¡Vota x Jorge! (Y dale...)

Ibargüengoitia, en los tiempos en que un profesor lo llamaba Ibasconguita.

Puesto que la lectura es, acaso, la última trinchera en la que todavía es posible preservar la soledad creativa, provechosa, calmante o meramente ociosa —un espacio privadísimo donde es posible ponerse a salvo del barullo omnipresente—, y convencido de que las decisiones que uno toma al respecto son de índole personalísima (qué leer, por qué, cómo, con qué fin, e incluso la decisión de no leer jamás), por lo general veo con recelo las iniciativas de promoción que buscan hacer entender que la frecuentación de los libros es cosa buena y deseable. Antes, o al mismo tiempo, tendría que trabajarse por que los libros dejaran de una vez de ser artículos de lujo con precios obscenos, y por que circularan más y mejor (yo no entiendo por qué una de las dificultades más graves que enfrentan editores de libros y revistas en México es la distribución de lo que producen: quien hace panes o zapatos o ladrillos, de lo primero que se preocupa es de que su mercancía llegue a sus compradores, ¿no? Pero parece que es lo último de lo que se acuerdan los editores, y luego ahí andan quejándose, encareciendo todavía más lo que fabrican, y esperando que los salve una ley que, por lo visto, nadie tiene la voluntad de desatorar). También tendría que funcionar como debe la Secretaría de Educación Pública... Pero bueno: como reconozco que es demasiado pedir, admito que todo esfuerzo de fomento de la lectura es, por sus intenciones, justificable, y si llega a tener resultados positivos al menos en un puñado de individuos, habrá valido la pena.
    Como cada año, la Feria Internacional del Libro de Guadalajara organizará, el próximo 23 de abril, una lectura colectiva para celebrar el Día Mundial del Libro. Creo que el interés que despierta esta actividad —quizás más que la actividad misma— puede tener, por lo pronto, el efecto benéfico de llamar la atención sobre los autores entre los que el público elige, y sin duda es un acierto que haya una votación previa: la gente llega a entusiasmarse, y eso está de lo más bien. Tal vez incluso nos pongamos a leer, y eso estará mejor. Esta vez, han puesto a competir los libros de tres escritores que bien pueden tenerse por imprescindibles: El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger; El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, y Los relámpagos de agosto, de Jorge Ibargüengoitia.
    Pienso esto: de Salinger, malamente, la traducción que más circula es pésima (la de Alianza Editorial; me han dicho de otra mejorcita, pero no la conozco); a Wilde habría que estar leyéndolo siempre. Por tanto, mi gallo es Ibargüengoitia: no sólo porque es divertidísimo y porque no se le ha hecho justicia como uno de los mejores escritores mexicanos que ha habido, sino también porque, en este año de solemnidades patrias y en este país despedazado, hace falta regresar a su comprensión irónica de la historia, que ayuda a entender por qué estamos como estamos. Además, porque la risa es subversiva —y, claro, leer también. La votación se cierra el próximo 12 de marzo.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 4 de marzo de 2010.
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