Juan José Arreola: el hombre en la tormenta

comentarios (0)

El Liberty navega de Nueva York a Francia. Aunque originalmente fue usado para el transporte militar, terminada la Segunda Guerra Mundial ha sido convertido en un buque mercante y de pasajeros, si bien éstos tienen que hacinarse en las cabinas/cuartel que alojaron antes a los soldados, de tal modo que la travesía dista mucho de ser placentera. Entre los viajeros se cuenta un joven mexicano, que antes de abordar ha cruzado Estados Unidos en tren, gracias a los amigos que le prestaron o regalaron dinero para la aventura. Un viaje largo: había salido desde Guadalajara, semanas antes, y le faltan varias otras para alcanzar su destino final: el teatro de la Comedia Francesa, en París, donde quiere convertirse en actor. Ya al momento de zarpar, el joven se ha dado cuenta de que el agua no es su elemento: zarandeado por un mareo terrible, a duras penas consigue recorrer los intestinos del barco hasta llegar a su litera, donde el malestar se recrudece. En las literas hay correas para que los pasajeros se aten y no salgan disparados debido a las sacudidas de la navegación; el joven se abrocha los cinturones y se repite: “Tienes que aguantar, aquí te mueres pero te callas”...

Para seguir leyendo, pásenle por favor al nuevo número de Magis, que está bastante sabrosón.

Honores

comentarios (0)

Los prefectos de la secundaria, imagino que avalados y hasta alentados por el director (o más bien por el subdirector, ahora que lo pienso: no sólo era más bravo, sino además rencoroso y pendenciero), rondaban con celo las filas de alumnos formados en cuadro alrededor del patio principal, con tal de pillar in fraganti al payaso, al platicón, al guandajo que no hiciera bien el saludo o, sencillamente, al pájaro de cuenta que ya traían entre ojos y que, a su juicio —por lo general sumario y sañudo—, merecía escarmiento. No fallaba: siempre conseguían arrastrar al menos a dos o tres para hacerlos ir junto al asta, donde debían permanecer expuestos ante la inevitable burla de la escuela completa. Quizás la sanción venía acompañada de una de las dos penalidades más temidas en esos días ingenuos: un reporte, o peor, un citatorio (con tres reportes, creo, se ganaba uno un citatorio: a los padres, se entiende, para que comparecieran por las fechorías del retoñito); en todo caso, la vergüenza estaba garantizada... salvo para los más audaces o más cínicos, que perfectamente podían estar orgullosos de ir acumulando esas distinciones.
      Así, el componente emocional de las ceremonias de honores a la bandera era, fundamentalmente, el miedo a la reprensión y al oprobio. Como otras tradiciones nacionales alentadas por la educación básica —hacerles altares de basurita a los muertos, perpetrar adefesios artesanales para regalarles a las mamás en su día—, la de manifestar veneración y fidelidad a la enseña patria estaba desprovista de explicaciones, pues (supongo) se daba por hecho (y supongo que se da todavía) que todo mexicano las traería inscritas en el alma desde el momento de haber nacido como tal, y que no hace falta razonarlas. Llegada la hora, cada lunes, sabíamos que teníamos que formarnos, saludar, cantar el himno, saludar otra vez, y luego ir a burlarnos de los que habían sido castigados, y eso era todo. (Cómo es la memoria pertinaz en la preservación de las maldades: bien que recuerdo a un viejo profesor de «artísticas», apodado «El Kabubi» —era jorobadito—, que se paraba encantado de la vida también a medio patio, dizque a dirigir los cantos haciéndole así con las manitas; además la escuela tenía su propio himno, compuesto por él.... O esto: una vez estuvimos en riesgo de ser sancionados en masa, pues pasó lo inevitable: torturado por semejante ansiedad, un compañero nomás no se aguantó, y tuvimos que romper filas para que el arroyito no nos tocara, al tiempo que iba corriendo también el susurro a la vez alarmado e hilarante: «¡Cecilio se mió!»). Los integrantes de la escolta, todos de cuadro de honor (otra forma de opresión), se ausentaban de varias clases con tal de practicar sus pasos —y, desde luego, nomás por eso los envidiábamos. No sé si tuve mala suerte, pero ésa fue la forma de educación cívica que alcancé a recibir. Y me temo que mi caso no es raro, y que la cosa más o menos ha de seguir así.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 24 de febrero de 2011.

Hélas !

comentarios (0)

La imagen es de una representación de la ópera Santa Anna, de Carlos Fuentes,  en la que la Guerra de los Pasteles se libra, literalmente, entre pasteles que se avientan de pastelazos. Neta.

Nunca me ha tocado estar en un Año de México en ningún lado... como no sea en México, supongo. No sé si habrá habido alguna vez otro Año de México aparte del que, por lo visto, ya se cebó en Francia: ¿Año de México en Aruba? ¿Año de México en Libia? ¿En el Gabacho, siquiera? A mi ignorancia debo sumar las preguntas que es incapaz de responder mi pedestre imaginación: ¿como para qué servirá una cosa así? ¿Cómo se concibe? (Bueno, se sabe que la idea habría brotado de la simpatía mutua entre los jefes de Estado mexicano y francés, es decir: se les ocurrió a sendos gatos suyos, y luego aquéllos salieron a anunciar la celebración ensalzándola como una muestra recíproca de buena voluntad y blablablá). ¿Cómo se diseña? ¿Qué razonamientos dirigen la elección de los «representantes de la cultura nacional» a los que se invita y se paga para que viajen y formen parte de un programa de esta naturaleza? ¿Y los dineros, cómo se decidirán? Y los resultados, ¿hay algún modo de medirlos? Más allá, quiero decir, de las cantidades de franceses que se hubiera pretendido meter a oír por enésima vez a Carlos Fuentes; si el propósito era, como dice la Secretaría de Relaciones Exteriores al informar que México se retira con todo y canicas, «permitir al público francés conocer la diversidad y riqueza del patrimonio cultural de México y su dinamismo creativo», ¿cómo se sabe qué tanto ese público aprovecha el permiso y llega a conocer lo que se le pone delante? Y, en resumidas cuentas, ¿qué se ganaría con eso? Porque algo ha de ganarse, quiero creer. Nomás que no queda nunca claro qué.
       Bueno, ya sé que se privará a los franceses de una exposición de Rufino Tamayo, por ejemplo, y que en estas celebraciones megalómanas siempre termina habiendo algo que valga la pena —malgré tout, empezando por los organizadores. El problema es que algo como esa expo de Tamayo sólo parezca posible en la medida en que se enmarque en el capricho de Estado, la ocurrencia diplomática y la mezcolanza ineludible de cultura y promoción turística que suele caracterizar a semejantes inciativas de representación de México en el extranjero —que son, por lo demás, turismo para un puñado de agraciados, generalmente residentes en el Distrito Federal y generalmente los mismos de cada vez. Adornos para gobiernos que tienen poco o nada que presumir, como los actuales de Francia y de México; ocasiones de lucimiento en que menudean la frivolidad y la chapuza, y si algo sale mal, como que un presidente se emperre en no dejar emperrarse al otro: desencuentro, desazón (sobre todo en quienes no gozarán del tour), brotes de chovinismo de un lado y otro, resurrección de rencores (hay quien está viendo una reedición de la Guerra de los Pasteles), y tiempo y dinero desperdiciados —mientras, por ejemplo, no hay razones para creer que hayan mejorado las estadísticas que el Conaculta dio a conocer a fines del año pasado sobre las deplorables condiciones de la cultura en el país. Ya qué. ¿No querrán hacer el Año de México en Francia en México?

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 17 de febrero de 2011.

Cierta GDL

comentarios (2)
El silbato del tren en la noche. La súbita irradiación de las primaveras por La Paz. El local de Helados Bing frente a la Fuente Olímpica. Las morelianas en el Agua Azul, cuando se celebraban ahí las Fiestas de Octubre. Los Colomos. Franco. El silencio que va estrechándose por la calle Zaragoza, desde Reforma y hasta Manuel Acuña. El pasaje a la Luna al cruzar las vías en la colonia Morelos. El olor a alcanfor en la Antigua Farmacia Jalisciense, por Pedro Moreno. El cielo vertido en la alberca del Club Guadalajara. La Puerta Amarilla. Mayco. Circundar en patines la fuente al centro de la arcada, junto al templo de San Francisco. Los pasadizos que serpentean sobre los ríos de coches en Los Cubos. Un restaurante campestre que había en Obregón y ¿la 60? (existe todavía, parece, pero ya no existe). El cerro detrás de la Barranca. Maxi. Las fuentes del Parque de la Revolución. El olor del café tostándose en la esquina de Santa Mónica e Independencia. Plaza del Sol. El circo en La Normal. El apogeo inesperado de las jacarandas. La birria de pollo del Batán. El cielo vertido en las albercas del Deportivo Morelos. Los paseos a caballo en el camellón de Lázaro Cárdenas. Las torres vecinas a Plaza Patria. Las eles amarillas del Parque González Gallo. Chalita. Las Nueve Esquinas. Más parques: Ciudad de Guatemala, Italia, Walt Disney. Las serenatas en la Plaza de Armas. Las bolsitas de cañas en el Santuario. La altura insuperable del Condominio Guadalajara. Tío Carmelo. El Sanborn’s de Tepic (es decir: de Francisco Javier Gamboa y Vallarta). Las nieves de San Antonio. El zoológico de arbustos en la Plaza de la Bandera. Más parques: Liberación (¿un lago?), Alcalde (el invernadero, el reloj floral, las lanchas), el zoológico de concreto en el Parque Morelos (también ahí: un faquir enterrado vivo, se podía verlo por un cristal). El tianguis del Mercado Alcalde. La calle Parque Juan Diego. La Muñeca. El olor de las especias por Santa Mónica. Cafés que ya no existen, pero de algún modo: Brasilia, Treve, Málaga. El Nuevo París. El Cine Latino (y el Tonallan, y el Colón, y el Gran Vía, y...). La certeza de que el Baratillo es infinito. La vieja central camionera. El Bolerama de Washington. La fuente en Circunvalación y Plan de San Luis. El minigolf en Circunvalación y Prolongación Alcalde. Camarauz. La torre de San Felipe. El trolebús bajo tierra. La certeza de que el Panteón Guadalajara es infinito. Los cines de Plaza México (y el Versalles, y el Cinematógrafo, y el Greta Garbo, y...). Un billar en Javier Mina. Cafés que todavía: San Remo, Madrid, Madoka, el VIP’s de la Glorieta Colón. La casa china en Guadalupe Zuno. El templo de Huentitán. El jardín de Analco, el otro jardín de Analco, el de Aranzazú, el del Expiatorio, con la estatua de Cuauhtémoc. La estación del ferrocarril. El Parque Mirador. Las Sombrillas. Un parque con cisnes o patos en la Calzada Independencia. Las rutas de camiones organizadas por colores. Los subterráneos de Juárez y 16 de Septiembre. Etcétera.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 10 de febrero de 2011.

Canal 44

comentarios (1)
La Universidad de Guadalajara ya tiene tele. Para qué, está por verse. Y por verse en la tele, principalmente: conforme vayan teniendo lugar las transmisiones y sea posible hacerse una idea de la programación, de los propósitos que con ella se persiga, de los alcances que tenga y de las formas en que el público responda a lo que vea. No es del todo impropio que una institución pública de educación superior se haga de una presencia en ese medio (ahí están TV UNAM o el Canal Once del IPN); al contrario, en la medida en que dicho medio sirva para las misiones sustantivas de tal institución (la vinculación con la comunidad, la reflexión crítica, la divulgación del conocimiento, etcétera), es deseable valerse de él, y hasta ya nos habíamos tardado. Pero no pueden soslayarse las particularidades del caso a la hora de imaginar lo que podrá ser y lo que en realidad será, pues se trata de una universidad cuyas condiciones de existencia —de subsistencia— están determinadas por una historia accidentada, por las peculiares formas de su gobierno (las formas oficiales y las oficiosas: los «liderazgos» morales a los que se pliega el conjunto de la comunidad universitaria) y por las inveteradas inercias que malamente rigen su funcionamiento: el imperio irresistible de la burocracia, la tergiversación sostenida de las prioridades, la primacía del utilitarismo político sobre cualesquiera otros fines que, se supone, debería observar una institución de esta naturaleza, la frivolidad, el despilfarro conviviendo cotidianamente con la precariedad, etcétera.
    Cabe esperar lo mejor: no hay por qué no esperarlo, pues la UdeG es, además de todo lo anterior, una realidad dinámica en la que abundan el talento, la responsabilidad, la voluntad crítica y la imaginación. Ahora bien: no hace falta ser expertos para suponer que la buena televisión cuesta, y que merecer, conservar y estimular la atención del público (crear un público, de hecho, y buscar que crezca) es un trabajo complejísimo, sobre todo en el tiempo y las circunstancias que corren —otra cosa sería si este canal hubiera surgido dos o tres décadas atrás, en esa prehistoria en que no existía internet y la televisión por cable parecía una patraña de las películas gringas. Eso me da mucha curiosidad: ¿cómo está asegurándose, en esta empresa, el interés de los televidentes universitarios, pero además de los televidentes en general? Es de esperarse que los contenidos sean de calidad, pero además que tengan pertinencia, oportunidad y buen gusto... Y, aun cuando se cumpla eso, ¿por qué no habría de cambiar de canal, yo que soy no nomás televidente, sino universitario también? Ojalá que el tedio (que suele definir por principio a la televisión cultural) lo vean como una peste que debe evitarse a toda costa, y que se hagan las cosas en serio, a salvo de chabacanerías, conveniencias chapuceras, improvisaciones y ocurrencias. Entonces estaremos en condiciones de saber para qué le sirve tener un canal de tele a la UdeG.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 3 de febrero de 2011.

Jardín

comentarios (0)
Foto: Mural

El libro y la lectura, qué remedio, nos ha tocado presenciar cómo se convierten en algo distinto, y en el proceso —también: qué remedio— quizás se corra el riesgo de que los entusiasmos o las inercias borren y nos vuelvan perdedizos los recuerdos de un mundo ya lejano, seguramente irrecuperable y en el que ha quedado buena parte de las explicaciones de que hayamos llegado hasta aquí. Algo así he venido pensando, no sin emoción, desde que hace algunos días supe de la muerte, la semana pasada, de Silvestre Macías. Por esto: sin el empeño admirable de este librero en sostener su librería, sin la buena fortuna de que tal librería (Jardín de Senderos) me admitiera con mis ignorancias, mis perplejidades, con las búsquedas que ni siquiera era capaz de formular, y sin los felices hallazgos a que me condujeron esas búsquedas, mi historia como lector habría sido otra —o, más probablemente, no habría sido.
    Hubo otras librerías, claro: Casarrubias y Font, y las de viejo en el centro (dónde más), la Librería de Cristal en Vallarta, las Gonvill (la de la Rotonda, principalmente). Luego llegaron las que hay ahora, muchas de aquéllas se esfumaron, y supongo que me pasó como a todo mundo: cambié de hábitos sin pensar demasiado en lo que significaría tal cambio. Pero Jardín de Senderos siempre estaba ahí, como un punto de partida, una base a la que podía volver para ver dónde había empezado todo, y siempre podía confiar en que me reencontraría sin falta en ese espacio presidido por las fotos de escritores que al paso de los años iría identificando mejor: una tranquilizadora costumbre que luego sería una peregrinación cada vez más esporádica: me mudé a otros rumbos. Aunque sí me tocó ir al local del Pasaje Variedades, el que mejor conocí fue el de Galeana, y al que hay todavía, el de Enrique González Martínez, sólo he ido una vez, la última ocasión que tuve de saludar a Silvestre. No sé: aunque nunca conversamos gran cosa, me gustaba imaginar que nos contábamos mutuamente como amigos, y también en las ferias municipales del libro era reconfortante dar con su presencia: siempre llevaba lo mejor. (Además tenía razones para profesarle una gratitud particular: cuando, con los amigos, incurrimos en la insensatez, por lo visto inevitable, de editar una revista literaria, Silvestre no sólo aceptó tener ejemplares a la venta, sino que además nos patrocinó comprándonos una inserción publicitaria).
    Ir a una librería, para decirlo con la grosera nostalgia del caso, ya no es lo que era. Lo que era, quiero decir, cuando esa librería era Jardín de Senderos, en la calle de Galeana de los años noventa: cuando tuve la suerte de encontrarme con las mercancías elegidas por un librero como Silvestre, por su estupendo gusto, por su experiencia, y gracias a su inverosímil obstinación en que ese espacio de nombre insuperable existiera y resistiera, como seguirá resistiendo en el recuerdo conmovido, estoy seguro, de cuantos pasamos por ahí.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 27 de enero de 2011.

Héroes

comentarios (0)
No creo que haya fundamento estadístico para afirmarlo, apenas conjeturas suministradas por la vivencia de lo cotidiano —el trato con el prójimo, lo que se oye al pasar, las conversaciones con los amigos o los colegas, el tuiteo o el feisbuqueo, etcétera—: seguramente no habrá mexicano que ignore quién es el Jota Jota, el tipito nauseabundo cuya jeta nos ha sido puesta enfrente noche y día, por todos lados, desde que lo capturaron y tuvo lugar su presentación correspondiente (esas aparatosas puestas en escena cuyo decorado incluye helicóptero estacionado, miles de encapuchados con metralleta, algún funcionariete balbuceante y el loguito de la flor multicolor), aunque en realidad lo hemos tenido presente desde hace prácticamente un año, cuando el balazo que lo lanzó a la fama. (¡Y las preguntas que nos vemos obligados a hacernos!: ¿sí disparó éste, o fue su gato? ¿Y cómo lo agarraron? ¿Y cómo no lo habían agarrado antes? ¿Y cómo estuvo, entonces, que en el baño del bar aquel...? ¿Y qué con la novia colombiana? Etcétera). De Kalimba pasamos a esto, y enseguida brotará alguna nueva atracción, intensificada por la entrevista de rigor a cargo de ese otro sujetito repelente, el reportero televisivo erigido en Fiscal de la Nación, a cuyo guión de preguntas estúpidas ha de someterse todo indiciado antes incluso que a ningún Ministerio Público...
    Viene siendo con estos impresentables personajes como está configurándose el reparto de la historia patria, de modo que sus efigies, sus hazañas y sus destinos serán las claves para que el futuro se haga una idea de lo que pasó con este país. En la primera de las conferencias que serían agrupadas en el volumen De los héroes (1840), Thomas Carlyle clamaba por que la modernidad regresara al culto de las figuras excepcionales que, según su  exaltada y a menudo fanática comprensión de la historia, trazan el curso de la civilización. «Todos amamos a los grandes hombres; los amamos y nos prosternamos humildemente ante ellos, porque es lo que más dignamente nos humilla», escribió. (Borges, que vio en el nazismo «una reedición de las iras del escocés Carlyle», advirtió sobre el peligro que hay en postular «la misión divina del héroe», pues ello lleva a liberarlo de «las obligaciones humanas»). Ubicuos, inagotables, indispensables para un país que cuando no entiende qué pasa va a preguntárselo a Carmen Salinas, los héroes a los que sucesivamente se va profesando veneración —bebemos sus palabras, quisiéramos tocar sus vestiduras, juzgamos milagrosos sus hechos, nos atarea y nos desvela su suerte, nada nos concierne más que el examen de sus explicaciones—, del otro Salinas (Carlos) a la mamá de Paulette, pasando por el incontable censo que cada quien prefiera recordar, y desde luego por el tal Kalimba y el tal Jota Jota, hacen temer que Carlyle tenía razón: el rumbo de la historia depende de este elenco inaudito. Si no, por qué estamos arrodillados ante su presencia divina.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 20 de enero de 2011.

Para quitarse el mal sabor de boca, pueden picarle aquí para encontrarse con este otro Jota Jota, inmensamente preferible: 

Apremio

comentarios (1)

Sólo borrosamente puedo recordar, o imaginar que recuerdo, haberme servido alguna vez del correo postal para sostener contacto con alguien: los amigos viajaban o se habían establecido en lugares suficientemente distantes como para que operara la añoranza, y la única forma de que la comunicación no quedara interrumpida consistía en confiar la conversación a los envíos en que viajaban las deficientes actualizaciones con que buscábamos seguir al corriente unos de otros: tarjetas postales, preferiblemente (pues quizás las imágenes impresas en ellas, más que conferirles el carácter de meros souvenirs, servían para certificar que nos hallábamos en lugares apartados y así constatábamos cómo el mundo se nos iba amplificando), pero también sobres con misivas —hace cuánto que nadie usará esta palabra— por lo general escritas a mano, debidamente fechadas y firmadas, y en ocasiones acompañadas por fotografías, recortes, dibujos... Entre una carta y su respuesta podían pasar semanas o meses: un tiempo que hoy juzgaríamos excesivo en todo caso, pero que entonces parecía natural y justo —seguramente porque se pensaba, o ni siquiera había necesidad de pensarlo, en las distancias que en efecto recorrían esos envíos, en lo accidentado que podían ser sus recorridos, en la consistencia material que tenían.
    Luego, claro, llegó el correo electrónico, y con su velocidad insospechable aquello pronto quedó relegado, pues lo despacioso de la comunicación postal se volvió automáticamente inaceptable. Aunque es comprensible el entusiasmo inicial de quienes presenciamos el cambio, pues cómo íbamos a desdeñar tal inmediatez —y me incluyo en ese plural que abarca los catorce años que tengo de usar el e-mail porque supongo que habrá quienes juzguen impensables las esperas dilatadas de antaño, pues no tuvieron jamás ni tendrán ya oportunidad de experimentarlas—, el hecho es que no podía preverse lo que supondría: no sólo el encogimiento del mundo, y la dificultad extrema de volver a concebir las nociones de distancia con las que nos manejábamos, sino además, y para peor, la imposición de premuras y ansiedades que han hecho de la correspondencia una práctica sobre todo utilitaria y agobiante, indeseable muchas veces y fuente inagotable de desazón y neurosis.
    Claro: muy despistado estaría si a estas alturas comenzara a quejarme de la existencia del correo electrónico, o de sus derivaciones o suplementos que nos ha deparado la sofisticación tecnológica (mensajería instantánea, redes sociales, etcétera). Pero no deja de extrañarse —o a mí me ha dado por extrañar— un tiempo ya inencontrable en el que la correspondencia era, ante todo, una sosegada modalidad de las mejores conversaciones, sin las exigencias de prontitud y sin el barullo odioso (la cantidad de porquerías que uno recibe todos los días) que ensordecen a cualquiera apenas se asoma al buzón electrónico, ese rincón vertiginoso donde lo que no apremia no importa, y por el que lo que importa (la vida, pongamos) va dejándose irremediablemente para después.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 13 de enero de 2011.

Todo

comentarios (1)
El olvido es una región de nosotros mismos a la que cada vez más difícilmente se tiene acceso: un espacio menguante de nuestra historia que podemos abandonar con más prontitud que nunca, pues todos los caminos que conducen a él son inmediatamente vías de escape, y cada puerta que abrimos para ingresar nos devuelve casi en automático a la intempere bulliciosa en la que está todo: todo lo que sabemos o recordamos, y también todas las pistas para que demos, más temprano que tarde, incluso con lo que apenas creemos recordar, por borroso que sea o por mucho que nos enterquemos en suponer que lo hemos perdido. De la nostalgia, que hasta hace relativamente poco era la última estación en el viaje al olvido, queda apenas un cascarón desierto y polvoriento en el que tiene muy poco sentido detenerse, porque además es sencillísimo largarse cuanto antes: ahora sólo se puede tener nostalgia de la nostalgia misma, y seguramente también esta posibilidad quedará clausurada pronto.
    Es lo que me da por pensar con respecto a la música, y en concreto acerca de los modos en que la tecnología actual la pone a nuestra disposición. Recuerdos que se alejan aceleradamente, y que adquieren un carácter entre arqueológico y fantástico, aunque el tiempo que los contiene no abarque más que apenas un cuarto de siglo: el primer disco que compré, por mi gusto y por mi cuenta, a los 13 años (Brothers in Arms, de Dire Straits), en el Gigante de Plaza del Sol, y lo que significó abrir con una uña el celofán, sacar el LP de la bolsita interior, ponerlo en el tocadiscos, colocar la aguja en la espiral diminuta y empezar a escuchar... No fue, en rigor, mi primer tesoro: mucho antes me había adueñado —ni sé si me lo habían regalado, pero no me importó: estaba en la casa— del álbum de Cri-Crí que distribuía Reader’s Digest, con el librito adjunto, y además estaban los casets en los que recolectaba de la radio lo que fuera que me pareciera digno de ser conservado. Ignoro cuánto pasó y cuánto acumulé, en elepés y casets, hasta la llegada del primer disco compacto (The Traveling Wilburys), y luego cómo todo fue acelerándose hasta lo que presencio hoy, cuando no sólo poseo un almacén (el disco duro de la computadora) de capacidad inconcebible, y la sucursal portátil de ese almacén (el iPod que traigo: una semana de música continua), sino además los medios (la conexión a internet) para encontrar lo que me venga en gana, en cualquier momento y al instante, e incluso aunque no sepa lo que quiera hallar: por si no fueran suficientemente abrumadores los catálogos infinitos en línea a los que basta con solicitarles cualquier pieza para que empiece a sonar, hay también sitios en los puedes tararear una tonada para dar con ella de inmediato.
    El estupor que experimento al caer en la cuenta de que está a mi alcance toda la música del mundo es, evidentemente, pueril (¿o senil?). Pero mayor es el de constatar cómo esto apenas es el principio: de qué, quién lo sabe: eso es lo que asusta.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 6 de enero de 2011.

Jericho Road

comentarios (0)

Un conmovedor viaje preparado por Luis Vicente de Aguinaga, en colaboración con el gran Steve Earle: