Autopsias patrias

El domingo pasado, en una ceremonia revestida de impresionante solemnidad marcial, fueron retiradas de la columna del Ángel de la Independencia, en la Ciudad de México, las urnas en las que, se dice —pues las certidumbres históricas son borrosas, y más en este caso—, reposaban desde hacía alrededor de un siglo los restos de doce protagonistas máximos de la gesta independentista. Hasta ahora, cuando los fastos para la conmemoración de los dos centenarios patrios contemplaron esta remoción cuyo propósito consistirá en practicar ciertos análisis a lo que sea que quede de esos restos (polvo, supongo, quizás algunos trozos de hueso): se los trasladó al Castillo de Chapultepec, donde ha sido instalado un laboratorio en el que especialistas del Instituto Nacional de Antropología e Historia los estudiarán durante tres meses, al cabo de los cuales irán (los huesitos) a Palacio Nacional, donde supuestamente los mexicanos podremos pasar a presentarles nuestros respetos. Lo que los investigadores harán, se ha informado escuetamente, es un «análisis de antropología osteológica», cosa que, según entiendo, servirá para determinar qué estatura tenía Leona Vicario, cuál era la edad precisa del cura Hidalgo al momento de ser fusilado, los «caracteres etnogenéticos» de Vicente Guerrero o si hay rastros de alguna enfermedad que hubiera padecido don Andrés Quintana Roo (y lo mismo para los otros exhumados: Aldama, Allende, Matamoros, Mariano Jiménez, Nicolás Bravo, Guadalupe Victoria, Morelos y Mina). También se buscará saber cuáles restos son de quién. Pero hay una circunstancia, de suyo temible, sobre la que han preferido no pronunciarse los promotores de estos «honores» forenses: ¿y si se descubre que estos despojos mortales no son de quienes hemos creído que eran?
       La respuesta obvia es que, de ser así, seguramente no nos vamos a enterar, porque si en México es posible distorsionar con toda soltura las evidencias del tiempo presente (y el desastre nacional, pongamos, es meramente un problema «de percepción»), cuantimás lo que haya sucedido con muertos de hace casi doscientos años. No es que haya por qué dudar del trabajo de los científicos comisionados a esta investigación: más bien, lo que parece indefendible es el sentido de la investigación misma, una ocurrencia que malamente ha perturbado el reposo de los personajes así devueltos a la vida pública: ¿para qué?
       En uno de los dos museos dedicados a su memoria en la capital michoacana se puede descubrir que, entre los efectos personales que el Padre Morelos traía consigo en la víspera de su muerte, había un diccionario francés-español que le regaló Hidalgo; en el otro museo (la casa que él mismo construyó), hay una vitrina que exhibe sus lentes oscuros —sí, Morelos los usaba, fuera por la migraña o por pura coquetería. Estos dos datos, a mi juicio conmovedores, son más emocionantes que los que vayan a arrojar los estudios en curso: ¿no hay mejores maneras de recordar a semejantes personajes que con estas autopsias aparatosas e inútiles?

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 3 de junio de 2010.
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2 comentarios:

Adris dijo...
3 de junio de 2010, 17:26

No pudiste haber expresado mejor los sentimientos de muchos. Reverenda tontería aparatosa a falta de otras cosas qué hacer para conmemorar el Bicentenario de... lo que sea que estemos conmemorando. ¡Saludos!

Eu dijo...
6 de junio de 2010, 10:39

Es que Bones está en la ciudad y hay que aprovechar