«Capu»

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Se entiende que a Capulina se llegó a tenerlo por «campeón del humorismo blanco» en virtud de que su gracia eludía procacidades, voces altisonantes y cualquier malevolencia, y que así su personaje, reiterado en películas, programas de televisión y, ¡cómo olvidarlo!, en la historietita nombrada con certerísima tautología Capulinita, habría estado naturalmente cerca del público infantil, al que buscaba divertir con conductas pueriles y, desde luego, con su mera facha absurda y risible: un gordo apretado en un saco de cuadritos, con una ancha ranura entre los incisivos superiores y, lo más raro, con un sombrero de forma radicalmente contradictoria: destapado, un sombrero que era más bien una corona o una dona: un no-sombrero, vaya. A considerable distancia de otros cómicos cuyo funcionamiento estaba fincado más bien en la picardía (como Tin-Tan o Resortes), en la astucia (como Medel o Cantinflas) o en la voluntad crítica y en la intransigencia ante la cochina realidad (como Palillo, o como la mancuerna de Héctor Lechuga y Chucho Salinas... o como los insuperables Polivoces), Capulina trabajaba a conciencia la simplonería —estaba más próximo a Manolín, ahora que lo pienso—, lo que sin duda debe reconocérsele como un mérito estilístico: así es como se llega a ser inimitable, obstinándose en la integridad de determinados principios.
        No parece tan claro, sin embargo, que esa naturaleza automáticamente lo hiciera favorito de los niños... O no me lo parece a mí, a la hora de revisar cómo figura Capulina en mi memoria de la infancia. Al ir a revisar esos sótanos, lo que hallo es una constante que sólo atino a definir como inquietud. Por ejemplo esta impresión: en la película El zángano se ve y se oye a Carlos Lico (¡el galán!) cantarle a Jacqueline Andere aquello de «Mi vida es tuya tuya» en un escenario descabellado (un área de exhibición de la tienda departamental donde trabajan «Capu» y la muchacha, pero como diseñada por un interiorista de veleidades surrealistas, con una rampa enorme que no conduce a ningún lado); Capulina apenas pasa corriendo al fondo, haciendo dengues y gansadas, ya en vías de perder irremediablemente a la muchacha (la abeja reina en torno a la que revolotea, claro, como el zángano que es). Una estampa triste, la suya. Y los títulos de otras cintas no le ayudan mucho: El metiche, El naco más naco, El bueno para nada... Cuando actuaba con Viruta tampoco la pasaba muy bien: el otro era un neuroticazo, y Capulina —así terminaran con novias y todo— siempre quedaba como el tontolón; y en la historietita ya dicha estaba sojuzgado por la figura de un abuelo manchado que a la menor provocación le jalaba la oreja hasta la otra página. Su gesto emblemático era la indecisión exasperante: «No sé, tal vez, puede ser, a lo mejor». Y, encima de todo, ¿por qué se llamaba como una araña venenosísima? Total, que no sé cómo acomodar el recuerdo de Capulina. Y entre más lo pienso más me digo: cuál humorismo: lo suyo era una forma pura de la melancolía.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 6 de octubre de 2011.

Ian McEwan: el fulgor del desastre

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No hay que darle muchas vueltas: lo único que hace falta en la vida es tener una buena idea. Pero tiene que ser muy buena. Originalísima y de alcances insospechables. Una idea tan buena, pongamos, como para ganar con ella el Premio Nobel. Sobre semejante certidumbre se sostuvo la existencia del físico inglés Michael Beard, laureado en Estocolmo por haberle enmendado la plana nada menos que a Albert Einstein... hasta que vino a enterarse de que es tan importante concebir una buena idea como cuidarse de tener una pésima ocurrencia. Ya se veía venir: luego de que su quinto matrimonio reventara en una explosión de deslealtad y frustración, y cuando ya se le habían declarado formalmente inauguradas la barriga ingobernable y la inclemente calvicie, Beard daba muestras de ser, por muchos mimos que le granjeara su prestigio como científico, un imbécil de dimensiones épicas: un día, por ejemplo, durante una excursión al Polo Norte a fin de atestiguar in situ los efectos más visibles del calentamiento global, el Nobel detuvo su motonieve para ponerse a orinar. Y a 22 grados bajo cero el contacto de la piel con el metal de un zíper no puede ser sino una catástrofe espeluznante...

Warum?

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Con varias semanas de anticipación respecto a lo acostumbrado en años anteriores, el lunes tuvo lugar la presentación de lo que será la vigésima quinta edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. ¿Por qué tan temprano? Me imagino que, como están por comenzar los Panamericanos, se habrá buscado evitar el barullo que habrá esos días, y es que el hecho es que la FIL (y la UdeG toda) no quiere tener nada que ver con los Juegos (o fue una posibilidad que nunca le interesó realmente a nadie), lo que a todas luces parece un mutuo desperdicio: por ignorarse recíprocamente, el evento cultural y el deportivo desaprovechan la ocasión de servir como cajas de resonancia uno de otro —y, claro, las explicaciones son evidentes si se echa un vistazo a los rebozazos que han venido dándose el Ejecutivo estatal y las autoridades universitarias en su tediosa farsa inacabable.
        Sorprendió, en esa presentación, que la representante del Invitado de Honor de la FIL dijera que la delegación alemana consistirá apenas en 30 creadores. Ojalá que estén escogidos muy bien, porque, por mucho que la barrera del idioma sea cosa peliaguda, uno piensa en aquella cultura como algo imponente, ciertamente difícil de resumir con suficiencia durante los nueve días que dura la feria, pero, justo por esa vastedad, digna de un gran lucimiento. No tiene sentido adelantarse, desde luego, ni juzgar hasta no ver, pero ¿cuánto puede interesarle a Alemania, donde se celebra la que tiene fama de ser la feria del libro más importante del mundo, venir a Guadalajara? ¿Qué tanto está apostando en realidad al responder a la invitación a de la FIL? Porque una cosa es que vaya a traer a una orquesta formada con talentos emergentes, la Filarmónica Joven Alemana —que seguro tendrá lo suyo, cómo no—, y otra que se hubiera aventado con la Filarmónica de Berlín. La estrella del programa literario será la Nobel Herta Müller, eso sí.
        Por lo demás, aparte de la previsible comparecencia de Carlos Fuentes y otras figuras que son como las edecanes del stand de Océano, puestas para que nunca falten pelotones de curiosos, la FIL sí da la impresión de haberse propuesto una variedad agradecible en el programa literario, por lo pronto: ciclos de letras chilenas, argentinas, colombianas, ecuatorianas, centroamericanas, brasileñas, francesas, galesas, coreanas, árabes, vascuences, quebequenses, una recordación de Juan José Arreola, los 25 «secretos mejor guardados» de los que hablábamos la semana pasada... Y algo que en lo particular me da mucho gusto: ayer se anunció que el Homenaje Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez se lo harán este año a Guillermo Sheridan, un estupendo lector de la realidad nacional, y, a la vez que uno de los estudiosos más serios y atendibles de la literatura mexicana, también un escritor divertidísimo en los artículos, crónicas y ensayos en que se ha ocupado como nadie del inagotable disparate que es México.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 29 de septiembre de 2011.

Veinticinco

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No hay forma de negar la posibilidad de que en estos mismos momentos, en algún lugar del universo, el Kafka del siglo 21 esté dando a luz la obra insospechada y revolucionaria que habría de llenar de asombro a las generaciones venideras. Esas cosas pasan (pasó, por ejemplo, con Kafka: quién iba a imaginarse las consecuencias cuando puso el punto final a El proceso). Ahora bien: tal acontecimiento tiene más probabilidades de ocurrir (a cuánta gente no le da por la escritura, y cómo saber cuántos genios podrán hallarse en esa multitud) que las que tenemos de enterarnos: aun si esa obra suprema llega a cobrar la forma de un libro, debidamente editado y puesto en circulación, en qué mar desmesurado de títulos nuevos se lanzará a perderse, y eso si su firmante consigue alguna vez que se publique —y eso si se lo propone en serio, como Kafka, quien fue lo suficientemente astuto para dejarle el encargo a su amigo Max Brod y luego morirse: de haber querido en verdad que lo suyo fuera al fuego, ¿por qué no le prendió un cerillazo él mismo?
    La Feria Internacional del Libro de Guadalajara, que está por cumplir el cuarto de siglo, ha anunciado un programa mediante el cual se dará la proyección que garantiza la resonancia mediática de la misma Feria a un grupo de escritores reunidos bajo la etiqueta de «Los 25 secretos mejor guardados de América Latina». Seleccionados, explica el anuncio, mediante «un proceso que involucró la lectura de decenas de libros y un amplio proceso [sic: fue un proceso muy procesado] en el que se consultó a otros escritores, editores, libreros, periodistas y críticos literarios de América Latina», los autores proceden de quince países y son más bien jovenazos (las cartas mexicanas son Daniela Tarazona, Emiliano Monge y Pablo Soler Frost, más que solventes los tres). Todos narradores, y todos con más de un libro publicado. La idea, entiendo, es apostar por ellos, en el sentido en que fuera de sus lugares de origen no son, en términos generales, muy conocidos, y facilitar que se los conozca más, no sólo organizándoles presentaciones públicas (es decir, encuentros directos con los lectores), sino poniéndolos a circular, dice también el anuncio, para que «sean descubiertos por los agentes, scouts, editores y traductores que acuden a la Feria».
    No está mal, aunque puede pensarse que el nombre del programa pudo elegirse mejor (si son «secretos» y están «guardados», ¿no será por algo?). Las intrincadas lógicas del mundo editorial mandan que, por mucho que alguien sea Kafka y el mundo deba conocerlo, cuente no sólo con una buena obra, sino también con mucha paciencia, terquedad, concha para aguantar los rechazos, olfato para las relaciones útiles y sentido de la oportunidad, además de disposición para aguantar el ninguneo y resignación para admitir que jamás se acercará a las cifras de ventas de Yordi Rosado o bichos similares. Y mucha suerte, también. Y, al final de todo, está el parecer de los lectores. Así que habrá que ver.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 22 de septiembre de 2011.

¿Todos?

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Según la crónica publicada por un diario de la ciudad el domingo, y que ha tenido algún eco en otros medios y en las redes sociales, el jueves 8 de septiembre un grupo de ciclistas que iban por la avenida Federalismo tundió a golpes a Gabriel Gutiérrez, director e incansable promotor de teatro y maestro entrañable para muchos (entre los que me cuento: fue mi profesor en la secundaria). Sucedió cuando Gutiérrez pretendía cruzar la avenida, atento al semáforo en rojo pero no al hecho de que venía en su dirección un contingente de ciclistas al que los semáforos, por lo visto, tienen sin cuidado. Una bici chocó con el maestro, luego éste alcanzó el camellón, luego lo montonearon otros ciclistas, un puñetazo le rompió los anteojos, otro le despedazó dos dientes, lo patearon, lo golpearon más, y finalmente los estúpidos agresores volvieron a montar en sus bicis y se largaron, como los cobardes que son. Gutiérrez tiene 73 años. El grupo de miserables fue identificado en esa crónica —y no ha sido desmentido suficientemente— como integrante del «Paseo de Todos», que varias asociaciones ciudadanas organizan cada primer jueves de mes: los recorridos siempre numerosos que, como una iniciativa que en principio tiene mucho de encomiable, se efectúan por varias calles de la ciudad a fin de afirmar las ventajas que para la vida de ésta supondría incentivar el uso de la bicicleta y facilitarle las condiciones necesarias a quienes se mueven así.
        Bueno, pues ya estuvo bien. La agresión a este peatón tiene que ser entendida como el colmo intolerable al que ha llegado una acumulación de malentendidos entre los entusiastas de las bicicletas (así, generalizando, si bien son indispensables los deslindes), la autoridad negligente y el resto de la sociedad que no puede, o no sabe, o no quiere andar en bici. Tales malentendidos han conducido a un soterrado ánimo de confrontación, e incluso de odio, entre automovilistas, conductores de transporte colectivo, peatones y ciclistas (e incluso quienes no entran dentro de ninguna de esas categorías: vecinos que, guardados en sus casas, han de soportar las músicas aborrecibles con que algunas de esas multitudes rodantes saben andar a medianoche, y el desmadre que van echando): el supuesto espíritu incluyente de los movimientos ciclistas deja de ser tal cuando se saltan el Reglamento de Tránsito, cuando van insultando o fastidiando a los demás, cuando los «todos» que pasean se convierten en los poquitos que se creen disculpables por una presumible causa en favor del bien común —muy relativo, y si me equivoco corríjanme: ¿se hacen paseos así en La Federacha, en la Colonia Morelos, en el Cerro del Cuatro, o de cuál ciudad hablamos cuando se trata de esa «Guadalajara» por la que se interesan estos movimientos?
        Seré ingenuo, pero yo espero un esclarecimiento de la agresión al maestro Gutiérrez, una disculpa en forma para él, un castigo a los imbéciles que lo golpearon y una comunicación pública de estas organizaciones en la que se garantice que no volverá a ocurrir algo semejante.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 15 de septiembre de 2011.


Post scriptum: Aquí, el link al comunicado de GDL en Bici sobre los hechos, en donde se esclarece que la agresión no habría sido durante el «Paseo de Todos»:
«Sobre el comportamiento de los ciclistas»

        Y aquí un post de Pedro Ortega Gudiño (@p3dr00) en el que constan algunas puntualizaciones del reportero Jorge Gómez Naredo, autor de la crónica original:
«Hablando de "Movilidad peligrosa: quiso cruzar una calle"»

¿Alguien tiene una idea, entonces, de la organización a la que habrán pertenecido —o a la que se habrán sumado— los montoneros? 

Evidente

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Tomo un taxi de la central camionera a eso de las once de la noche. Me toca un loco: un vejete que sube el volumen de su música inmunda (aunque me pregunta: «¿Ponemos musiquita»?) a un nivel ensordecedor, para enseguida acelerar como si su Tsuru destartalado fuera un Lamborghini, y como si en lugar de la avenida González Gallo fuéramos surcando una carretera desértica de Australia. A esa hora, como a cualquier otra hora, hay tráfico, y el vejete maniobra con temeridad demencial. Imagino que se propone hacer un tiempo récord para alcanzar a echar la mayor cantidad de viajes esa noche, suposición elemental que refuerzan otros taxis que increíblemente nos rebasan, se pasan altos y no sé si rujan como el Tsuru infecto porque no me deja oírlos el Potrillo, que aúlla porque algo trae dentro que lo está matando. No solamente los taxis: esa avenida es un tobogán vertiginoso en el que evidentemente no hay límites de velocidad para nadie —cuando, también evidentemente, los coches así disparados son misiles asesinos e incontrolables. En medio del terror (ya me veo sintonizando el noticiero matutino desde el más allá, para ver cómo el Tsuru maldito quedó hecho jalea) alcanzo a cavilar en la paradójica consistencia de lo evidente: tan cierto y patente es que los coches no deberían correr así, porque así se mata la gente, como cierto y patente es que en esa avenida de Guadalajara (y en la totalidad de sus calles) hay incalculables imbéciles, o locos, como el vejete salvaje que me conduce, en una competencia frenética por ver quién se da primero en la madre.
        Evidentemente, en esta ciudad el transporte colectivo, además de ser insuficiente y de operar en condiciones denigrantes para sus usuarios, es criminal, y sus conductores enfurecidos ven sólo obstáculos que pueden suprimir en los vehículos, los ciclistas y los peatones que osen atravesárseles; evidentemente, son incontable mayoría los automovilistas y los motociclistas que hacen lo que les viene en gana: la señora estúpida que maneja con el bebé en las piernas, el cretino pasmoso que se atranca en la avenida, el otro que se cierra y bufa nomás para llegar más rápido al semáforo, las ráfagas de idiotas sin casco que hacen retumbar sus máquinas. Evidentemente, también hay peatones y ciclistas muy brutos, que terminan volando por los aires cuando no se fijaron por dónde iban (o quizás sí se fijaron, pero les dio igual: los puentes peatonales los ponen para que nomás los muy gallinas pasemos por ellos). Evidentemente, la autoridad es inepta y corrupta, cuando no inexistente e inservible. Evidentemente, nada de esto debería ser así.
        La realidad visible de la movilidad en una ciudad como ésta es la animadversión generalizada que nos tenemos entre todos cuando andamos en la calle: la consigna es «Yo voy primero». El vejete descerebrado del taxi no conoce otra posibilidad, y no imagino cómo la podría conocer.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 8 de septiembre de 2011.

Ah, Vallejo

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El anuncio de que Fernando Vallejo ganó este año el Premio FIL dejó, por lo visto, contentos a muchos, lo cual permite inferir que este escritor ha de tener muchos lectores (o admiradores, que no siempre son lo mismo), y también corroborar que las reacciones a noticias como ésta no tienen por qué ser diferentes de las que tienen lugar en competencias de otra naturaleza: cada quien tiene sus favoritos, y si éstos (la miss, el equipo de futbol, el cantante de La Academia) resultan triunfadores, sus porristas se llenan de alborozo, mientras sus detractores (que desde luego habrían preferido a una miss, a su juicio, menos guandaja, o ver chispeando de gloria los colores de la camiseta que han sudado desde chiquitos, o a su ruiseñor personal trinando para toda la eternidad) quedan con la boca aceda y comienzan a rumiar su disgusto y sus suspicacias. Y claro: los pareceres de quienes presenciamos estas cosas, fans de cualquier signo o meros espectadores sin razones para la congoja o el júbilo (es mi caso: la perseverancia en el desencanto), nada importan: total, Vallejo fue y Vallejo se queda. Y no tendría por qué ser de otra manera.
       Yo he de confesar que he leído poco a este autor (pero, ¿por qué confesar?, si tampoco es manda), y seguramente sin la atención necesaria para poder decir algo medianamente razonable sobre su obra. Creo que a lo sumo dispongo de algunas reticencias o prejuicios respecto a su prestigio de misántropo, o acerca de sus pirotecnias biliosas y la delectación de la violencia que, entiendo, sus admiradores le festejan y agradecen. En vista de lo mucho que se habla de él —y más que se va a hablar, luego de que esta distinción multiplique su visibilidad e hinche su fama—, ¿debería leerlo? Dudo que le haga falta un lector más, y sobre todo dudo que yo tenga que ser ese lector, por más que otros, cuya capacidad de juicio respeto y hasta admiro, pregonen las excelencias del colombiano: será que tiendo a recelar en automático de la notoriedad cuando evidentemente es nutrida por las conveniencias del mercado editorial, por la querencia mediática del argüende o por las manías y las complacencias de críticos más o menos oportunistas, o será nomás que aparte de desencantado soy ideático: en todo caso es mi elección —y sostengo que tendría que ser la de todo lector libre— postergar hasta donde me parezca necesario la cita con este escritor o con otro cualquiera, y no plegarme a los dictados de la circunstancia.
       Con Vallejo se tiene hasta cierto punto garantizado el revuelo, y ya se especula sobre lo que tendrá que decir cuando venga a recibir su galardón (y qué hará con el monto, a cuáles perros se lo donará esta vez). ¿Soltará espumarajos, urde ya alguna insolencia venenosa, querrá —ojalá— enderezarle algún insulto a las autoridades? Es poco probable: en ceremonias así suelen imperar el comedimiento y la corrección. En todo caso, si tal sucede, tampoco importará mucho. O será lo que más importe, que al fin la literatura puede quedar para otra ocasión.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 1 de septiembre de 2011.

Terquedad

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Leer quita tiempo, engorda, a veces da jaqueca, a veces insomnio; puede ser un atajo para la desesperación (por ejemplo cuando no se entiende bien lo que se está leyendo, sea porque ya se declaró la jaqueca, o porque en lugar del insomnio ha llegado su prima fodonga, la somnolencia, estorbosa y encimosa; o bien porque conforme uno avanza en la lectura, en lugar de enterarse de lo que dicen las letras, va más bien percatándose de que carece de las destrezas o el conocimiento de los que posiblemente sí dispuso el autor, y así tiene que estar regresándose al comienzo del párrafo, o de la página, o retrocediendo varias páginas, con lo cual la experiencia se asemeja a caminar de espaldas), y también una vía para el abatimiento que resulta de intuir, mientras se está leyendo, que el mundo o la vida han prescindido muy fácilmente de uno, y que seguramente seguirán transcurriendo estupendamente afuera de esa burbuja de necedad en la que uno se recluye, se supone que por propia voluntad —y se supone que debería ser muy fácil romperla—, dejando que el cuello se ponga rígido, el café se enfríe, las nalgas se entuman, el país reviente, la vejiga rebose y el teléfono repiquetee en vano, y lo incomprensible es que parezca inevitable reforzar el aislamiento, con más capas de terquedad e impaciencia, cuando el mundo o la vida nos reclaman y nos quieren de regreso (el que va y te interrumpe porque cree, con toda razón, que no estás haciendo nada de provecho, o el huracán que obliga a levantarse e ir a cerrar la ventana; el teléfono ya no, porque se habrá terminado por silenciarlo), y entonces las dificultades propias de la lectura se ven multiplicadas por la sospecha de si, en efecto, no podría estar haciéndose otra cosa, más naturalmente benéfica para uno mismo y para el prójimo, como prepararse una ensalada, marchar en una manifestación, llevar a afinar el coche, ir a pagar el predial, platicar tantito con los amigos. También: mientras se lee se deja de trabajar y de ganar dinero —dinero que podría servir para comprarse algo más que leer, que los libros están carísimos, razón de más para atormentarse cada que se toma el ejemplar en turno y se ve la cantidad insensata que se desembolsó por él.
        Aun si se consigue leer sin estas congojas, y si uno entiende todo, no le duele la cabeza, no tiene sueño ni culpa y está en una postura cómoda y con una salud razonable (un metabolismo que impida empezar a echar lonja apenas se abre el libro), y si a uno el mundo y la vida le valen por completo, está siempre el riesgo de obtener de la lectura perplejidades indeseadas, preguntas que habría preferido no hacerse, desolaciones sin remedio (Don Quijote no nomás se vuelve loco, sino que además termina muriéndose), felicidades ilusorias, exasperaciones gratuitas, curiosidades reduplicadas e insatisfechas, más ignorancia que al principio y fantasías irresponsables.
        Hoy hay venta nocturna en la librería del Fondo de Cultura Económica; aseguran que abundarán los buenos descuentos.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 25 de agosto de 2011.

Invitación

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Patrañas

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No parece que la necesidad de creer en cualquier cosa explique por sí sola la facilidad pasmosa que el mexicano tiene de tragar patrañas, pues si se tratara únicamente de la necesidad de ir configurando la vida según determinadas certdumbres, convicciones o historias, tal apetito podría ser igualmente satisfecho con verdades. Digo: tanto trabajo cuesta creer en la aparición de una hadita como en el hecho de que las haditas no se aparecen. Lo malo es que las verdades son escasas, escurridizas, sospechosas siempre y a la postre, generalmente, susceptibles de trocarse en patrañas, de manera que esa voluntad imperiosa de creer en cualquier cosa ha ido modelándose a lo largo de los siglos por un principio de incredulidad que ha vuelto preferible lo inverosímil antes que lo evidente —y si no por qué la gente sigue acudiendo a las urnas en días de elecciones y refrendando con votos su creencia en las ilusiones y las falsedades propaladas por los mentirosos en turno. Lo demostrable es tan raro, y tan grande el hartazgo de esperar que se manifieste —y tan pocas las ganas de demostrar nada: por eso la prensa más perezosa se basta con reproducir el zumbido de enjambres de declaraciones—, que a la ocurrencia de lo portentoso, por estúpida que termine siendo la explicación, se acude con regocijo y sin dudarlo un instante.
       (Ahora bien: el hadita famosa efectivamente apareció, y fue del todo natural que el afortunado que la halló diera la noticia al mundo, y que luego el mundo fuera a asolearse en largas filas para presenciar el milagro, pagara la entrada, comprara fotos y videos, y a su vez corriera la voz; otra cosa fue que el afortunado resultara un malviviente astuto, que el hadita fuera de plástico y que las multitudes hubieran admitido encantarse de modo tan abrumador por lo que alcanzaron a ver, apenas una figurita como de gargajo en un vasito con dizque formol. Pero de que apareció, apareció).
       De un tiempo acá me he aficionado a las ristras de anuncios televisivos que, sobre todo durante los noticieros, divulgan remedios insuperables para la tos, la depresión, los niños lerdos (un shot de porquería que deben beber antes de irse a la escuela, para avisparse), los hongos en las patas, las arrugas, la calvicie, la barriga, la celulitis, el insomnio, el ronquido, la impotencia, la frigidez, la gastritis, las flatulencias, las várices, el estrés, la desmemoria, la vejez, etcétera. Con pocas variantes, todos incluyen una mona o un mono de buen ver, eufóricos siempre; otro u otra en bata, con título profesional, que infunde autoridad científica, y gráficos grotescos o repugnantes (espinillas que se esfuman, pelones a los que les brotó pasto en la coronilla, gordas malfajadas y tristonas, sonrientes y ya laminadas en la foto del «después»). Vaya afición, se dirá, pero es que ahí encuentro una elocuente explicación del desastre: si tales patrañas no tienen límite, ni freno, debe de ser porque tampoco ha de tenerlos la voracidad con que las necesitamos.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 18 de agosto de 2011.