Evidente

Tomo un taxi de la central camionera a eso de las once de la noche. Me toca un loco: un vejete que sube el volumen de su música inmunda (aunque me pregunta: «¿Ponemos musiquita»?) a un nivel ensordecedor, para enseguida acelerar como si su Tsuru destartalado fuera un Lamborghini, y como si en lugar de la avenida González Gallo fuéramos surcando una carretera desértica de Australia. A esa hora, como a cualquier otra hora, hay tráfico, y el vejete maniobra con temeridad demencial. Imagino que se propone hacer un tiempo récord para alcanzar a echar la mayor cantidad de viajes esa noche, suposición elemental que refuerzan otros taxis que increíblemente nos rebasan, se pasan altos y no sé si rujan como el Tsuru infecto porque no me deja oírlos el Potrillo, que aúlla porque algo trae dentro que lo está matando. No solamente los taxis: esa avenida es un tobogán vertiginoso en el que evidentemente no hay límites de velocidad para nadie —cuando, también evidentemente, los coches así disparados son misiles asesinos e incontrolables. En medio del terror (ya me veo sintonizando el noticiero matutino desde el más allá, para ver cómo el Tsuru maldito quedó hecho jalea) alcanzo a cavilar en la paradójica consistencia de lo evidente: tan cierto y patente es que los coches no deberían correr así, porque así se mata la gente, como cierto y patente es que en esa avenida de Guadalajara (y en la totalidad de sus calles) hay incalculables imbéciles, o locos, como el vejete salvaje que me conduce, en una competencia frenética por ver quién se da primero en la madre.
        Evidentemente, en esta ciudad el transporte colectivo, además de ser insuficiente y de operar en condiciones denigrantes para sus usuarios, es criminal, y sus conductores enfurecidos ven sólo obstáculos que pueden suprimir en los vehículos, los ciclistas y los peatones que osen atravesárseles; evidentemente, son incontable mayoría los automovilistas y los motociclistas que hacen lo que les viene en gana: la señora estúpida que maneja con el bebé en las piernas, el cretino pasmoso que se atranca en la avenida, el otro que se cierra y bufa nomás para llegar más rápido al semáforo, las ráfagas de idiotas sin casco que hacen retumbar sus máquinas. Evidentemente, también hay peatones y ciclistas muy brutos, que terminan volando por los aires cuando no se fijaron por dónde iban (o quizás sí se fijaron, pero les dio igual: los puentes peatonales los ponen para que nomás los muy gallinas pasemos por ellos). Evidentemente, la autoridad es inepta y corrupta, cuando no inexistente e inservible. Evidentemente, nada de esto debería ser así.
        La realidad visible de la movilidad en una ciudad como ésta es la animadversión generalizada que nos tenemos entre todos cuando andamos en la calle: la consigna es «Yo voy primero». El vejete descerebrado del taxi no conoce otra posibilidad, y no imagino cómo la podría conocer.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 8 de septiembre de 2011.
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