¿Sabemos?

Aun cuando la añoranza de los tiempos idos suele ser ocupación ociosa, infértil y lamentable, por la que se confiere al pasado el resplandor excesivo de bondades a menudo imaginarias (quién puede creer que eran mejores los días en que no se habían inventado la anestesia, la televisión por cable o el desodorante), es posible, eludiendo todo ánimo de remembranza melancólica y quejumbrosa, recapacitar en cuánto de la Guadalajara de ayer (de no muchos ayeres: pongamos unos veinte o treinta años) más nos habría valido preservarlo y defenderlo para que la ciudad no llegara, como ha llegado, a cumplir su reciente aniversario enmedio de una creciente enemistad entre ella y sus habitantes.
    Es verdad que buena parte la culpa de las presentes hostilidades la tienen los ineptos, cínicos y vividores (las tres cosas juntas) que han medrado, desde la autoridad a ellos otorgada (es un decir), a fuerza de estropear la cosa pública en la ciudad. Las obras que hoy tienen como bombardeado el centro y exasperados a quienes viven o trabajan o pasan por la zona, por ejemplo, son imposiciones de su actuación deficiente sobre el transcurrir de lo cotidiano, y no queda más que esperar a que terminen de cerrar lo que está abierto, de resanar y de pintar, para comprobar que el paisaje no habrá cambiado significativamente y los problemas (cuáles, los que sean) persistirán. El remiendo y el parche como la práctica única de una política convenenciera y mendaz.
    Pero también pasa que a los tapatíos en general nos tiene sin cuidado aquello a lo que, muy ampliamente, acaso pueda aludirse con el sentido del término cultura en tanto conjunto de modos de vida y costumbres. No la idea que restringe la cultura a las bellas artes y sus derivados (las artes feas también, entre otros), más fácil de comprender si le decimos «culturita», sino aquella que engloba la naturaleza toda de nuestra conducta y sus consecuencias. ¿Sabemos, los tapatíos, cómo somos los tapatíos? Hay, desde luego, tópicos consabidos, muchos infundados y bochornosos, pero nuestra idiosincrasia encierra también enigmas mayúsculos que preferimos ignorar. De la querencia por la majadería (el patán que no apaga el celular en el cine, el que le echa el coche al peatón, la gritona que se salta el turno en una fila) al cultivo de la marranada (el que se acabó el tejuino y deja el vaso en una ventana), pasando por el amor a la estridencia (la tienda que saca bocinas a la banqueta, los motociclistas imbéciles que retumban en la madrugada), el deleite en lo horrendo (la fachada que se quiere original), la propensión al embrutecimiento (el briago a velocidad asesina) o la simple y vulgar pereza por la que el desastre se vuelve hábito y, por ende, invisible y normal.
    Por ridículo que pueda sonar: antes las cosas no eran así. O no tanto. El peligro es que la indolencia impida, incluso, recordar y pensar qué, de las Guadalajaras pretéritas, se podría resucitar. Algo de silencio y calma, para empezar.
 
Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el viernes 20 de febrero de 2009.

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4 comentarios:

Luis Vicente de Aguinaga dijo...
20 de febrero de 2009, 18:11

En efecto, las cosas antes no eran así. Ejemplo: hace cien años no había motocicletas, de modo que ni ruido hacían. Y el celular, que Dios lo bendiga, no llegó a molestar a nadie hacia 1890, cuando tampoco había cines en donde los buenos tapatíos pudieran ofenderse por el repiqueteo. Pero en mis tiempos de preparatoriano (hace ya sus buenos veinte añitos, que ahora no hallo cómo recuperar) yo fumaba en el aula durante las clases, y mis profesores casi nunca se quejaban; y, peor aún, cuando estaba en la primaria los que fumaban eran los maestros. Y si ahora un alumno mío quisiera fumar en clase, que ninguno quiere (o, si quiere, nada más no lo intenta), yo mismo, el "profe", lo saco a fumar al pasillo tronándole los dedos; y si es un maestro de primaria el que ahora fuma, sale al día siguiente no sólo en el periódico, sino en los oficios y memorandos del penal de Puente Grande. Y eso que no me considero enemigo del tabaquismo ni mucho menos (peores gastritis y dolores de cabeza me provoca la música electrónica, que debería ser pura y simplemente abolida, erradicada, suprimida del mundo, más que meramente prohibida).

Lo que quiero decir es esto... Una vez Rafael Torres Sánchez, que por aquellas fechas preparaba su tesis doctoral, me contó que había leído en un periódico tapatío del porfiriato un pequeño aviso más o menos en este tenor: "En el cruce de San Felipe y Santa Mónica está un caballo muerto, pudriéndose, y los comerciantes y vecinos del barrio no han logrado identificar al propietario del animal para exigirle que lo retire". Así era de bonita, por lo menos en parte, la Guadalajara de antaño. (Y el cruce de San Felipe y Santa Mónica ve tú a saber qué tan obsceno fuera...)

En cuanto al Guanatos de hoy, es una mierda pestilente, incómoda y enojosa. En eso estamos de acuerdo, camarada. Saludes.

Homeless Schakal dijo...
22 de febrero de 2009, 21:22

De acuerdo en que, la Guadalajara que se añora, muchos quizá ya no la recordamos. Justamente ayer intenté hacer memoria de López Mateos antes de tanto tunel. Ni siquiera el mentado árbol que tanto peleaban por conservar recuerdo -igual y ahí sigue y yo ni en cuenta.

Un saludo, mi estimado.

Anónimo dijo...
24 de febrero de 2009, 20:23

No, no, Israelito, ya no sigue: lo trasladaron, como a la Diana Cazadora en la Ciudad de México, con mucho boato hasta el Parque Metropolitano, donde a los pocos meses murió, solo como el perro. Y ahí queda, circulado con malla ciclónica, el puro tronco, inerte.

David Izazaga

Niche dijo...
26 de febrero de 2009, 20:19

yo no veo porque "El remiendo y el parche" sea negativo, al contrario le brinda una textura bárbara en la que uno se pierde, se rasca, se menéa...