Dos días

No importaba que no saliéramos a ningún lado: suficiente tenía yo con saltar fuera de la rutina del colegio y las tareas para que esos días los esperara con urgencia, los viera pasar a toda prisa y al final, cuando al tercer lunes ya estaba ahí el colegio otra vez, fueran la razón de una añoranza traducida en un mal humor y un pesar que, para el viernes, ya se habían disipado del todo. (Lo entendemos perfectamente en la infancia, pero luego se nos olvida: los agobios de lo cotidiano y de lo forzoso, como el trabajo o la escuela, son la vida ilusoria, falaz, indeseable, y la vida real transcurre durante las suaves despreocupaciones del asueto). La dicha de esas vacaciones, sin embargo, estaba mezclada con algo que sólo ahora llego a entender como aprensión, y que entonces se manifestaba quizás sólo como un desasosiego creciente, en recuerdo de los años anteriores hasta donde la memoria me alcanzaba, pues al menos dos de esos días venían marcados por la obligación del sobrecogimiento, y no había escapatoria —ni supongo que se me habría ocurrido improvisar alguna—: llegado el jueves sobrevenía un apagamiento paulatino del entorno, y para el viernes había que avenirse bien a las tinieblas y el silencio propios de la ocasión: no podíamos ni prender la tele.
    Ese sobrecogimiento lo facilitaban, desde luego, la asistencia a los oficios y la observancia de algunos rituales, en ambos casos para repasar pormenorizadamente el origen de lo que se conmemoraba, de tal modo que me resultaba sencillo avenirme a las restricciones y las privaciones prescritas (nunca, he de reconocer, tortuosas ni intolerables... o no demasiado), lo mismo que a las «meditaciones» pertinentes, que quizás me conducían antes a la perplejidad y el pasmo que a las consideraciones piadosas que la liturgia seguramente buscaba promover: algunos enigmas, como las Siete Palabras, llegaba a absorberme por entero, sin que pudiera sacar mucho en claro, y lo cierto es que todo, si ponía atención —y claro que la ponía—, era una materia de suyo fascinante, hipnótica, y su vivencia en el recuerdo tendría que tenerla por entrañable de no ser por que entre sus ingredientes se contaban la culpa, el miedo, el dolor de presenciar el cruel asesinato de un hombre y el llanto insondable de su madre. Supongo que, para muchos niños de hoy, seguirá siendo así.
    Lo mejor era la visita a las Siete Casas, y las empanadas. O no: lo mejor era ir a ver una película adecuada: Quo Vadis?, claro, o bien Ben-Hur (el barco naufragaba, los galeotes encadenados a los remos tenían que salvar la vida, uno se amputaba una mano con tal de liberarse del grillete); por distracción, mis hermanos y yo compramos hot-dogs un Viernes Santo en el Cine Latino, y aún conservo rescoldos del remordimiento que tuve cuando caímos en la cuenta. O no: lo mejor era el Sábado de Gloria, cuando mi mamá nos perseguía a cintarazos: que dizque así íbamos a crecer. Era el enigma final, divertidísimo —y, ése sí, entrañable.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 21 de abril de 2011.

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