Cuál, cuál

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No he podido dar con la fuente de donde saqué esta información, acaso descabellada, pero también suficientemente verosímil; según yo, hace algunos años se habría levantado una encuesta (seguro por cuenta de un periódico, que los periódicos saben incurrir en semejantes ociosidades, y sus lectores ociosos las admitimos y les prestamos la atención excesiva que delimita las regiones más inútiles de la vida), y dicha encuesta habría tenido un alcance mundial, por lo que su resultado tenía la autoridad que da lo planetario: a la pregunta de cuál debería considerarse la palabra más cursi del idioma español, las multitudes hispanohablantes respondieron mayoritariamente: pompis. Yo he venido creyéndolo desde entonces, pero con una reserva: aunque juzgué esa elección correcta, creo que debe considerarse esta posibilidad: pompitas (como en la expresión: «Me duelen mis pompitas»).
    Ahora me entero de que hubo un concurso para elegir la palabra más bonita del español —demasiado tarde me entero: amigo de las ociosidades, me habría encantado entrarle. Promovida por el Instituto Cervantes con motivo de la celebración de un día dedicado a este idioma, la competencia fue entre 30 palabras propuestas por otras tantas «personalidades» (los cervantinos entienden por «personalidad» un común denominador que afilia a Shakira con Antonio Gamoneda, con el recientemente indiciado Emilio Botín y con Diego Forlán). Votaron 33 mil personas por internet —esa representación ilusoria de lo «mundial»—, y alegremente se dio a conocer, el 18 de junio, que había ganado una palabra que no es española, sino quizás otomí o purépecha: Querétaro. La propuso el actor Gael García Bernal («Podía haber sido un guapo más si no fuera por esa mirada ambigua y desafiante, llena de azul», lo define su emocionante presentación en la página donde se llevó a cabo la votación), quien argumentó, entre otras guapas razones: «Además es larga, y tiene esta mezcla de la q, la u, la e...».
    La verdad, no había mucho de dónde escoger: murciélago (Boris Izaguirre), Santander (el supradicho Botín), Jesús (Juan Luis Guerra), investigación (Margarita Salas). Shakira propuso meliflua —habrá entendido que le preguntaron por la palabra que la define—, Vargas Llosa la previsible libertad. Faltaron ocurrencias mejores, qué se le va a hacer: inguinal, gorupo, clembuterol. Pero, aparte de eso, ¿para qué querrá un idioma que se le haga propaganda, y para qué un concurso de belleza, si los hablantes se encariñan por cuenta propia con las voces que llegan a volvérseles indispensables? Y además: ¿qué es lo bonito? (Me acordé de una maestra inepta de literatura en la prepa, que quiso explicarlo a lo largo de todo un semestre, sin conseguirlo). Ojo, que la cursilería es contagiosa, y lo peor de cursilerías como este concurso es que invariablemente nos meten en el brete de hacer nuestras propias deliberaciones —ociosísimas, desde luego.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 23 de junio de 2011.

Rápido

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El crítico literario Harold Bloom podrá ser un cascarrabias y un ideático, y sus juicios a menudo parecen chapotear en un fanatismo que llega a volverlo indigesto o hasta ilegible; pero también, en libros como El canon occidental o Cómo leer y por qué, puede ser un estupendo provocador cuya vehemencia pasa por una forma de lucidez irresistible: claro, es un formidable lector, y cuando pone su erudición al servicio de ciertas verdades incontestables (la primacía de los valores estéticos por encima de malentendidos históricos o políticos, es decir: la defensa de la literatura ante las chabacanerías promovidas por las buenas conciencias o la rapacidad mercantilista o partidista, de cualquier signo), conviene prestarle atención. Entre otras cosas dice que leemos básicamente porque estamos solos (las presencias más próximas pueden llegar a fallarnos o a faltarnos), y porque nos vamos a morir: la lectura es la sola posibilidad efectiva a nuestro alcance de multiplicarnos en otras vidas.
    Bloom enseña además que, como disponemos de poco tiempo (de aquí a la tumba, y eso si alguna desgracia no nos deja impedidos), más vale que escojamos bien lo que habremos de leer, y que una buena forma de orientarse —es el principio operativo de su Canon, digamos: la lista de lecturas que todos deberíamos ir palomeando antes de abandonar este mundo— es tener en cuenta a la tradición: salvo escasas excepciones, los siglos con sus insistencias no pueden estar tan equivocados. La novedad es, por lo general, desdeñable o prescindible: poco digna de confianza. Así, puestos a elegir entre las Meditaciones de Marco Aurelio y una novela de vampiros de Carlos Fuentes, por ejemplo, no habría mayor dificultad. Pero ojalá fuera tan fácil: ¿se supone que debamos omitirnos radicalmente del presente? ¿Y si ahora mismo están siendo publicados los libros del nuevo Kafka o del Plutarco de la era informática? ¿Qué hacer con la intuición, y peor, qué hacer con la curiosidad por los contemporáneos? ¿Cómo sortear los estruendos de la publicidad, el rumor insidioso de la actualidad, la perplejidad ante la aclamación multitudinaria que obtienen los llamados best-sellers, como la Trilogía Millennium de Stieg Larsson?
    Acabo de leer el primero de estos libros, en concreto, y creo que me sirvió para comprender su éxito: es entretenido. No perdí mucho tiempo (la velocidad que impone su lectura debe de ser su mayor virtud), pero a dos semanas ya el recuerdo es borroso y resumible de este modo: se trata de unos locos que matan muchachas y los descubren. Fin. Y nada más: salí igual que como entré. Acaso revista más interés la historia en torno al autor malogrado —que por estos días está resucitando como supuesto campeón de la sociedad—, así como las razones de que sus libros se vendan por millones. Pero en este punto, me parece, es aconsejable regresar a Bloom, y tener en cuenta cómo va corriendo el reloj: todavía quedan unos cinco mil años de dónde escoger mejor.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 16 de junio de 2011.

14 de junio de 1986

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Creo recordarlo más o menos asi —y no tengo otro remedio que confiar en la verosimilitud del recuerdo—: hace justo veinticinco años, en Guadalajara, yo oía por la noche el programa que el locutor Juan Olvera conducía en la estación radiofónica Stereo Soul. Cada semana, en esa emisión se podía escuchar el disco de un concierto completo de algún grupo de rock, sin cortes. Pero ese 14 de junio de 1986, Olvera interrumpió para dar la noticia: «Acaba de morir, en Ginebra, el escritor argentino Jorge Luis Borges». A continuación dijo un poema, «Las cosas» (quiero creer que lo dijo, no que lo leyó, pero cómo saberlo):

El bastón, las monedas, el llavero,
la dócil cerradura, las tardías
notas que no leerán los pocos días
que me quedan, los naipes y el tablero,

un libro y en sus páginas la ajada
violeta, monumento de una tarde
sin duda inolvidable y ya olvidada,
el rojo espejo occidental en que arde

una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas,
limas, umbrales, atlas, copas, clavos,
nos sirven como tácitos esclavos,

ciegas y extrañamente sigilosas!
Durarán más allá de nuestro olvido;
no sabrán nunca que nos hemos ido.


Fue mi primera noticia de Borges: simultáneamente, la de su existencia y la de su muerte. A otro día, en la librería Casarrubias, busqué un libro suyo. El Aleph, supongo que porque fue el primero que encontré. Y desde entonces, el deslumbramiento incesante: desde ese poema, una de las noches centrales de mi vida. Yo qué iba a saber.

(Hace algún tiempo escribí este ensayo, recogido en el libro Las encías de la azafata, por si alguien gusta pasar a echarle un vistazo: «La ínfima grandeza»).

Ruido

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Como la basura, como el humo de los coches o de las fábricas, como la infestación de adefesios y publicidades que atestan el paisaje, como los miasmas que se elevan desde el subsuelo o se esparcen en torno a locales de toda índole y envuelven nuestros pasos, el ruido es tenido también como una variedad de contaminación. Acaso la principal diferencia con las otras inmundicias —y acaso por ello parezca menos importante controlarlo o combatirlo— es que el ruido, al cesar, desaparece: no deja acumulaciones con las que no se sepa qué hacer, sencillamente se disipa y el mundo vuelve a ser vivible... mientras un nuevo estrépito no se desate. Aunque claro que quedan rastros: las perturbaciones que provocó mientras sonaba, la infelicidad perdurable más allá de su interrupción. Además: en general, el ruido es evitable, y por eso tan difícilmente se evita. Más que una forma de contaminación, en muchos casos es la expresión del ánimo de agresión que nos mueve por la vivencia de lo cotidiano. Hacer ruido es imponerse sobre los demás, demostrarles lo poco que nos importan, empezar a suprimirlos con violencia, en tanto sea posible suprimirlos materialmente para que prevalezcan al fin sólo nuestro estruendo y nuestras vociferaciones.
        La novela El silenciero, de Antonio Di Benedetto (Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires, 2004) cuenta la atroz historia de un hombre torturado por el ruido: cercado por talleres, radios, camiones, construcciones, altavoces, urde infértiles estrategias de salvación en una batalla que, por supuesto, tiene perdida. Lo que lo hostiliza, lo amarga y a la larga va extenuándolo hasta la aniquilación es, en última instancia, la evidencia de que los demás (los causantes del ruido) existen, y suben el volumen, porque pueden y porque quieren. En vano acude a la autoridad, o a recabar la comprensión de su mujer y su madre: aquélla lo ve como a un enajenado y éstas —como todo el mundo, salvo él— se han resignado. Llega a soñar, y es un sueño dichoso, con un taladro que le destroce los oídos; llega a imaginar el silencio que tal vez sobrevendría con la muerte (pero lo detiene la carencia de certezas al respecto). Es una novela desoladora —y fascinante: la prosa enigmática y la admirable economía narrativa de Di Benedetto consiguieron, en mi experiencia de lectura, envolverme en un silencio insólito y maravilloso pese a que di en asomarme a sus páginas en un café aborreciblemente ruidoso, como aborreciblemente ruidosas son esta ciudad y la ciudad en la que aquel mártir secreto padecía su furia, su consternación y su dolor.
        El rugido de la moto, el restorán o cualquier negocio con bocinas a la calle, el imbécil que acelera o rechina las llantas, el cretino que habla por el celular a gritos, los cohetes que le truenan a un santito, el incontable etcétera que nos ensordece: el ruido incontenible y omnipresente en el que viajan nuestras ansias de hacernos, unos a otros, la vida imposible.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 9 de junio de 2011.

Al tope

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Como universitario, pero además como contribuyente de los recursos con que se sostiene la institución pública que es la Universidad de Guadalajara, hay muchas cosas de ésta, particularemente en cuanto respecta a la administración de esos recursos, que me cuesta trabajo entender. Pero le hago la lucha, por lo general antepongo el llamado beneficio de la duda y al cabo puedo quedar por lo menos provisionalmente conforme, en la mayoría de las ocasiones, mientras el tiempo va dándoles o quitándoles razón a quienes deciden en qué berenjenales (muchas veces aparentemente distantes de su misión educativa fundamental) se mete la Universidad. Por ejemplo: mis reticencias al presenciar cómo iba consolidándose la ocurrencia de hacer una feria del libro en Los Ángeles, o al ver que se lanzaba un canal de televisión, o al ir conociendo cómo progresa el Centro Cultural Universitario, están moderadas por la esperanza de que acciones semejantes lleguen a tener alguna repercusión benéfica para otras tareas que, más allá de la educación, también conciernen a una institución como ésta: la difusión de la cultura, pongamos, facilitando las condiciones en que ésta pueda prosperar y tener alcances cada vez mayores.
       Quizás sea más difícil comprender por qué la Universidad se propone también funcionar como empresa hotelera, como palenque o como parque de diversiones, como agencia de colocaciones para incontables grillos en ascenso o en declive, o por qué le da tanto por celebrar festivalitos y festivalotes animados por una fauna farandulera muy chafita, por qué se propone la administración de un centro comercial, de un equipo de futbol, etcétera. (Aunque luego uno ve que no es tan difícil comprender, habida cuenta de la lógica peculiar que rige en la institución siempre que ésta se entiende a sí misma como una industria versátil cuyos negocios rige la cabecita ingeniosa y ocurrente y canosa que todos sabemos). Pero igual: al cabo todo tiene una explicación, menos o más aceptable, y así nos la llevamos.
       Lo verdaderamente inadmisible, pero además enervante y tristísimo, es algo como esto: ¿por qué los universitarios tenemos que soportar que haya baños sucios? En concreto: hace unos días entré a uno del CUCSH, y seguramente será uno de los peores que haya visitado en la vida. Asqueroso. ¿No hay personal, no hay dinero ni para un botecito de pinol, una cubeta, un trapeador? ¿O a nadie le importa? ¿Ni a los directivos, ni a los estudiantes? ¿No tienen vergüenza, unos y otros? Esa inmundicia contradice y cancela todo logro de que pueda alardear la Universidad: es una catástrofe, pues evidencia cómo la cotidianidad universitaria sucede en condiciones de absoluta falta de dignidad. Cómo deseo que el Rector, o el rector de ese centro universitario, o el mismo Raúl Padilla, anden por ahí un día y una urgencia los obligue a visitar esos retretes rebosantes. (Ya sé que nunca va a pasar, pero la ilusión quién me la quita).

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 2 de junio de 2011.

Nick Hornby: el melancólico sentido común

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La vida de todos los días es posible en la medida en que esté a salvo de lo excepcional, lo insólito o lo inimaginable, y gracias a que por lo general corre al margen de las desmesuras de la desgracia o la dicha, desinteresada de toda ambición épica y a favor, más bien, de la ocurrencia —quizá sobresaltada o neurótica, pero no destructiva— de lo cotidiano. Los acontecimientos decisivos para la existencia de cada quien, en la mayoría de los casos, acontecen a una escala que difícilmente cabría juzgar como heroica o catastrófica... salvo para cada quien; de ahí que una ruptura amorosa, el advenimiento de un hijo o un vuelco inesperado en el ámbito profesional importen sobre todo —o más bien exclusivamente— para sus protagonistas. Siempre y cuando esos protagonistas no lo sean también de alguna de las novelas de Nick Hornby, porque entonces los hechos trascienden su incumbencia privada, doméstica o trivial y pueden volverse decisivos también para la experiencia de los lectores que llegamos a enterarnos de ellos...

Para seguir leyendo, pasen por acá, al nuevo número de Magis (que, por lo demás, está buenísimo).

Prohibido

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Suele decirse que el mejor modo de alentar la proliferación de cualquier cosa (mercancías, conductas, ideologías, arte) consiste en prohibirla: con impedir la libre circulación de algo, según este enfoque abusivamente simplificador, y más bien inservible, se da lugar al tráfico soterrado, ilegal y por tanto punible, y por tal razón ese algo se vuelve automáticamente más apetecible o codiciable: es más excitante conseguirlo, y las dificultades que deben sortearse para su obtención incrementan su valor simbólico o material. Así, el consumo de determinadas sustancias, por ejemplo, o bien la adhesión a determinadas formas de comprensión de la realidad, estarían explicados por el dudoso componente de emoción o aventura que hay en moverse al margen de la ley —sacándole la vuelta a las prohibiciones, desentendiéndose de las regulaciones y los controles que dan forma al Estado de derecho—; así, siempre desde este enfoque, la supresión de las tentaciones desembocaría en la erradicación de los males (aquí los defensores de la despenalización del consumo y tráfico de drogas invariablemente recuerdan el fin de la Ley Seca en Estados Unidos, si bien soslayan el hecho de que la mafia a cargo habrá mudado de giros, pero no se acabaron los borrachos).
        El tema, desde luego, es muchísimo más complejo, pero da la impresión de que el poder de la tentación —y, en consecuencia, el de la prohibición— está sobreestimado. Además: cuando una sociedad, como la mexicana, está intoxicada y neutralizada, ya no digamos por las drogas o el alcohol o la pésima alimentación, sino sobre todo por la ignorancia, el miedo, el agotamiento que acarrea la procuración de la subsistencia, la violencia en todos los ámbitos y la desconfianza, toda prohibición —sobre todo las emanadas de gobernantes ineptos, corruptos e impotentes— se vuelve irrelevante: ya bastante tenemos con que se nos prohíba vivir en paz, a salvo de las malevolencias y las estupideces que nos acechan en todo momento. Prohibiciones como la que ha enderezado el Gobernador de Sinaloa contra los llamados «narcocorridos» no pasan de ser meras ocurrencias, dictadas sólo por el afán de hacer creer que está haciéndose algo. (Y eso por no repasar la lista de cretinos, del tapatío César Coll para acá, que han buscado desterrar las minifaldas, los besos, la cerveza fría o las concentraciones de jóvenes, como aquel Tlajomulcazo famoso).
        Ignoro qué deba entenderse por «narcocorrido», pero entiendo que el término alude a un vasto género —para mí indiferenciado— de músicas detestables cuyas letras festejan las hazañas de delincuentes y ensalzan los modos de vida en las inmediaciones o en el corazón del narcotráfico. Son producto de una fascinación poderosa por un mundo difícil de comprender, y dan vida a una industria poderosa que no va a dejarse disolver por ninguna restricción. Aparte de eso, ¿no es un delito la apología del delito? Vaya prohibición inútil (pero qué no es inútil en este México ilegal): prohibir que se infrinja la ley.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 26 de mayo de 2011.

Emblema

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Foto: Mural

El nombre lo recuerda claramente: la razón principal de que, hace 12 años, se decidiera erigir la escultura gigantesca de Sebastián en la glorieta de las avenidas Lázaro Cárdenas y Mariano Otero, fue el afán de marcar así la llegada del tercer milenio a Guadalajara (o la llegada de Guadalajara al tercer milenio, quién sabe cómo entenderán estos «acontecimientos» los funcionarios que dicen dónde se ponen las cosas y que saben mejor que sus gobernados lo que hace falta y por qué). El 25 de marzo de 1999, Francisco Ramírez Acuña, Alcalde tapatío que para ese momento iba ya metiendo tercera para llegar a ser Gobernador, confirmó la noticia a Mural —desde París: se le daba mucho eso de las giras—, y por lo visto él entonces pensaba en una como puerta para la ciudad, erigida además en el entorno de una plaza: «Se llamará la Plaza del Tercer Milenio. Esta puerta en forma de arcos estará iluminada y se verá desde los principales puntos de entrada a la ciudad de Guadalajara», dijo, y quién sabe qué se figuraría en su cabecita loca. La nota de ese día consigna un buen puñado de ocurrencias que traían en mente el Alcalde milenarista y su maistro de obras Claudio Sáinz David: se proponían también encargarle obra —puertotas esculturales y monumentales, se entiende— a Juan Soriano, para la Barranca de Huentitán; a Fernando González Gortázar y a Julio de la Peña, y también mandar a hacer estatuas para honrar a la Enfermera, a Álex Lora y al Escuadrón 201, esta última en el Planetario Severo Díaz Galindo (en lugar de, por ejemplo, resanarle las goteras o desenzacatarlo tantito).
        De esos sueños, el único que se cumplió fue el de la estatua de Álex Lora, que sigue gritando su broncínea gloria en el Agua Azul. (Pero, ¿no se hizo con las llaves que donaron sus fans? ¿O ésa fue la estatua del Papa? Y, en tal caso, ¿cuál de las docenas de estatuas del Papa que hay por la ciudad?).
        Todo tapatío sabe, o debería, que los dichosos Arcos del Milenio iban a ser originalmente seis; son cuatro, y no hay razones para esperar que broten los dos faltantes. Es difícil saber si enriquecen, con su presencia incompleta, el paisaje en que se yerguen: es sabido que todo arte público, por horroroso que sea, termina engullido por su entorno, y los arcos llevan tanto tiempo pugnando por tenderse sobre nuestra desatención que se han vuelto prácticamente invisibles. Yo nomás me acuerdo de que existen cuando tengo que explicarle a un visitante fuereño la penosa y ridícula historia. O ahora que vino el mismísimo Sebastián para tener una expo en el Palacio Legislativo (¡cuenten bien las piezas, no vaya a faltar alguna!). En un alarde de agudeza, el escultor ha señalado que la falta de voluntad es la razón de que no se haya terminado su trasto. Pero vamos viendo: esos arcos, perpetrados por capricho, surtidero de discordia, caros, estorbosos, indefendibles y difíciles de explicar, ¿no son así, inacabados e inacabables por puras estupideces, el mejor y más elocuente emblema de esta ciudad?

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 19 de mayo de 2011.

Opiniones

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Porque el fundamento mismo de su existencia y de sus alcances está en su capacidad de multiplicar continuamente el número inconcebible de encuentros entre los individuos que lo habitan o lo atraviesan, internet es un espacio de naturaleza eminentemente inclusiva, que —al menos hasta el actual estado de cosas— funciona en la medida en que admite prácticamente a cualquiera que desee o deba ingresar: cualquiera, se entiende, que tenga modo de ponerse frente a una computadora y pulsar sus teclas para juntar las letras que, por lo menos, den la impresión de formar palabras, o tan siquiera bufidos o balbuceos. Lo único a lo que la red no sabe darle cabida es al silencio: cualquier cosa que éste signifique (como en la vida de este lado de los monitores: perplejidad, repudio, pasmo, desgana, desdén, ignorancia o simple y rotunda pereza), de aquel lado del teclado y la pantalla será, en el mejor de los casos, malentendido: callarse sólo equivale a haberse rendido, a largarse, a dejar de existir.
        Yo qué voy a saber: sólo supongo que en esa aspiración de colectividad total ha de radicar una de las virtudes mayores de ese espacio, construido y regido por las necesidades de sus usuarios —al menos en teoría, y es que estaría por verse hasta dónde las imaginaciones de éstos han sido frenadas, desviadas o disipadas por cuanto no convengan a alguien... que, desde luego, no conoceremos jamás. Pero lo que sí advierto es que de esa vocación «democrática», digamos, se desprenden algunas de las posibilidades más siniestras: por ejemplo que, por contar con una conexión, cualquiera tenga modo de diseminar sin restricción alguna su ignorancia, su estupidez, su odio o su malevolencia. Hablo en concreto de lo que ocurre siempre que se abre un foro para la «discusión» de lo que sea, y más precisamente a propósito de las informaciones que surte la ocurrencia del presente.
       Si bien las asambleas más o menos organizadas, cuyos participantes son de algún modo reconocibles o sus identidades susceptibles de ser descifradas (Facebook, Twitter, blogs o sitios que exigen registrarse antes de participar), también suelen estar infestadas de cretinos, alimañas o micos que se creen graciosos porque aprendieron a enseñar el trasero, lo que ocurre en las ristras de comentarios que siguen a la publicación de noticias va, sin falta, de lo espeluznante a lo nauseabundo: exabruptos, siseos, risotadas y gruñidos, martajados con sintaxis rudimentaria y espolvoreado todo con raticida. Se vio, por ejemplo, en las notas acerca de la marcha con Javier Sicilia, el fin de semana pasado, y quien quiera pasar un pésimo rato puede ir a cualquier periódico en línea y conocer los pareceres de muchísimos asnos al respecto. Pero pasa en todo foro (una vueltita al azar por YouTube, rápido). ¿Qué tiene en la cabeza quien, además, se da el tiempo de irrumpir así en la atención de los demás? Y no es sólo que lo que ahí se lee sea repugnante: también puede ser temible. Maldad en estado puro.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 12 de mayo de 2011.

Teclazos

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En la computadora tengo instalado un programita, inventado por algún bendito ocioso, que recrea el sonido de una máquina de escribir mientras voy tecleando: algo como chac, chac, chac para cada letra, tuc para la barra espaciadora y ting-prshhhh-chac para la tecla de retroceso (lo que equivaldría al arrastre en reversa del carro en que viajaba el rodillo con la hoja de papel, cuando se llegaba al final de un renglón —para eso la campanita, para avisar que ya no quedaba espacio— y había que accionar la palanca que liberaba dicho rodillo para que girara, al tiempo que iba recorriéndose de izquierda a derecha, y se pudiera pasar al renglón siguiente). Hace ya tiempo que me encontré ese programita en algún rincón de internet, lo descargué y comencé a usarlo: también por pura ociosidad, aunque de inmediato se activó con él un deleite irresistible, que me ha vuelto imprescindible el tableteo que acompaña los movimientos de mis dedos y la aparición de las letras en la pantalla, cualquier cosa que esté escribiendo —este artículo, por ejemplo, que surge de ese fondo sincopado y que gracias a él parece ir ganando una consistencia y una definitividad de las que yo no estaría tan seguro si las palabras fueran formándose en silencio, como se espera que las haga normalmente una computadora.
        En días pasados circuló, sin demasiado relieve, la noticia de que en Bombay cerraba la que sería la última fábrica de máquinas de escribir que quedaba en el mundo. (En realidad, esta compañía cesó la producción en 2009, y la semana pasada lo que se anunció fue que les quedaban apenas 200 unidades: veinte con el teclado en caracteres latinos y el resto con teclados en árabe). Quedaría por comprobar si en verdad ya nadie hace estos aparatos en algún otro lugar (máquinas mecánicas, se entiende: imagino, aunque no sé, si aún circulen las eléctricas), pero por la importancia simbólica de esta empresa —con la máquina de escribir Godrej despegó el desarrollo tecnológico en la India de Nehru—, el hecho es que ya estamos hablando de una especie extinta, que no parece haber razones para imaginar que pueda resucitar. Una vez más: la obsolescencia de lo que alguna vez nos resultó indispensable es la prueba de que vamos de salida de un tiempo y un mundo que acaso sólo consientan que los habitemos con nuestras nostalgias y nuestra necedad —como la mía con los ruiditos de mi teclado.
        Conservo en estupendas condiciones la máquina en la que aprendí a teclear (a escribir todavía no aprendo), y ahora no tengo más remedio que contemplarla con incredulidad, como la reliquia que ya es y que va volviéndose más inexplicable: ¡qué artefacto trabajoso, y qué esfuerzo exigía imprimir a cada golpe! Pero su música —también era la de la redacción del primer periódico en que trabajé: un concierto frenético sobre hojas de papel revolución—, y la emoción de sumergirse en ella, no habrá otra máquina que las pueda reproducir.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 5 de mayo de 2011.