Sólo en la UdeG

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Más allá de la adscripción a unos u otros bandos, de los mudables pareceres sobre la actuación de unos u otros personajes —«autoridades», les llaman, independientemente de que sean oficiales u oficiosas— o del ejercicio de la mera conveniencia que supone procurar hallarse en el momento y en el lugar correctos (la vida, y más la vida universitaria, da muchas vueltas), un rasgo que nos afilia a cuantos hemos estudiado o trabajado en la Universidad de Guadalajara es la constante e irrenunciable admisión del disparate como cosa normal, como orden natural e inmutable. Pasa con el preparatoriano que entiende perfectamente —o ni siquiera se lo cuestiona— que su profesor sea cínico, abusivo, inepto e irresponsable; pasa con el empleado administrativo que ejecuta, pues acepta que son necesarios e indispensables —o ni siquiera le pasa por la cabeza la posibilidad de que sean absurdos—, los trámites más tortuosos que impone a quienes acuden a su ventanilla; pasa con el investigador que debe ajustar su labor a los límites, por lo general excesivos e implacables, que significa la observancia de los lineamientos presupuestales —aparte de las laberínticas disposiciones burocráticas que ha de cumplir en todo momento—; pasa con el profesor de cualquier nivel que se resigna a trabajar con focos fundidos, salario raquítico o grupos tumultuosos en salones inhabitables; pasa con el conserje que no conoce el jabón para asear los baños; pasa con el funcionario que busca desempeñar su cargo con probidad o corrección, pero no lo dejan, y con el funcionario miserable y cretino consagrado a impedirle al primero que haga nada que tenga sentido. Pasa con todos los universitarios que presenciamos la actual disputa por el control político y económico de la Universidad, y desde luego con los que intervienen en dicha disputa y vociferan, especulan, urden ataques y contraataques, blanden hachas y aúllan: todos, sin excepción, y parece que desde siempre, terminamos siempre diciendo: «Es que así son las cosas en la Universidad».
Vaya: lo que sucede tiene una explicación —es un decir: los universitarios estamos acostumbrados a dar por veraz cualquier intriga o cualquier despropósito antes que ninguna explicación medianamente razonable— en la tácita e inveterada aprobación del desastre. Y la paradoja consecuente es ésta: porque nos queda claro que en la Universidad de Guadalajara todo se puede —ya lo estamos viendo: que sus dirigentes se tundan a garrotazos (y, en consecuencia, sus subalternos, defendiendo también cada uno el poderío menos o más diminuto que les confieren los escritorios que ocupan), estén a punto de paralizar la vida universitaria—, porque la falacia es la norma, el «recurso» es lo único que a fin de cuentas importa y la única ley es el sálvese quien pueda, es que en la Universidad de Guadalajara no se puede hacer nada. ¿Que dos sujetitos se detestan y están enfrascados en despedazarse? Merecidas tenemos las consecuencias que haya: ahí están porque siempre nos ha parecido natural que estén ahí.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el viernes 29 de agosto de 2008.

Por fin

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Ya está clarísimo: un Mundial de futbol será siempre preferible a unas Olimpíadas. Por si quedaban dudas. Ya deberíamos haberlo aprendido bien ahora que están por concluir los días y las noches transcurridos ante el televisor en la difícil pesca de informaciones interesantes, imágenes bellas, competencias emocionantes y, en fin, algo que vuelva medianamente tolerables las caóticas transmisiones (uno puede empezar a prenderse con un partido de básquet cuando, de repente, el escenario cambia y lo que se ve es a un clavadista mexicano zambulléndose en los últimos lugares de la clasificación), por no hablar del ejército de comentaristas detestables que todo lo salpican con incontables estupideces.
A punto de finalizar los Juegos Olímpicos de Pekín, uno tiene la sensación de que todo ha sido una gigantesca tomadura de pelo. Desde la ceremonia inaugural, espectacular pero impostora: tan impresionantes que se veían los miles de cohetes reventando por todo el cielo de la ciudad, para que resultara que no, que todo fue efecto del ingenio digital de los chinos, y pasando por la controversia tecnológica que puso en duda la hazaña de Michael Phelps o las razones que fueron capaces de dar ciertos atletas nacionales para justificar el predecible fracaso de la delegación mexicana. Claro: no puede haber decepción donde antes no ha habido ilusión, y lo malo es que uno, mal que bien, termine siempre incurriendo en la ingenuidad de suponer que tendrá sentido y será provechoso tener encendida la tele a todas horas del día y de la noche. Cosa que, desde luego, no sucede con un Mundial de futbol, donde felizmente hay que estar al tanto de un solo deporte, razón por la cual no hay necesidad de conocer reglas y datos extrañísimos —como en el ping-pong de parejas, que exige que los integrantes de un equipo se alternen al responder los raquetazos de los otros: apenas va comprendiéndose esto cuando el partido ya se acabó—, y donde todos los partidos que valen la pena son transmitidos de principio a fin, no como en las Olimpíadas, en las que uno apenas va conociendo pura pedacera, y que comienzan y terminan siendo abrumadoras: ¿deveras nos importan el hockey, el bádminton, el softball? Y, en caso de que uno tenga curiosidad sincera por algo exótico —el lanzamiento de martillo, el tiro al plato—, debe resignarse a que las horas estén llenas con las eliminatorias de natación o con los arqueros o los boxeadores mexicanos que, en el momento decisivo, yerran como siempre —no sea que se equivoquen y vayan a ganar.
El taicuandó (porque así se pronuncia, ¿no?), para los no iniciados, es indescifrable. Al michoacano que obtuvo el oro nomás lo vimos siendo derribado a patadas. ¿Por qué resultó vencedor? Misterio. Y sí, qué bonito que su familia brincaba de gusto, y su historia de sacrificio... Igual que el lanchero indígena —que no ganó nada—, o que el corredor al que le dieron agruras: uno ve todo esto y lo más triste es que, al apagar por fin la tele, no pueda dejar de preguntarse: «¿Y a mí qué?».

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el viernes 22 de agosto de 2008.

Páginas

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Stevenson, sobrenatural
(El diablo de la botella y otros cuentos, de R. L. Stevenson. Alianza, 2007)

Lo supieron Chesterton, Schwob y Borges, tres de sus mejores lectores: no hay encuentro con las invenciones literarias de Robert Louis Stevenson que no sea imborrable. Lo sabemos también quienes hemos estado en La Isla del Tesoro, o quienes hemos presenciado la atroz historia del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Y lo comprobarán quienes dediquen unas formidables horas a internarse en los cinco relatos compilados en este volumen: es el Stevenson que mejor conoce su oficio, un autor que tiene en muy alta estima la inteligencia de sus lectores y que calcula esmeradamente la progresión del misterio, promovido aquí por la presencia de lo sobrenatural, así como el trazo nítido de caracteres inolvidables. (El volumen, felizmente, recoge «Olalla», un estupendo cuento que publicó el FCE hace algunos años, y que ya parecía irrecuperable).


Una crónica del infierno
(Gumaro de Dios, el caníbal, de Alejandro Almazán. Mondadori, 2008)

«Un día fui a conocer a un joven que después de matar a su compañero vagabundo se lo devoró a dentelladas. Hasta su nombre parecía sacado de alguna extravagante novela negra: Gumaro de Dios». Es el arranque brutal de una crónica brutal. Porque, en efecto, no se trata de ninguna ficción urdida según los propósitos de la literatura de horror: es la reconstrucción, puntual en los pormenores, del crimen, los motivos y el proceso de ese joven que en diciembre de 2004 asesinó a su camarada y fue comiéndoselo. No es fácil, desde luego, internarse por un territorio tan espeluznante (algo muy parecido al infierno, nada menos); sin embargo, las virtudes del cronista, uno de los mejores que hay actualmente en la prensa mexicana, hacen posible que la lectura valga enormemente la pena.


Más allá de pareceres
(2006: Hablan las actas, de José Antonio Crespo. Debate, 2008)

Lo ha demostrado la historia reciente de México: entre mayor sea la importancia que se conceda a las opiniones (a las declaraciones, en cualquier sentido y con cualesquiera intenciones, de que la prensa suele nutrirse para hacerlas pasar por noticias), menor es la atención que se presta a los datos. José Antonio Crespo, haciendo a un lado esa querencia fácil y perniciosa por los pareceres y los dichos, se tomó el trabajo de revisar los datos y sacar cuentas: una revisión de las actas de escrutinio y cómputo correspondientes a 150 de los 300 distritos legislativos, «la única documentación oficial de donde puede emanar el veredicto oficial» de las elecciones presidenciales de 2006. En este libro consta lo que resultó de esta labor: las inconsistencias y las incógnitas, pero sobre todo las omisiones del Tribunal Electoral respecto a ellas. Para que cada quien siga opinando lo que quiera.


Uno de los nuestros
(Lord Jim, de Joseph Conrad. Mondadori, 2007)

Con Joseph Conrad, como con otros escritores de su estatura gigantesca, sucede que se vuelve tremendamente complicado decidir cuál habría de tenerse por su obra mayor. Es complicado y es ocioso, desde luego. Pero Lord Jim, como sea, bien puede calificar como uno de sus títulos más emblemáticos, y su protagonista como uno de los personajes más fascinantes —y no sólo de la imaginación conradiana. «Una mañana soleada, en los típicos alrededores de una ensenada oriental, le vi pasar», declara el autor, en la nota introductoria donde adelanta sus razones: «atractivo, imponente, bajo una nube, en completo silencio. Y es así como debía ser. Mi cometido era, con toda la comprensión de la que fuera capaz, dar con las palabras perfectas para explicar su existencia. Él era uno de los nuestros».


De mudanzas
(Decir casi lo mismo, de Umberto Eco. Lumen, 2008)

Como muy honestamente lo advierte Umberto Eco, este volumen está dedicado a los problemas —y las posibilidades para la inteligencia y la imaginación que abren esos problemas— de la muy específica actividad que consiste en hacer mudanzas entre unas lenguas y otras, y por ello «el que lo abre sabe lo que le espera». Hecha esa declaración, lo que sigue es invariablemente fascinante: el registro apasionado de los muchos años de estudio que el profesor italiano ha consagrado a la traducción, en la colección de conferencias, cursos y ensayos con que se ha ocupado del tema. «He considerado siempre que la traducción propiamente dicha es un asunto serio», declara el autor, «que impone una deontología profesional que ninguna teoría deconstructiva de la traducción podrá neutralizar nunca». Ojalá lo lean muchos de los pésimos traductores que infestan las grandes editoriales españolas.


La gran aventura
(Cazadores en el horizonte, de Carlos Chimal. Alfaguara, 2005)

«Nos acercábamos al año 2010 y los humanos no estábamos a punto de descender en suelo marciano ni de resolver los enigmas del cáncer. En cambio, asistíamos al nacimiento de una nueva física, algo que no se había visto nunca». Carlos Chimal, sabedor de que la comunicación del conocimiento científico es una tarea a cuyos fines pueden contribuir decisivamente los servicios de la literatura, comienza así el relato de una aventura fascinante por los descubrimientos más significativos de los últimos tiempos en torno al átomo. «¿Qué puede hacer la literatura por la ciencia?», se preguntaba en 1996 Jean-Marc Lévy-Leblond. «Nosotros los científicos estamos demasiado solos [...] somos tan torpes que, a menudo, nuestra torpeza aburre y nuestra brutalidad asusta a la sociedad. [...] Gracias a los novelistas, a los dramaturgos, a los poetas, por no dejarnos solos».


Para el entendimiento
(El alma está en el cerebro, de Eduardo Punset. Aguilar, 2007)

Para sus lectores en la prensa escrita, es muy posible que los artículos de Eduardo Punset constituyan lecciones decisivas para la vida de todos los días —aunque no lo parezcan. Lúcido y esclarecedor, pertinente y puntual, el divulgador facilita el encuentro con el conocimiento científico del mejor modo: acercándonos a su examen desde nuestra más íntima experiencia. Y es lo que sucede en este libro: en un apasionante repaso de las disciplinas que se ocupan del comportamiento humano, Punset aborda temas cardinales como la felicidad, la inteligencia, la violencia o el aprendizaje, y siempre con la actitud cordial de los mejores ensayistas: los que buscan que, al entenderlos, terminemos entendiéndonos mejor a nosotros mismos.


Una selva
(Manual de flora fantástica, de Eduardo Lizalde. Cal y Arena, 1997)

Es un misterio y una maravilla que este libro aún pueda conseguirse. Apareció hace más de diez años, y en su momento llegó a ser un acontecimiento notabilísimo: el poeta Eduardo Lizalde, una de las voces más altas de la literatura mexicana contemporánea, presentaba una hermosa compilación de obsesiones, leyendas, hallazgos, noticias y fabricaciones fabulosas respecto a la «flora natural y legendaria» que han atareado la imaginación de hombres de ciencia y de letras a lo largo de los siglos. Un despliegue de elegante erudición y de inagotable curiosidad, este libro —«por naturaleza inconcluso (como toda selva)», dice el autor— es una incursión breve pero deslumbrante en un tema infinito, tan vasto como las plantas que en la tierra y en los sueños han sido.

Publicado en el suplemento Primera Fila, de Mural, los viernes 1, 8, 15 y 22 de agosto de 2008.

Impunidad

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Casi puede tomarse como una regla: cuando un hecho criminal cobra dimensiones mayúsculas en la atención que deciden ponerle los medios de comunicación en México (y, en consecuencia, en la atención que terminamos dedicándole quienes estamos más o menos al tanto de cuanto los medios eligen mostrar y resaltar en coberturas que se prolongan durante varios días, hasta que surge otro caso hacia el que también hay que voltear), cuando se toma tal hecho como un emblema de la descomposición imperante en la vida del país, la idea que subyace a la conmoción, la indignación y el miedo es la de que hay un mal fundamental que debe erradicarse, pues de no hacerlo continuarán proliferando hechos similares o peores: la impunidad. Acaso pueda arriesgarse, sin embargo, otra posibilidad: la de que el verdadero problema sea que la impunidad se haya vuelto una costumbre, y que la sociedad en su conjunto la conozca ya tan bien y esté tan habituada a ella: los delitos no ocurren sólo porque haya quien los cometa, sino porque hay también quien los consiente, y como se supone que esto es una democracia (digámoslo así: una sociedad que se rige —o habría de regirse— por el consenso en la búsqueda del bien común, y que elige a quienes toman en su nombre las decisiones que afectan a todos sus integrantes), quienes consentimos la perversidad y la miseria somos todos.
El padre del muchacho secuestrado y asesinado aparece en los medios, da conferencias de prensa, concede entrevistas. Sobrepuesto —es un decir: pocas cosas debe de haber más difíciles— al dolor y a la pérdida, emprende acciones para que la muerte de su hijo propicie un cambio del estado de las cosas y se suma al trabajo de otros ciudadanos que ya antes han venido organizándose para el mismo fin. Y, a raíz de este hecho en concreto, la desgracia de una familia, con el despliegue de informaciones al respecto que los medios han vertido en los últimos días, incluso las autoridades han entrado al tema —pero, claro, declarando lugares comunes, diciendo que harán lo que desde siempre tienen que haber hecho, dizque sumándose a la indignación y dizque condoliéndose. Ahora bien: aunque son desde luego encomiables la entereza y los propósitos que mueven a esta víctima, no deja de antojarse pensar qué sucedería si, en lugar de declarar su fe en la actuación del Presidente de la República y del Jefe de Gobierno del Distrito Federal, su fe en las autoridades todas a las que compete la seguridad pública, en las instituciones en general, este padre de un hijo asesinado comenzara por responsabilizar directamente de lo ocurrido a todos esos individuos y todas esas instituciones, pues en buena medida es gracias a la ineptitud y las mezquindades del Estado mexicano que el desastre existe y suceden cosas así. Porque, ahora, las autoridades han anunciado ya que se pondrán a hacer su tarea, y al mismo tiempo están ya deshaciéndose del asunto al discutir estupideces: que si una «cumbre», que si para eso existe el Consejo de Seguridad...
Y luego pasaremos a otra cosa.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el viernes 15 de agosto de 2008.




Georges Perec: el arte de mirar

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Cuando tenía 20 años, el millonario inglés Percival Bartlebooth se preguntó que haría en la vida. «No le interesaban el dinero, el poder, el arte ni las mujeres», aclaró el escritor Georges Perec antes de consignar la respuesta que Bartlebooth daría a esa pregunta. «Tampoco la ciencia, ni tan siquiera el juego. A lo sumo las corbatas y los caballos o, si se prefiere (...), cierta idea de la perfección». Así que decidió lo siguiente: durante diez años se entrenaría exclusiva y tenazmente en el aprendizaje del arte de la acuarela; los 20 años siguientes, de 1935 a 1955, viajaría por 500 puertos de todo el mundo, visitando uno cada 15 días, para pintar 500 marinas que serían enviadas a un artesano de París a fin de que las fijara en tablas que luego recortaría para formar 500 rompecabezas de 750 piezas cada uno. Luego, en las dos décadas siguientes, Bartlebooth se recluiría en su departamento parisino, ubicado en la tercera planta de un edificio entre suntuoso y desvencijado, y reconstruiría —en el orden en que fueron pintados, y también a razón de uno cada 15 días— los 500 rompecabezas. Ahora bien: tal proyecto de vida estaba determinado por tres principios: uno de orden moral —«no se trataría de una proeza»—; otro de orden lógico —nada quedaría al azar—, y el tercero de orden estético —«el proyecto, inútil (...), se destruiría a sí mismo a medida que se fuera realizando». De modo que, por este último principio, Bartlebooth también contempló esto: al terminar cada rompecabezas, la hoja en que estaba pintada la marina se desprendería de su soporte; luego, dicha hoja sería enviada al puerto en que fue pintada, y ahí un empleado del inglés se encargaría de sumergirla en una solución que la dejara blanca, sin rastro de la operación. Así pasaría el millonario 50 años, para luego ocuparse de desaparecer también él.
Alrededor de la empresa de Percival Bartlebooth, Georges Perec construyó una novela monumental cuyo título ya da una idea de su ambición desmesurada: La vida instrucciones de uso. La construyó, literalmente: la novela, que alberga miles de historias, es en efecto un edificio (rue Simon-Crubellier 11, en París), y a la vez la hazaña mayor de un escritor especializado en los desafíos más temerarios que quepa concebir para la invención literaria. Dos ejemplos: en otra novela suya, titulada en francés La disparition, jamás se usa la letra e (en la traducción al español, El secuestro, la letra desaparecida es la a), y es suyo el palíndromo más largo del mundo —ese dificilísimo género de escritura que puede leerse igual de atrás para adelante—, que no sólo tiene 5 mil 566 letras, sino que además es un relato.
De expresión alucinada, barba rojiza y en punta, cabellos erizados y túnica azafranada, la imagen de Perec (París, 1936) es inseparable de su obra, y ésta constituye una sucesión inagotable de estímulos para la imaginación, por mucho que el propio autor declarara alguna vez que él carecía por completo de esta facultad, y que por ello debía fijarse reglas muy estrictas a fin de que su escritura progresara. De ahí que fuera un fanático de los crucigramas y los juegos de palabras, y que a menudo sus historias consistan en prolijas y exhaustivas enumeraciones de cuanto pasa delante de él. Fue miembro fundador del Taller de Literatura Potencial, una reunión de escritores más bien excéntricos enfrascados en la exploración de las posibilidades combinatorias de las letras y las matemáticas, y sin falla cada una de sus novelas (El gabinete de un aficionado, Un hombre que duerme) o sus libros autobiográficos (Nací, W o el recuerdo de la infancia, Me acuerdo) tocan profundamente a quien se encuentra con ellos: porque el universo entero queda a nuestro alcance, porque revela cuanto hay de insospechado en la mera e inmediata realidad.
«Abre bien los ojos, mira» es el epígrafe, tomado de Miguel Strogoff, que se encuentra en el ingreso a La vida instrucciones de uso, una de las novelas más apasionantes de la literatura francesa del siglo XX. Y eso es justamente —y nada menos— lo que Perec consigue con sus lectores: que miremos. Que sepamos mirar.

Publicado en Magis.

Pekín

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No falla: muchas de las emociones que promueven los Juegos Olímpicos son predecibles, prescindibles, a menudo patéticas o vergonzantes y, por suerte, fugaces y de inmediato archivables en el cajón de los recuerdos inútiles. No todas, desde luego: la belleza de ciertas hazañas —y de ciertos héroes o heroínas que las protagonizan: tampoco es tan fácil permanecer inerme ante las competencias del voleibol de playa, por ejemplo—, así como la mera contemplación de algunos deportes de suyo vistosos, excitantes o hasta insólitos (¿en qué momento de su vida un niño decide que será lanzador de martillo?), son ocasiones en que vale la pena suspender cualquier preocupación para dedicarse a disfrutar con los tantos, las acrobacias, los records rotos o los gestos épicos, y entonces sí que tiene sentido la vida dedicada a echar lonja frente al televisor. Pero, de ahí en más, todo es pura cursilería insoportable: empezando por la ceremonia inaugural y terminando en la de clausura, y pasando por las premiaciones (con ese aire bélico que les imprimen los himnos nacionales) y sobre todo por las efusiones de la cobertura periodística que se dedica invariablemente a cantar las supuestas connotaciones de armonía y fraternidad y paz mundial y demás fruslerías que acompañan a uno de los negocios más rentables que existen.
Las Olimpíadas de Pekín —¿por qué diablos se insiste en llamar Beijing a la capital china en los medios en español, si la Real Academia recomienda el uso de la voz «Pekín»? Por más que la República Popular China prefiera «Beijing» en sus comunicaciones oficiales en español, no hay razón para que los chinos decidan sobre los usos de los hispanohablantes, y menos cuando una decisión así va en contra de la tradición e incluso de la norma gramatical: en todo caso tendríamos que escribir «Beilling», si se trata de darles gusto— se celebran en una peculiar circunstancia: aunque todo el mundo debería boicotearlas por muchas razones (y por menos el osito Misha se vio desairado en Moscú 80), como las violaciones del régimen chino a los derechos humanos, la situación en Tíbet, las incontables prácticas desleales gracias a las cuales la industria y el comercio chinos están devastando las economías de numerosos países por todo el planeta, la intromisión de China en conflictos como el de Sudán, la contaminación ambiental, etcétera, y aunque está mal visto llevarse con el gigante asiático en cualquier terreno de la política internacional, ahí van los jefes de Estado a posar para las fotos de la inauguración, encantados de la vida, en uno de los más aparatosos despliegues de incongruencia de los últimos tiempos. ¿Miedito? ¿O en realidad no son tan censurables las actuaciones de China, y todo es pura histeria?
Pero también nosotros vamos a ver las Olimpíadas, cómo no. No nos queda de otra. Y quién sabe: quizás nos dejen algún instante digno de memoria y de felicidad. Lo bueno es que, apenas comienzan, ya están casi por terminar.

Aura

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Hasta el domingo, por lo menos, todavía platicaba que estaba leyendo alguna novela de Henning Mankell. Razonaba sobre el entusiasmo que le despertaban los casos policíacos «complicadísimos y muy fuera de serie» del novelista sueco, y se felicitaba por haber encontrado a ese autor. Pero dejaba saber también, ese mismo domingo, que el día anterior le había sobrevenido «un malestar profundo por dentro y por fuera, dolores, incomodidades, tensiones, tristeza (mucha), desesperanza». Sus lectores, seguramente, jamás pudimos acostumbrarnos a los apuntes suyos que, como éste, nos regresaban, a él y a nosotros, a verificar el progreso imparable de la enfermedad: los sobresaltos de dolor, la asfixia, el gigantesco cansancio, el registro pormenorizado de los tratamientos, las consultas, los cuidados que desvelaban a Milagros, su mujer, a su lado; y las náuseas, el desvelo, la debilidad extrema, la lejanía, el dolor otra vez. La tos. La maldita tos. Pero nunca, tampoco, este tema llegó a ocuparlo más de lo indispensable: estaba más bien empecinado en que la escritura, su oficio, fuera lo que debe ser —infinitamente lejos de la autoconmiseración y sabedor, sin embargo, de que continúabamos leyéndolo y que era inevitable que quisiéramos saber, siempre, cómo seguía—, de manera que llenaba las horas y los días con poemas, breves ensayos, cuentos, entradas desenfadadas y a menudo alegres sobre el prodigio del instante... En realidad, a lo que más se parece lo que hacía es a un diario, trufado con series concienzudas de entradas en verso. Sólo que era —y esto siempre lo supimos, él y nosotros, sus lectores— un diario de sus últimos días. (Un diario, es decir, la vida de un hombre, y nada menos que eso: la entrada del 22 de noviembre pasado, por ejemplo, fue particularmente estremecedora: «Hace rato, pasadas las cinco de la mañana, me habló por teléfono mi hermana Marta desde México para darme una noticia terrible: se murió mi hija Cecilia. De repente [...] Estoy atontado, no sé cómo acomodar lo que siento [...] Supongo que seguirá sonando el teléfono»).
Apenas el 27 de julio, pues, Alejandro Aura nos deseó un buen domingo. «Que les dé sabroso el sol y que tengan brisa para refrescarse», anotó. Entre el lunes y el martes ingresó al hospital, por enésima y última vez —y se cuidó de informárnoslo, naturalmente. El miércoles, al buscarlo (en su blog, como siempre: el espacio que sostuvo, cabe imaginar que muchas veces con un esfuerzo espantoso, y adonde muchos fuimos invitados cordialmente por él mismo, vía correo electrónico: el blog donde sigue recibiendo su correspondencia, por cierto: www.alejandroaura.net/wordpress), nos encontramos con la despedida definitiva, la que él mismo se había encargado de adelantar. Murió a las cuatro y media de la tarde del miércoles, en Madrid. Pero alcanzó a dejarnos un mensaje: «...nos vamos a nada limpiamente como las plantas, / como los pájaros, como todo lo que está vivo un tiempo / y luego, sin rencor, deja de estarlo».
Y pensar en la de estupideces que podemos pasarnos la vida discutiendo.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el viernes 1 de agosto de 2008.