcional de resistencia ante la barbarie imperante: como festival cultural, como centro de negocios en torno al libro en Iberoamérica (su función principal), como una de las iniciativas más relevantes que haya sacado adelante una universidad pública en la historia reciente de este país —con todos los peros que se le puedan poner, empezando por las condiciones de precariedad que prevalecen en la vida de la Universidad de Guadalajara.
            Por otro lado, la serie de desatinos que comenzó con la elección de Alfredo Bryce Echenique y terminó (parece que ya terminó) con la obstinación de desoír todas las voces que se alzaron en contra, anunciando que el diploma se le llevará a donde él quiera (el señor quiso recibirlo en París) y que se le hará la transferencia electrónica de los 150 mil dólares a su cuenta (no va a tener ni que molestarse en ir al banco a cambiar un cheque), quedará (ya está quedando) como un episodio destinado al olvido. Se han suprimido del programa de actividades de la feria las que protagonizaría el novelista, y no parece que vaya a haber más repercusiones: no veo a ninguno de los autores más conspicuos que objetaron el premio (Juan Villoro o Alberto Ruy Sánchez, pongamos) cancelando su participación como forma de protestar: ¿la mucha indignación es nomás tantita? Leí la pormenorizada investigación que publicó Nexos sobre el modus operandi del peruano como ratero impenitente («En el taller de Bryce Echenique», de Fabiola Ramírez Gutiérrez): está muy bien, pero sirve sólo para documentar una carrera de fechorías, no para revertir lo que ya ha sido y quedará apenas como anécdota sin consecuencias, cosa que sin duda tuvieron en cuenta Julio Ortega, Jorge Volpi y compañía, por mucho que no hayan calculado la resonancia que alcanzaría su irresponsabilidad.
            Harto del tema, hace un par de semanas me metí mejor a leer Un mundo para Julius, la celebradísima novela de Bryce Echenique, parte emblemática de la obra que, según quienes juzgan improcedente meter en el mismo costal a la literatura y al periodismo, hace de este autor un merecedor indisputable del Premio FIL. Bien, pues me pareció una absoluta porquería. Qué alivio que nos hayamos librado de la monserga que habría sido ver a este escritor festejado por todo lo alto en la feria.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 25 de noviembre de 2012.

Megapremios

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Mi reacción inmediata al saber quiénes han ganado los tres megapremios literarios anunciados recientemente (el FIL, el Nobel y, hace unos días, el Carlos Fuentes) ha consistido en preguntarme: ¿no había nadie más? Mi respuesta, también inmediata, a esa reacción, ha sido: claro que sí, siempre quedará alguien que, pudiendo haber sido distinguido, habrá sido desdeñado por el jurado de cada galardón. Alguien, quiero decir, con más méritos evidentes. Pero Alfredo Bryce Echenique, Mo Yan o Mario Vargas Llosa, por célebres e incluso buenos escritores que puedan ser (a veces los premios le atinan), fueron las elecciones misteriosas —las deliberaciones necesariamente tienen carácter confidencial— que tres puñados de individuos hicieron en nombre de las instituciones que les confiaron esas tareas. Y a quienes no formamos parte de esos puñados sólo nos queda conjeturar qué pudo moverlos: cómo razonaron su decisión, qué motivaciones convenencieras, políticas o comerciales pudo haber detrás de sus razonamientos, qué tan determinante pudo ser su ignorancia o su irresponsabilidad.
            Dicho de otro modo: ¿qué tenían en la cabeza quienes firmaron las actas? Por lo que toca al jurado del Premio FIL, al menos dos de sus integrantes, Julio Ortega y Jorge Volpi, han ido revelándolo al pronunciarse sobre el escándalo que propiciaron: desentendidos del hecho de que su gallo sea un delincuente (plagiario reincidente, denunciado y sancionado: mentira que, como él ha alegado, la justicia de su país lo haya resarcido), lo que menos ha llegado a preocuparlos ha sido el daño causado con su proceder y su empecinamiento: al premio y su tradición, a sus auspiciantes, a la Feria Internacional del Libro y a la Universidad de Guadalajara que la organiza. Se quejan de una «campaña» contra Bryce Echenique, pero a su vez están haciendo una para recabar apoyos a su desfiguro, con lo que aseguran que el Premio FIL termine por ser ya no un hazmerreír, sino una auténtica sinvergüenzada.
            Respecto a los suecos que eligieron al novelista chino, los imagino enfrascados en conseguir la mayor perplejidad con su anuncio. Falta leer a ese autor, claro, pero da la impresión de que el Nobel busca, ante todo, eludir lo previsible, y que por ello se ha vuelto un premio absolutamente irrelevante —salvo para sus ganadores y los editores de éstos, claro. Y en cuanto al Premio Carlos Fuentes, éste sí cantadito, ya demostró ser el alarde de frivolidad que se sospechaba: inútil para los lectores (al menos la elección de los suecos propone un descubrimiento), será sólo ocasión de ostentación para un Estado que por lo visto no sabe en qué derrochar. ¿A quiénes sirven los megapremios? A quienes los dan y a quienes los cobran (y a sus editores): los lectores ya podríamos ir aprendiendo que la literatura vive de otros modos, a solas con nosotros y al margen de baladronadas, enigmas y disparates.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 18 de octubre de 2012.

Resistencia

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Viajar por México supone encontrarse con variaciones de grado del desastre y su repercusión en la vida cotidiana. De lo malo a lo pésimo, pasando por lo peor. Estos días me tocó visitar una de las regiones del país en que la realidad se ha ensañado más, convirtiendo lo que tendría que ser la capacidad de asombro de la gente —el estupor ante la barbarie— en la constatación de un espanto sostenido, instilado incluso en el habla y en cada acto que se tendría por normal si no tuviera lugar en este presente delirante: ir por la calle, por ejemplo (las calles empiezan a quedar desiertas a las ocho de la noche). El habla: el sujeto está implícito en las oraciones («vinieron», «se quedaron», «son los dueños», «se hace lo que quieren», «dicen que lo mataron», «cómo van a reaccionar», «me pusieron la pistola en la cabeza»), no se lo nombra porque no hace falta, o bien por una precaución instintiva: se habla en voz baja, así vaya uno platicando en el coche. ¿Delante de la mira de cuántas armas se cruza en el transcurso de una mañana? Al llegar, antes de salir del estacionamiento del aeropuerto, ya había contado tres, con sus enmascarados correspondientes en los convoyes que recorren como gusanos esta podredumbre: manzanas y más manzanas de negocios abandonados en las que lo único que progresa es la desolación: una ciudad en ruinas, aunque apenas tenga poco más de cien años. En Guadalajara acaso pensemos que vamos acostumbrándonos al sobrevuelo ominoso de los helicópteros: aquí queda claro que es algo a lo que resulta imposible acostumbrarse.
            Vine a dar un taller de ensayo literario, en un admirable centro cultural animado por ciudadanos que desde hace años se han empeñado en sostenerlo (profesores de instrucción básica sindicalizados, pero abiertos a la participación del público en general). Entre otras actividades, tienen una sala de lectura, un taller de grabado, organizan cursos, conferencias. Lo normal, es decir, lo insólito: la gente reunida en torno a los libros, a la música, al estudio, al arte, pero en un espacio al que no se sabe si se va a llegar o del que no hay modo de asegurar que se va a volver. Mientras conversábamos —sesiones emocionantes, gracias al entusiasmo de los participantes, a su interés auténtico, a la agudeza de sus lecturas y de sus comentarios—, experimenté una extrañeza irresistible: ¿no era descabellado que estuviéramos allí hablando de Paz, de Montaigne, de Brodsky, de Swift, de Chesterton, enmedio de la locura imperante? Sí, y justo por eso es que había que estar allí: porque en esas reuniones se encuentra la que seguramente sea la sola forma de resistencia a nuestro alcance, la que sin duda va a lograr que algo se salve. De modo que la cultura es esto, a fin de cuentas, y que para esto sirve: ahora vengo a enterarme. Este país depravado y horroroso, increíblemente, también es el país de esta gente que lee, conversa, disfruta y sueña y ríe.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 11 de octubre de 2012.

Melodrama

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(Como ya es un fastidio andar viendo el retrato de Bryce por todos lados, 
mejor pongo esta fotito).

Parece que hay tres finales disponibles para el melodrama suscitado con la designación de Alfredo Bryce Echenique como ganador del Premio FIL 2012. Uno, el que quizás sea más deseable, consiste en que el peruano termine por declinar: un gesto que sería digno, y hasta elegante, por cuanto significaría poner el respeto a las instituciones que sostienen el premio por encima de cualquier interés personal. Cualquiera que sea la situación legal de este escritor —va resultándole favorable, por lo que él mismo afirma—, el hecho es que su nombre y su prestigio están al menos en entredicho, y que vistas las evidencias de los plagios de que se le acusa —y que Bryce ha llegado a reconocer, explicándolas como descuidos, en algún caso imputables a su secretaria, pero sin disculparse jamás ni con sus lectores ni con los autores agraviados—, también el prestigio del premio, y el de los integrantes del jurado, va quedando preocupantemente maltrecho. (Tras la crisis que atravesó el Premio Xavier Villaurrutia a principios de año, la renuncia de Sealtiel Alatriste puede entenderse como la ocasión inmejorable para replantear sus fines y sus mecanismos: qué honor tan dudoso habría acabado siendo en adelante el Villaurrutia si Alatriste lo hubiera recogido).
            El segundo escenario, también deseable pero menos probable, es que la organización del Premio FIl encuentre la forma de revertir su elección. En la carta abierta que Sergio González Rodríguez publicó esta semana al respecto hay argumentos para reconocer que no es imposible. El mensaje que las instituciones convocantes enviarían, de rectificar así, sería de responsabilidad con la tradición que la concesión de este galardón ha ido robusteciendo —aun cuando se trate de una tradición algo dispareja, dados los altibajos en la calidad de las obras de quienes lo han ganado, pero la historia de todo premio es más o menos chipotuda.
            Y el tercero, el más seguro, es que Bryce venga, cobre y siga tan orondo, recuperando, gracias a las astucias legales de su abogado, los montos de las multas que la justicia peruana le ha hecho pagar. Que el dinero es algo que le importa mucho, como se desprende de un correo electrónico que el crítico Julio Ortega, integrante del jurado, hizo circular hace unos días, y donde constaba una declaración de Bryce: «INDECOPI, la institución peruana que defiende los derechos de autor, me ha devuelto con intereses la multa que me impuso». Ni una palabra sobre su honorabilidad ni sobre la integridad de su obra, mucho menos sobre su probidad intelectual y artística: lo que él pelea es que le devuelvan la lana, y que no vayan a dejar de darle la que acaba de ganarse. (Ortega, su escudero, envió el correo a «amigos» —los remitentes estaban a la vista; a mí me llegó de rebote—, y, tras dolerse hablando de «sacrificios humanos», incurría en esta comparación: «El hecho es que nadie acusó a Gide de inmoral cuando le dieron el Premio Nobel». De ese nivel está el juicio del jurado). El melodrama sigue: ya veremos en qué para.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 4 de octubre de 2012 2010.