¿Así o más alto?

El local de una inmobiliaria en la colonia Chapalita, una pollería en Santa Teresita, buena parte de las agencias automotrices en cualquier rumbo (particularmente las de López Mateos, pasandito Plaza del Sol, antesito de la Av. Conchitas), una multitud de tiendas de ropa en el centro, ¡los malditos camiones repartidores de gas!, el naranjero desalmado que conduce su camioneta por Talpita, zapaterías, colchonerías, almacenes de artículos electrodomésticos, el edificio de los teléfonos celulares en Chapultepec, entre Efraín González Luna y Montenegro, las «grabadoras» pantagruélicas y móviles que ciertas estaciones de radio hacen circular por la ciudad... Lo peor de las malas ideas es la rapidez con que cunden y ganan adeptos que las ponen en práctica de inmediato, para que enseguida otros sigan el ejemplo y a su vez lo pongan a otros más. ¿Quién fue el primer idiota que creyó que el ruido es una buena estrategia publicitaria? El ruido: las estridencias que cualquiera se siente con derecho de sacar a la calle para atraer la atención de quienes pasemos por ahí, se supone, mediante el recurso de reventarnos los tímpanos con los berridos de algún locutor o con cualquier música (aunque no, no cualquiera: infaliblemente es un éxito «grupero» que a los empleados de la agencia automotriz, de la pollería o de la tienda de bikinis de seguro los tiene fascinados).
¿Las ventas andan bajas? Fácil: saquen a la calle unas bocinas que ya quisiera el grupo Sepultura para un concierto en el estadio de Maracaná, suban el volumen hasta que rebase el umbral del dolor y cause lesiones irreversibles, y el resto corre por cuenta de El Coyote y su banda Tierra Santa —o como sea que se llame la inmundicia que esté pegando más. No tiene caso preguntarse si quienes proceden así creen deveras que su estrategia funciona: están convencidísimos. Imaginan que, al oír el estruendo, uno va a frenar en seco y va a entrar a comprarse una casa o un buró. Tampoco tiene sentido cuestionar si nadie les habrá puesto un alto alguna vez, en esta tierra de autoridades convenencieras y elusivas. (Quizás no parezca venir mucho a cuento, pero sí: ¿qué tal acaba de zafarse el Gobernador González de su responsabilidad —que la tiene— como vigilante del buen empleo del erario, al disculpar tácitamente a la administración anterior por la babosada formidable del paso a desnivel de Las Rosas? «Yo no creo que sea cuestiones [sic] de responsabilidades», declaró, «sino de respuesta a una problemática que existe, que ya existía y que en su momento no se atendió [sic, sic]». ¡Eso es todo! Así vamos sabiendo a qué atenernos).
La peste está declarada, y parece imposible de erradicar. Del restaurante que dispone de terraza y la aprovecha —y de paso toda la calle— para que retumbe la tambora al predicador que se instala en una plaza, con el debido equipo de sonido, la ciudad está tomada por esta ruidosa forma de «publicidad» que a cualquier cretino se le antoja. Y no hay modo de escapar.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el viernes 6 de abril de 2007.
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2 comentarios:

Alejandro Vargas dijo...
8 de abril de 2007, 15:58

Tienes mucha razón en esto que comentas. Por mi casa hay un localillo naturista que precisamente cuando va peor la cosa en ventas, contratan a un personaje con voz ladina y que hable como merolico para "atraer" a las personas.
Todo esto claro, al ritmo de algún sonsonete de banda y/o reggaeton.

Y las autoridades...bien gracias, ganando bonos.

Saludos!

Jos Velasco dijo...
11 de abril de 2007, 23:59

Hey, ¡que bien! Ya no tendré que ir al baño de mis padres de mi casa para leer el periódico los viernes.

Ahora además de leerte podré comentarte como el compañero Kurt.

Me gustó mucho la manera en la que describes la grosería auditiva que es la publicidad en estos días.