Invitación

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Patrañas

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No parece que la necesidad de creer en cualquier cosa explique por sí sola la facilidad pasmosa que el mexicano tiene de tragar patrañas, pues si se tratara únicamente de la necesidad de ir configurando la vida según determinadas certdumbres, convicciones o historias, tal apetito podría ser igualmente satisfecho con verdades. Digo: tanto trabajo cuesta creer en la aparición de una hadita como en el hecho de que las haditas no se aparecen. Lo malo es que las verdades son escasas, escurridizas, sospechosas siempre y a la postre, generalmente, susceptibles de trocarse en patrañas, de manera que esa voluntad imperiosa de creer en cualquier cosa ha ido modelándose a lo largo de los siglos por un principio de incredulidad que ha vuelto preferible lo inverosímil antes que lo evidente —y si no por qué la gente sigue acudiendo a las urnas en días de elecciones y refrendando con votos su creencia en las ilusiones y las falsedades propaladas por los mentirosos en turno. Lo demostrable es tan raro, y tan grande el hartazgo de esperar que se manifieste —y tan pocas las ganas de demostrar nada: por eso la prensa más perezosa se basta con reproducir el zumbido de enjambres de declaraciones—, que a la ocurrencia de lo portentoso, por estúpida que termine siendo la explicación, se acude con regocijo y sin dudarlo un instante.
       (Ahora bien: el hadita famosa efectivamente apareció, y fue del todo natural que el afortunado que la halló diera la noticia al mundo, y que luego el mundo fuera a asolearse en largas filas para presenciar el milagro, pagara la entrada, comprara fotos y videos, y a su vez corriera la voz; otra cosa fue que el afortunado resultara un malviviente astuto, que el hadita fuera de plástico y que las multitudes hubieran admitido encantarse de modo tan abrumador por lo que alcanzaron a ver, apenas una figurita como de gargajo en un vasito con dizque formol. Pero de que apareció, apareció).
       De un tiempo acá me he aficionado a las ristras de anuncios televisivos que, sobre todo durante los noticieros, divulgan remedios insuperables para la tos, la depresión, los niños lerdos (un shot de porquería que deben beber antes de irse a la escuela, para avisparse), los hongos en las patas, las arrugas, la calvicie, la barriga, la celulitis, el insomnio, el ronquido, la impotencia, la frigidez, la gastritis, las flatulencias, las várices, el estrés, la desmemoria, la vejez, etcétera. Con pocas variantes, todos incluyen una mona o un mono de buen ver, eufóricos siempre; otro u otra en bata, con título profesional, que infunde autoridad científica, y gráficos grotescos o repugnantes (espinillas que se esfuman, pelones a los que les brotó pasto en la coronilla, gordas malfajadas y tristonas, sonrientes y ya laminadas en la foto del «después»). Vaya afición, se dirá, pero es que ahí encuentro una elocuente explicación del desastre: si tales patrañas no tienen límite, ni freno, debe de ser porque tampoco ha de tenerlos la voracidad con que las necesitamos.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 18 de agosto de 2011.

Cantinflas

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Acaso Cantinflas y su tiempo se expliquen recíprocamente de un modo tan completo que, conforme el siglo 20 mexicano va quedándonos más lejos, la figura del cómico y su éxito se vayan volviendo comprensibles sólo mediante la adopción de una perspectiva histórica que impone la exégesis de sus películas —y de la conducta pública de Mario Moreno, el personaje al margen de los personajes que interpretaba: ese señor de lentes verdes, cuello de tortuga y cigarro eterno— por encima del mero disfrute que originalmente buscaron promover. Y acaso eso suceda con todo hito cultural cuya significación excede sus propios límites, y que por tanto llega a convertirse en símbolo de una época o una realidad determinadas.
       Claro: habrá numerosos pasajes de las películas de Cantinflas que seguirán siendo divertidos siempre, sobre todo en aquéllas donde todavía no se declaraba del todo su afán de sermonear y chantajear sentimentalmente al público, o sea antes de que se propusiera que sus caracterizaciones tuvieran un efecto ejemplarizante en aras de nociones bastante sangronas de nobleza, sacrificio, civismo y acatamiento de la autoridad establecida (al final de El barrendero, por ejemplo, Napoleón Pérez García, en su uniforme anaranjado del Departamento del Distrito Federal, va con una secretaria a dejarle dicho al regente de la Ciudad de México —en ese momento Carlos Hank González—, que lo premió con una barredora: «Dígale al señor regente que es re-gente»). Aunque, en términos generales, su obra completa fue configurando una moral —desde la creación del pícaro menesteroso que siempre se sale con la suya y hasta el abandono paulatino de éste en favor del cartero, el patrullero, el bombero, el padrecito, el profesor, el diputado, el doctor: todos oficios relacionados la procuración del bien común y del servicio a la patria, incluido el cura revoltoso—, lo cierto es que conviene dejarse encantar por los hallazgos netamente artísticos del malabarista verbal, más allá de heroísmos y abnegaciones patéticas (el final de El extra, cuando Rogaciano se aparta humillado a comerse una lamentable torta, perdida la muchacha y las esperanzas de triunfar): la incoherencia como una forma suprema de la elocuencia y la astucia, y la gracia insuperable que así pudo alcanzar.
       ¿Qué hacer con Cantinflas? Ante todo, creo, soslayar los incontables lugares comunes que lo infaman (y que él mismo se ocupó de alentar: «Yo soy pueblo», le dijo en una entrevista a Jacobo Zabludovsky en 1967), y proponerse redescubrirlo como el creador virtuoso cuya originalidad y malicia llegaron a fructificar en momentos entrañables. Esto, claro, antes de que termine por volvérsenos del todo incomprensible, como el México que dibujan sus películas mejores (yo cuento entre éstas las más delirantes, como Un día con el diablo, El supersabio o El señor fotógrafo), y que ya no puede existir ni siquiera en la añoranza: cuando mucho en una forma más o menos feliz de la imaginación.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 11 de agosto de 2011.

Gusanos

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Soy alérgico a las manzanas, pero entiendo que si encuentras un gusano en una, la impresión ha de ser horrible, y más si ya la mordiste. Y más si encuentras medio gusano. Pero todas las manzanas saben a manzana, y la cosa tiene remedio desechando la engusanada y aventurándose con otra. Además: una manzana no cuesta trescientos pesos. Con un libro, en cambio, el disgusto de encontrar una errata (una sola, aunque por lo general son colonias enteras diseminadas a lo largo de las páginas) es irreparable, pues así uno se haga de otro ejemplar, el desperfecto estará ahí, idéntico, estropeando la experiencia —a menos que haya forma de conseguir otra edición, o aguardar a la siguiente, y aun así será de temerse que haya, si no la errata en cuestión, sí otras, igualmente inesperadas y desagradables. Además: un libro sí cuesta trescientos pesos (o algo menos, pero no mucho, o más que eso, que siempre es muchísimo), y cualquiera que sea la cantidad desembolsada es suficiente para sentirse timado por haber adquirido un producto defectuoso, y encima no hay manera de que el daño sea resarcido por el fabricante: no va uno a la librería o a la editorial para que le cambien el ejemplar engusanado por otro limpecito.
       Algún tiempo tuve la compulsión, neurótica e infértil, de ir corrigiendo sobre la marcha las minúsculas catástrofes que iba encontrando en los libros. Disparates ortográficos y puntuaciones erráticas, principalmente, y en las traducciones algunos términos que me saltaba a la vista que habían sido mal elegidos. Pero caí en la cuenta de que esa labor no sólo no me correspondía —las editoriales han de tener vigilantes a los que se pague por eso—, sino que tampoco rendía ningún beneficio, ni siquiera en el caso de que alguna vez releyera los pasajes enmendados: lo corregido seguía siendo incorregible, sobre todo por la certeza, más grande en la medida en que fuera encontrando más yerros, de que el libro estaba corrompido de origen: que un autor escriba con las patas puede no importar en absoluto si lo que escribe consigue rozar lo inefable aun a pesar de las fealdades o las inconsistencias formales (algo así decía Juan Carlos Onetti de Roberto Arlt), pero para que eso suceda hay editores y traductores y correctores: si ninguno de éstos fue capaz de contener el desastre, muy probablemente el libro haya sido desde el principio una porquería. Y por desgracia no siempre es así, desde luego: las erratas en los libros de Juan Rulfo, tanto en el Fondo de Cultura Económica como en Anagrama, son burradas de las que sólo cabe culpar a sus editores ineptos.
       La otra razón de que renunciara a mi manía malsana fue percatarme de que la cosa no tiene fin: libros, periódicos, revistas, internet... Hasta a la tele le he manoteado cuando suelta alguna barbaridad. Se dice que no hay libro sin erratas, y quizás sea cierto. Pero eso no quita que cada una, por justificable que sea (y casi ninguna lo es), conste como evidencia de que están robándonos de lo lindo.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 4 de agosto de 2011.

Salvador Elizondo: viaje a la vida interior

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Quizá la adolescencia sea el tiempo en que, por más desprevenidos que nos hallemos, más sensible y más fértil sea nuestra capacidad de hacer descubrimientos: sin la maravilla o la brutalidad de los que tienen lugar en la infancia, sin la melancólica opacidad que les imprime la madurez (esa forma de llamar al camino a la tumba), los descubrimientos reservados a los primeros arrojos, a los primeros desvelos, a las primeras turbaciones del alma y del cuerpo (recíprocamente culpables de esos cataclismos íntimos: en la adolescencia se aprende, entre otras cosas, a volverse secreto) contienen, al momento ya de acontecer, toda la felicidad y toda la desdicha de que seremos capaces, y en su remembranza estará indefectiblemente la más suficiente de las explicaciones sobre nosotros mismos que llegaremos a ofrecer. “Estoy soñando que escribo este relato”, declara un hombre a casi medio siglo de distancia del día en que su padre lo llevó a Los Ángeles, a fin de instalarlo en un instituto militarizado del sur de California, a la orilla de un lago. “Las imágenes se suceden y giran a mi alrededor en un torbellino vertiginoso”. La atmósfera de ese país que está a punto de ganar la Segunda Guerra Mundial añade agitación a los recuerdos que emergen y cobran forma en las palabras con que Salvador Elizondo comienza a trazar los descubrimientos que haría en sus días como estudiante en la Escuela Naval y Militar de Elsinore...

Para seguir leyendo, por acá, por favor: al nuevo número de la revista Magis.

No pero sí

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Lo puede creer fácilmente todo universitario que constate, en la vivencia de lo cotidiano, la precariedad por la que la existencia de la institución es más bien supervivencia, penosa muchas veces e indignante siempre: en la Universidad de Guadalajara nunca hay dinero. Pero también, y lo descubre fácilmente todo universitario que compruebe, llegado el momento —y siempre llega— de presenciar milagros, en la Universidad de Guadalajara siempre hay dinero —otra cosa es que no sea tan sencillo conseguir que aparezca, ni saber dónde puede estar en tanto no se manifieste y fluya para lo que sea que haga falta.
        Es como el gato famoso de Scrhödinger (resumen grosero, ya sé que el experimento implica ciertas sutilezas, pero a lo que vamos: se toma un gato, se encierra en una caja con un dispositivo que puede matarlo; mientras no se abra la caja, y por ende se ignore si el dispositivo asesino se ha activado o no, el minino está al mismo tiempo vivo y muerto): mientras su destino se decida en la impenetrable tiniebla de la negociación política —que no hay por qué esperar que no sea así, si siempre ha sido así—, la UdeG está tan muerta como viva: en los últimos días, por ejemplo, no tenía los cientos de millones de pesos que «reclamaban» sus autoridades al Gobierno federal, pero de algún modo que ignoramos e ignoraremos ya los tenía, igual que hace unos meses, cuando el «reclamo» iba enderezado al Gobierno de Jalisco: no había pero sí hubo, y dentro de algunos meses será igual: no habrá pero sí acabará habiendo. Esta circunstancia paradójica explica que la Universidad viva hambreada y en la opulencia, o bien que la Universidad siempre tenga dinero, aunque no siempre parezca disponer de él (y al final siempre dispone). Simultáneamente peligran elementos que se supondrían cardinales de su existencia (profesores e investigadores, por ejemplo, a quienes se les pichatea el salario y los estímulos y se les orilla a condiciones de trabajo vergonzosas) y están plenamente garantizados otros, quién sabe si fundamentales, pero sí inevitables, como el agitado y festivo turismo de los funcionarios más suertudos, la edificación de teatros o auditorios, la manutención de ferias y festivales y kermeses, festines, agasajos, un equipo de futbol, hoteles y todo género de derroches, y desde luego los emolumentos chonchos y rechonchos de los estratos privilegiados de la burocracia universitaria, así como los gastos (vehículos, choferes, escoltas, asesores y gatos incontables) que parecen indispensables para que los funcionarios funcionen.
        En vísperas de la marcha que dizque iba a hacerse en la Ciudad de México —la «crisis» en turno, voceada con la alarma habitual— empezaron a menudear los recortes, los ajustes, los pujidos de administradores universitarios que tapan hoyos escarbando más hondo (como en Cultura UdeG: ver la nota «Se ponen austeros», publicada en Mural el 14 de julio). ¿Y ahora que ya se recuperó esa lana perdida? Pues a desperdiciarla cuanto antes, que sólo no habiendo es como hay. Y viceversa.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 28 de julio de 2011.

Sombrillas

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Foto: Mural

Somos lo que recordamos, y tenemos nuestro fundamento en los espacios que hemos habitado y sin la figuración de los cuales, en la memoria, es imposible reencontrarnos y formular las explicaciones —justas o ilusorias, da lo mismo— indispensables para saber cómo hemos llegado hasta aquí. Seguramente una de esas explicaciones, en mi caso, será afín a la de los muchos tapatíos capaces de reconocerse en el espacio que hace unos días fue renombrado como Plaza de la Universidad de Las Sombrillas —nombre que me encanta pero que, sospecho, abreviaremos para que se mantenga como hemos venido usándolo por generaciones, Plaza de Las Sombrillas y nada más. Mi memoria de ese espacio cubrirá aproximadamente unos veinte años: de mediados de los 70 a mediados de los 90 del siglo pasado, o sea desde que tuve uso de razón —es un decir: eso siempre es un decir— hasta que cambié de rumbos y ya sólo he visitado ése muy ocasionalmente, y más bien cuando ha sido inevitable y nada más.
    Es posible que haya hecho de Las Sombrillas, en mis evocaciones más remotas, un particular locus amœnus justificable por la perspectiva de la infancia: un territorio privilegiado de dicha, definido por la suave sombra de los árboles en la tarde, el sencillo espectáculo de los transeúntes que cruzaban la plaza y de la clientela instalada en la fuente de sodas cuya terraza delimitaba el amplio rectángulo de macetones al lado de Telégrafos. (Eso era entonces el edificio que hoy ocupa la Biblioteca Iberoamericana Octavio Paz, y el dato opera como una dificultad para la verosimilitud del recuerdo: ¿Telégrafos? Pues sí, era un tiempo lejanísimo en que el telegrama parecía la forma más inaudita del futuro, y de ahí el respeto que inspiraba ese recinto, su prestigio y su misterio). Mis papás me llevaban una o dos veces en la semana —vivíamos cerca—, creo que siempre a la vuelta de las serenatas en la Plaza de Armas, y por eso me familiaricé tan naturalmente con las señas de identidad del lugar: la zapatería Las Tres B, la juguetería que había al lado (¿La Ciudad de Bruselas, se llamaba?), los pasadizos subterráneos de Juárez y sus escamochas, el estudio fotográfico París en Pedro Loza y Pedro Moreno, Franco (¿alguien más que haya ido a ver cuando se incendió?), el Nuevo París, los edificios Barreto y Castalia, el puesto de periódicos del profesor Limón... Niño ideático, siempre pedía unas «tres Marías», pero pedía que les quitaran la mermelada y las galletas, que me repugnaban.
    Años después me tocó hacer el servicio social en la Biblioteca, y los muchos sábados que estuve yendo pude apropiarme de ese espacio, también felizmente. Es «mi biblioteca», me digo, y me alegra que ahora, a sus veinte años, la Universidad de Guadalajara la festeje y se afirme en preservarla (entre tantas estupideces que envilecen la vida universitaria). Las nuevas sombrillas que ha puesto el Ayuntamiento en la plaza, tan dada al abandono y a servir de tianguis, ¿a la memoria de quién llegarán a darle forma?

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 21 de julio de 2011.

Orgullo

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Lo pensé concienzudamente, a fondo, con la voluntad de dar una respuesta razonada y sincera, y luego de meditarlo por cinco segundos llegué a la conclusión de que no me siento orgulloso del Chicharito. Nada hice para que estuviera donde está; si acaso le he festejado alguna gracia, lo he hecho con el entusiasmo fugaz que pongo en celebrar que haya una coca en el refri, esperándome en el momento oportuno. Ni mi amigo es, ni mi pariente, ni nada. Lo mismo con Ximena Navarrete, con quien tampoco (otros dos segundos de reflexión) hallo motivos para sentir míos sus triunfos. Los Panamericanos —ni siquiera necesito pensarlo— me caen gordísimos, por mí que se vayan a hacerlos en las Islas Revillagigedo, o donde sea que no estorben. Por la suma de mi indiferencia y mis antipatías, veo que debo contarme entre la minoría de tapatíos que se sienten poco o nada orgullosos del Chicharito, de la miss y de los juegos cebitos, tapatíos también los tres, razón por la cual se preguntó acerca de ellos en la Encuesta de Percepción Ciudadana de Calidad de Vida, levantada por el Observatorio Ciudadano de Calidad de Vida y cuyos resultados se dieron a conocer el lunes pasado. A la pregunta de qué tan orgulloso se siente uno de vivir en Guadalajara, el 77 por ciento respondió «muy» o «algo», y de nuevo: yo me acomodaría en la franja de los que contestarían que nada —e incluso, de existir, marcaría la casilla que dijera: «Más bien me da penita».
     Abundan los datos sorprendentes en esta encuesta, y las ocasiones para la perplejidad más inesperada. «¿Cree que esta ciudad es propicia para que usted sea feliz?». ¡El 81 por ciento respondió que sí cree! Pero más adelante encontramos que, entre quienes se sienten «algo» y «muy» inseguros en la ciudad, suman un 45 por ciento; 21 por ciento de los encuestados fueron víctimas de algún delito en el último año, y 56 de cada cien juzgan como «grave» la violencia callejera en la colonia donde viven. ¿De dónde aquel optimismo, entonces? Los tapatíos no nomás percibimos que las autoridades hacen poco o nada por resolver problemas como la inseguridad y el narcotráfico, el desempleo, la pobreza y la desigualdad social y la corrupción y la ineficiencia del gobierno, sino que además nos tenemos mucha desconfianza entre todos: el 64 por ciento recela de los transeúntes con los que comparte la calle, y el 71 por ciento de los «jóvenes reunidos».
        Por lo que respecta al rubro de «Cultura y recreación», las cifras son poco dignas de ningún orgullo: lo que más se nos da es ver la tele, y no hacemos mucho más (ir a museos, al teatro, a conciertos) por falta de tiempo, principalmente. Con todo, entre quienes se dicen «algo» y «muy» felices, suman un pasmoso 90 por ciento. Pero más de la mitad aprecia que, en general, Guadalajara va «por mal camino». ¿Entonces? Pues que así somos, una sociedad esquizofrénica: mientras no nos falten motivos para esa cosa absolutamente inservible que es el orgullo tapatío...

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 14 de julio de 2011.

El gran mal

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El doctor Marcelino Cereijido se dedica a la fisiología celular y es divulgador de la ciencia —carácter que puede adjudicársele en virtud de su querencia por la redacción de artículos periodísticos y la composición de libros de ensayos en los que busca comunicar problemas de ese ámbito con la vida cotidiana, facilitando a los lectores no especializados, pero también a sus colegas, que saben ser incomprensibles entre ellos mismos, el entendimiento del quehacer científico y sus implicaciones. Por lo que puede inferirse de la lectura de sus textos, es un tipo tan divertido como seria es su materia: «la ciencia es muy importante como para hacerla aburrida», ha afirmado más de una vez, y esa convicción determina tanto su labor de escritor (uno de sus libros se titula El doctor Marcelino Cereijido y sus patrañas, pues así llama al género que ha inventado para arreglárselas con los vericuetos del trabajo científico) como su desempeño en la investigación, alerta siempre ante la tentación del dogma, el principio de autoridad y otras supersticiones: la ciencia, para él, es apenas una forma de interpretación de la realidad —la más eficaz, eso sí.
       Uno de los temas que han ocupado últimamente a Cereijido es la posibilidad teórica de una explicación de la ruindad. O, para decirlo con el término resuelto, suficiente y sonoro que él utiliza, de la «hijoputez». Está facilísimo imaginar a qué se refiere: basta con asomarse a la calle y detectar al primer prójimo que deje el coche estorbando en la banqueta, agarrar el periódico para ver la carota cretina y sonriente del político en turno en la portada, asomarse tantito a la memoria para reencontrar a la profesora de la primaria, sañuda con su amargura traducida en venganza. (También serviría revisar los pasajes de la propia conducta en que uno ha podido ser abusivo, cruel, desleal: un mal bicho, en suma... pero quizás reconocer eso no esté tan fácil). Según Cereijido, no hay preguntas para las que la ciencia no pueda llegar a tener una respuesta, y este asunto, la hijoputez, merece —de acuerdísimo— un abordaje multidisciplinario para conocer sus causas; así, desde la genética y la fisiología, pero también desde la historia y la filosofía, su libro Hacia una teoría general de los hijos de puta (recién publicado por Tusquets; no lo he leído todavía, pero ya me anda: seguro que estará buenísimo) se aproxima a la tesis de que en el hecho de que alguien nazca o se vuelva hijo de puta —admite ambas posibilidades— hay determinantes biológicas sólidas, y no se trata de un tema meramente sociocultural: en todos los rincones del planeta hay, ha habido y habrá siempre incontables hijos de puta.
       Es, quién lo duda, un mal omnipresente y de consecuencias insoslayables, pero hacía falta precisarlo: al violador, al patrón hambreador, al chismoso, al torturador, a la víbora, al gobernador alcohólico, a la rata, al mentiroso, a la lideresa magisterial, al machito, al prepotente o al asesino, más vale conocerlos mejor. Y cuanto antes.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 7 de julio de 2011.

El Fua

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Charles Lamb, él sí un borracho memorable.

El cumplimiento de las responsabilidades, los retortijones de la Patria, el bienestar de los llamados «seres queridos», Chávez cotorreando con Fidel, el Papa picándole al iPad, las despensas de Eruviel, las calenturas de la Sub 22... cualquier ocupación o preocupación espesada por la ocurrencia siempre grave y ceñuda del presente: ¡la cantidad de trivialidades que amenazan con disipar nuestra atención, cuando hemos de dársela toda, sin regateos, absortos, al elegido en turno de la fama! La apoteosis, el martes pasado, tuvo lugar en torno al desventurado protagonismo de un pobre diablo en un noticiero televisivo: un borracho que se hallaron tirado, y el video de cuyas gracias luego fue esparcido por el ciberespacio...
       Pero vamos por partes: a estas alturas, ya será raro —muy raro, tanto como para sospechar que a uno lo han secuestrado los extraterrestres y que ha ingresado a otra dimensión— no saber de la celebridad que ganó, en tiempo récord, el briago conocido como «El Fua»: estrella del momento en Twitter, con incontables fanáticos, tan instantáneos como entusiastas, muchos de los cuales reproducían la dirección a la que había que dirigirse para ver el video, el sujeto —por lo visto alentado por quienes lo rodeaban— hacía lo único que le puede salir bien a alguien en su estado: desfiguros, quién lo va a negar, francamente risibles —si bien está garantizado que una exhibición de esta naturaleza pierde su gracia a la tercera vez que se ve: estos hits tienen una caducidad muy estricta. Pronto fue trend topic (el honor que alcanzan los temas que acaparan el interés de las multitudes en el universo de los 140 caracteres), desbancando a otros asuntos de vital urgencia, como #vomitocomoanahí (el signo de gato facilita la identificación y el eco de estos trend topics: nota para cavernícolas como yo, que apenas voy entendiéndolo). Y el mundo feliz, a la risa y risa.
       «Contempladme entonces, en el periodo más vigoroso de la vida, reducido a la imbecilidad y la decadencia», pedía el ensayista inglés Charles Lamb en sus «Confesiones de un borracho», la pieza inolvidable donde se explicaba conmovedoramente en un rapto de lucidez, entre el final de una tempestad alcohólica y el comienzo de la siguiente. En la contemplación de hombres así reducidos —«El Fua» revivió la fascinación incontenible por «El Canaca», otra luminaria del escarnio, que mantuvo por mucho tiempo ardiendo las risotadas de la nación—, en el regocijo que desata su encarnación del ridículo, ¿hay una suerte de alivio por cuanto quedan conjuradas, así sea ilusoriamente, nuestras peores posibilidades? ¿O qué quiere decir todo esto de los cientos de miles, o millones, que pasamos a ver y a carcajearnos? Ya me puse lóbrego, me temo (amén de pedante: qué es eso de sacar a Lamb a la primera provocación, y qué es eso de decir «amén de»). Malamente. O qué importa: todo será cosa de esperar el esperpento venidero, la novedad nauseabunda que nos arrebate y nos posea irresistiblemente, que no tardará.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 30 de junio de 2011.